Ese extraño oficio llamado Diplomacia

Publicado el Asociación Diplomática y Consular de Colombia

EL SERVICIO DIPLOMÁTICO EN TIEMPOS DE CONFINAMIENTO*

2 de enero de 2020, todos regresaban a las oficinas luego de sus fiestas navideñas y de fin de año. Además de comentar sobre las experiencias familiares en vacaciones, se empezaba a discutir sobre ese extraño virus que estaba afectando la vida de miles de personas al otro lado del mundo.

En ese tiempo era común sorprenderse viendo en la televisión cómo algunas personas caían desvanecidas en la calle, cómo las ciudades se iban quedando vacías, cómo se hacía fila en los supermercados para adquirir producto. Se pensaba en lo difícil que sería vivir así y en cómo lo logrará esa gente, como si fuera algo demasiado lejano para que ocurriera en América Latina.

La atención y servicios a los ciudadanos continuó de manera habitual en el Consulado del Ecuador ubicado en la ciudad de Ipiales. La emisión de visas, pasaportes, poderes, encuentros y reuniones mantuvo su normalidad. Por supuesto, el temor a que pronto el virus llegaría y se experimentarían en carne propia los hechos vistos en televisión iba en aumento.

Con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer, el 05 de marzo de 2020 la oficina consular organizó un conversatorio, con cerca de veinte personas. Ya se empezaban a tomar algunas precauciones. En ese entonces, únicamente se aplicaba gel en las manos, debido a que no existía ninguna medida decretada.

Nunca se pensó que ese sería el último acto presencial que se organizaría en mucho tiempo, debido a que el 06 de marzo de 2020, al día siguiente del evento, se confirmaba la presencia del primer caso en Colombia y se iniciaba una fase de contención que se intensificó el 20 de marzo del mismo año al declarar la primera cuarentena.

La pesadilla que parecía lejana había llegado. El temor invadió a toda la población y la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el 11 de marzo de 2020 la pandemia de la COVID-19. A raíz de ello, el gobierno colombiano tomó medidas de prevención y emitió los Decretos 402 y 412 por medio de los cuáles cerraba sus fronteras terrestres y fluviales con Venezuela a partir del 14 de marzo de 2020 y con Panamá, Ecuador, Perú y Brasil desde el 17 de marzo del mismo año.

Todo se volvió un caos. No había información sobre el nuevo virus. Los casos empezaban a aumentar cada día, los toques de queda se hicieron habituales, los comercios y todas las actividades se detuvieron, las calles se tornaron vacías y el número de personas que buscaban la forma de regresar a su país de origen era un tema urgente de atender.

El Consulado, como representante del Gobierno que debe garantizar la protección y derechos de sus connacionales en el exterior, mantuvo la atención permanente, guardando las medidas de protección conocidas hasta ese momento. Los trajes formales, una de las características en la vestimenta de un diplomático, se convirtieron en trajes de protección, con uso de mascarillas, cascos de seguridad y guantes. Una nueva realidad había comenzado.

Debido a lo que ocurría, la oficina consular tuvo que adaptar de manera inmediata su forma de atención. Ahora la prioridad consistía en ayudar a los cientos y luego de miles de ciudadanos ecuatorianos y extranjeros residentes a retornar al Ecuador, considerando que las fronteras estaban cerradas y conviviendo con un virus del cual se tenía poco conocimiento.

Ante esta realidad, un hecho particular llamó la atención. En ese momento se hablaba de los trabajadores indispensables, aquellos que a pesar de la pandemia no podían detenerse, como los médicos, enfermeras, socorristas, recolectores de basura, policías, militares, dependientes de supermercados, personas que efectúan entregas, transportistas de carga pesada, entre otros. Los funcionarios consulares, sin ser llamados prioritarios ni indispensables, se encontraban ahí, en primera línea, trabajando los siete días de la semana, sin horario, de manera silenciosa; recibiendo llamadas de asistencia a toda hora y manteniendo a la vez reuniones con las autoridades locales y de su país de origen para buscar alternativas frente a lo que estaba ocurriendo.

