Imperio del Cáncer

Publicado el Julia Londoño

El poder de los expertos

En los últimos meses he estado expuesta a expertos en todo. He tenido conversaciones sobre temas muy específicos, en un espectro tan amplio como medicamentos farmacéuticos, Derecho de Familia, pisos de madera, Psiquiatría, tecnologías innovadoras para suelas de zapatos y talleres mecánicos.

Rabdomiolisis por neurolépticos, Ley de Infancia, espuma lunar, cortocircuitos. De mis conversaciones con médicos, mecánicos, expertos en esto y aquello, he sacado algo en claro: hay pocas cosas tan nocivas como un experto tan seguro de todo que no le interesa ya oír nada.

De la crisis de la salud en Colombia sé poco, oigo quejas de pacientes y de médicos y concluyo que las EPS nos están robando a todos, nos dejan del mismo lado a pacientes y a expertos. Será el único caso en el que nos miremos de tú a tú, en igualdad de condiciones.

Me consta que a un amplio sector de médicos, entre otros expertos, les cae encima el peso de su experticia presionándolos a decir cualquier cosa que a los demás les suene incomprensible ante la imposibilidad de admitir que ni el alto precio de los 20 minutos de consulta, ni 15 años estudiando de sol a sombra, ni ser parte de una tradición familiar de profesionales renombrados, ni diplomas, ni  buena fe (a veces la tienen) son suficientes para garantizar que ellos sepan siempre qué es lo que a uno le duele y qué es lo que se debe hacer.

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¿Recuerda la última cita en la que el especialista quiso ahondar sobre su dolor y parecía legítimamente interesado en oír su explicación sobre el origen del dolor? Yo no. Pero recuerdo la risa del mecánico ante mi sugerencia de que el problema de arranque podría estar relacionado con el radio del carro y la ira santa que sentí cuando a la semana de salir del taller el radio se prendió, se apagó, se volvió a prender solo y rugió justo antes de que el carro se apagara y decidiera no volver a prender.

¿Dónde exactamente siente el dolor?, ¿a qué horas le duele más?, ¿a qué se le parece?, ¿de 1 a 10 en qué nivel está?, ¿le duele cuando hace así más que cuando hace asá?… ¿Dónde quedaron esas preguntas que uno esperaba que le hicieran cuando iba al médico?

Después de ir de un especialista a otro a revisarme un dolor en el tobillo izquierdo hoy sé menos que al principio: antes sabía que algo me había pasado en el tobillo, que me dolía y que no estaba del todo bien.

Ahora sé que un médico cree que tengo pie plano, otro dice que es ridículo decir que tengo pie plano, otro, que eso no tiene nada que ver con el dolor, otro me mandó plantillas para correr pero se nota que nunca ha corrido –hay que ver las ampollas que quedan al intentar correr con plantillas–, otro dijo que me dio tendinitis por no haber ido a verlo antes. Otro, que en verdad no tenía dolor. De manera que ya ni siquiera sé si me duele.

Radiografías, fisioterapia, antinflamatorios, aunque el tobillo duela, nadie ha querido oír si tengo el pie izquierdo más largo, si en esa misma pierna me da bursitis al correr, si ese fue el pie que me fracturé a los 12 años, cuando bailaba ballet.

Los expertos, pobres personas, viven presos de la necesidad que tenemos todos de que alguien tenga la última palabra, la razón, no pueden decir honestamente que no saben qué produjo esa reacción en el paciente, que no conocían a ciencia cierta los efectos secundarios de la droga que recetaron y que a veces ni siquiera saben muy bien por qué la recetan.

Podrían averiguar, intentar entender más, pero para ello necesitarían hablar con más gente, un alto precio para un experto. Tal vez el médico que estaba de turno la noche anterior tendría algo que decir, pero eso lo haría parecer más experto que el experto, quien tampoco podrá preguntarle a la tía del paciente sobre el temblor que tuvo el sobrino, pues eso la haría parecer a ella la experta.

Los expertos me generan angustia, no tanto porque me obnubilen o me descresten con sus términos complejos, sino porque se exponen a realizar intervenciones exitosas en las que el paciente se muere. Había opciones, dirían los familiares, pero los expertos no las conocían porque estaban ocupados teniendo la última palabra.

No es que no crea que haya gente especializada en aprender sobre cosas que uno no sabe, Física Cuántica, Química, Ingeniería de Sistemas, ¡hay tantas cosas de las que no sé, cosas que no entiendo, cosas en las que me pierdo! Es más bien que creo que las personas dejan de aprender cuando olvidan que ellos pueden ser expertos especializados en tobillo, pero uno es el experto en su propio dolor.

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