Inevitable

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DE RÍO CON AMOR

Una mirada humana al mundo que hemos hecho para que nos rodee, en el que parece sobrar todo menos la felicidad, es el llamado de José Mujica en su discurso de Río+20. Fustiga el modelo económico imperante en el que la opulencia de algunas sociedades se basa en la miseria de otras, pues los mismos creadores de esta civilización parten de reconocer que el mundo no tiene elementos materiales para que todos los habitantes del planeta puedan tener el mismo grado de consumo y despilfarro de los más ricos. Entonces, en lugar de propender por una distribución equitativa, el salvajismo económico nos arrastra al consumo de lo superfluo, al pago excesivo de lo necesario, al abandono de lo indispensable, al olvido de lo elemental, en una competencia despiadada en la que al final el precio pagado por la enorme riqueza de unos pocos es la miseria de comunidades enteras.

Conviene traer a colación el discurso humanista del presidente uruguayo ahora cuando aún suena el tema de la reforma tributaria, no obstante que desde las más altas cimas del poder se dice que no hay prisa en su trámite, debido al terremoto político ocasionado por la tristemente célebre reforma a la justicia. Pero casi dos años de trabajo invertidos en la preparación de un nuevo estatuto tributario no pueden echarse por la borda, así que definitivamente este muerto goza de cabal salud.

En términos generales los tributaristas son esquivos al análisis del impacto social de las medidas impositivas y en su discusión es usual encontrar el rechazo cuando se trata de abordar ciertos temas, como aquellos de si lo que necesita el país son más recaudos o menos fugas de recursos. Paradójicamente, los modelos de tributación se presentan en sociedad con el ropaje de nuevas estructuras que pretenden mejorar las condiciones de vida a partir de obtener más recursos de todos los ciudadanos, que redundarán en bien de la sociedad por la vía de la redistribución de los ingresos y de la inversión en el gasto social, todo en aras de la justicia y la equidad tributarias.

Así, surgen propuestas como las de eliminar el tramo exento de impuestos de la renta laboral, eliminar el tratamiento especial a los aportes voluntarios a los fondos de pensiones, limitar el beneficio de las cuentas AFC a la adquisición de vivienda por una sola vez, bajar el monto de ingresos para declarar renta, gravar con IVA los bienes básicos de la canasta familiar. Ante esta cascada de nuevos impuestos es inevitable recordar episodios de nuestra historia reciente como los de agro ingreso seguro, los carruseles de la contratación, Saludcoop o la perversión de la seguridad social, Blanca Jazmín y su combo, la administración de bienes incautados, las compras de glifosato, y tantos otros sucesos de ahora y de antes que nos hacen pensar si no tendríamos un mejor país si en lugar de nuevos impuestos hubiese una acción legal y social decidida contra tanto despilfarro impune.

En materia de desigualdad, medida con el indicador de Gini, Colombia ocupa un deshonroso séptimo lugar superada tan solo por países como Angola, Haití y Namibia. Dentro de la argumentación oficial de la nueva reforma tributaria se ha reconocido que la política fiscal no tiene un impacto redistributivo, señalando que la desigualdad medida antes y después de los impuestos se mantiene igual, lo que denota una total ausencia de inversión en gasto social; entonces, el asunto de buscar una sociedad más equilibrada a partir de la redistribución del ingreso es algo que se queda en la retórica.

Pero como lo decíamos arriba, este tema no gusta en el ambiente tributario. La necesidad de nuevos y mayores impuestos se cimenta en las desigualdades estructurales de nuestra sociedad, pero una vez adornada la exposición se elude el debate de fondo, a veces con el argumento sofista de que la tributación trata de los ingresos públicos pero no del gasto.

Dice el presidente Mujica que el hombre no gobierna a las fuerzas que ha desatado, sino que ellas gobiernan al hombre, y que las crisis del agua y del medio ambiente obedecen al modelo de civilización que hemos montado. También los colombianos hemos montado un modelo fiscal que nos gobierna basado en una espiral recaudadora que no se preocupa por contener los entresijos por donde se escapan los recursos. Así, continuaremos en la vida con una política fiscal de mayores recaudos sin impacto social, con la cual nos negaremos de plano una oportunidad sobre el planeta.

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