Inevitable

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Mitos urbanos

Mitos urbanos

Por: Juan Guillermo Pérez Hoyos

Y dale con la reforma tributaria estructural. El Gobierno Nacional insiste en que esa será su apuesta para este año, con la que pretende conjurar sus males, léase aumentar el recaudo fiscal para disminuir, que no solucionar, el profundo déficit fiscal; déficit originado, fundamentalmente en la evasión tributaria, práctica de todos los colombianos, dicen, excepto uno que se niega a abandonar sus apariciones moralizantes. Claro, los papeles de Panamá vienen como anillo al dedo para estos efectos estigmatizantes.

En este orden de ideas, la reforma estructural se cimenta en el dogma de la evasión construido sobre dos actos de fe. Uno, que un mayor recaudo conduce a un mejor estado de bienestar social. Otro, que la culpa de todos los males del país está en los evasores.

Si uno revisa los índices de recaudo de impuestos de la administración tributaria, encuentra que de un recaudo de $70 billones en el año 2010 se pasó a uno de $124 billones en el 2015, es decir, el no despreciable aumento del 77% en cinco años, que, modulado por la inflación de estos años, llega a ser del 47%. Un incremento real más que positivo.

Entre tanto, los indicadores económicos se deterioran, mientras crecen los que resaltan el desequilibrio social. La disminución de la pobreza sería un mal chiste si no fuera por la tragedia que encierra el hecho de considerar que alguien deja de ser pobre si su ingreso mensual alcanza los doscientos veintitrés mil pesos. Así, cualquiera. Y así, cualquiera presiona el Gini a la baja para decir que estamos cerrando brechas. Pero continuamos abriendo abismos.

Del otro lado del dogma, conviene revisar primero el avance de la corrupción que se sigue devorando las entrañas del país. El índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional muestra que Colombia cada día retrocede más, es más corrupta, aunque mejora su clasificación en el concierto mundial. Tal vez los otros países se pudren más que el nuestro; mal de muchos, consuelo de tontos, decían nuestros abuelos. Para el año 2015, este indicador cerró para Colombia en 37, en una escala de cero a cien, en donde entre más bajo el resultado mayor es la percepción de corrupción, alcanzando el puesto 83 entre 167 países. En el 2014, la nota fue la misma, 37, y estábamos en el puesto 94, mismo puesto de los dos años anteriores en los que se obtuvo una mejor calificación, 36. Produce escozor ver que países como Brasil, con su profunda crisis institucional marcada por la corrupción, Lesoto, un invento del apartheid, Panamá, con todo y sus papeles, por ejemplo, están mejor calificados que Colombia; y que, por ahí, le ganemos a Afganistán, a Bolivia y a Paraguay, y aunque nos encontramos mejor clasificados que Argentina, la diferencia real con ellos nos muestra otra cosa.

Lo grave de derrumbar el mito de que un mayor recaudo nos lleva a una mejor situación económica y social, es tener que reconocer exactamente lo opuesto, que al aumento del recaudo le sigue el aumento del empobrecimiento y el crecimiento de la corrupción, los dos indicadores de comportamiento sostenido al alza en Colombia.

Luego, el problema no se encuentra en la evasión, claro, sin que esa afirmación implique una aprobación del hecho. En Colombia, la evasión es un tema cultural que nadie quiere enfrentar. Así como en el recaudo de los impuestos nacionales, lo mismo ocurre con los territoriales y con la denominada parafiscalidad. El crecimiento alucinante de los avalúos catastrales no se ha hecho para llevarlos a un valor cercano al real, sino para aumentar el recaudo del impuesto predial; así, de paso, se ha elevado el valor comercial de los inmuebles, que en ocasiones alcanza valores superiores a los de ciudades del primer mundo con las que no hay punto de comparación. Y ni qué decir de la parafiscalidad, basta ver el desastre del sector salud, cuyo germen está en la corrupción.

Cada día exigen más aportes a los ciudadanos por la vía de estrangularlos con los tributos. Pero no se ve ni un solo aporte encaminado a combatir la corrupción. Entonces, puestos de frente a las cargas tributarias, ciudadanos del común, empresarios, comerciantes, empleados, ricos y pobres todos a una dicen que para qué pagar tantos impuestos si las obras no se ven. Ni se verán, aparte de unas estrechas dobles calzaditas, pomposamente llamadas autopistas, que nunca se terminarán pero sí lograrán el milagro de dejar sin pensión a los obligados aportantes.

Ahí se resume el tema de la evasión. Es una contracultura con raíces profundas en la corrupción, en los tributos confiscatorios, en el abuso del poder, en la malversación fresca y burlesca, en la impunidad, en todas las manifestaciones ofensivas de todos los mandadores que en Colombia han sido, que han forzado al ciudadano a cuidar sus pocos dineros, pues él sabe que el día que ellos se acaben no habrá nadie en el gobierno ni en el Estado que proteja sus derechos fundamentales.

El Estado le concede a la comunidad el justificativo moral de la evasión, que ella lo lleva al hecho real a partir de la certeza que brinda quien determina la conducta.

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