En algunos documentos o escritos se ha mencionado que la diplomacia durante la pandemia no ha tenido un trabajo fuerte o significativo que realizar. Nada más alejado de la realidad. Esta afirmación no entiende lo complejo que resultaba en ese momento coordinar un traslado interno y externo por las restricciones de movilidad que imponía cada Municipio, los tiempos restringidos para trasladarse y la casi inexistente oferta de vehículos para hacerlo.

El servicio diplomático requiere de vocación de servicio, de ponerse en el lugar del otro y entender qué es lo que esperan de una oficina consular, de creatividad e innovación para buscar soluciones en escenarios complejos, de una buena dosis de optimismo y alegría para irradiarlo a los demás, de saber negociar para logar los resultados esperados, de conocimiento de las normativas tanto del país de origen como del de acogida, y de las Convenciones y Tratados internacionales.

Después de varios encuentros y reuniones virtuales, se lograron las primeras repatriaciones de ciudadanos al Ecuador. Un trabajo extenuante debido a que había que coordinar grupos de entre 30 y 50 personas que se encontraban en lugares tan dispares como Cali, Huila o Pasto, y conseguir que todos confluyeran en la frontera a determinado día y hora. Los entretelones incluían recopilación de información, elaboración de matrices, múltiples llamadas telefónicas, conversaciones con alcaldes, gobernadores, líderes indígenas, cooperativas de transporte, Policía, Migración y ONG para el apoyo en casos de necesitar albergues y alimentación.

La emoción causada por el primer retorno efectuado en marzo del 2020 fue gratificante. Sin embargo, la realidad de un posible contagio se derivó de esta acción cuando, desde el lugar donde se encontraban realizando la cuarentena los ciudadanos que habían retornado, se informó al Consulado que uno de ellos había dado positivo a la prueba de coronavirus. La preocupación fue la primera reacción, luego de ello se verificaron los funcionarios que habían mantenido contacto con ese grupo y se decidió su aislamiento voluntario. Las actividades continuaron con unas personas efectuando teletrabajo, otras de manera semipresencial y otros acompañando a los grupos que retornaban. Luego de los días de aislamiento la buena noticia fue que nadie se había contagiado.

El diplomático debe ser una persona con una fuerte personalidad, una alta capacidad de adaptación, facilidad para relacionarse y vincularse con los nuevos entornos que le toca enfrentar, curiosidad por descubrir y aprender y además con una estable salud física y emocional para hacer frente a las diversas y duras situaciones que implica el quehacer de su profesión. Todo lo anterior, en algunos casos, lo hace acompañado por su familia, pero en otras circunstancias lo tiene que afrontar en la soledad. Los funcionarios consulares, en el día a día de sus labores en los tiempos de pandemia, se entregaron al servicio de los demás, pero en sus horas libres se comentaba sobre la preocupación por sus familiares que se encontraban en el Ecuador y la imposibilidad de poder viajar. Los abrazos se extrañaban más que nunca y el único medio de contacto eran las video llamadas.

Los días fueron pasando, los Decretos de cierre de frontera y confinamiento se volvieron habituales y el teletrabajo, más que una opción, se convirtió en una necesidad. Los servicios consulares no podían detenerse y en efecto no pararon ni un solo día. Poco a poco se estableció una nueva normalidad, el cambio llegó al ejercicio consular y lo hizo para quedarse.

La pandemia por el COVID-19 arrebató muchas vidas y generó mucho dolor e incertidumbre, pero si algo se puede rescatar es que enseñó a la humanidad a valorar determinadas situaciones que antes pasaban por desapercibidas como una reunión, como un abrazo, como encontrarse y compartir con amigos y familiares o simplemente salir a pasear sin preocuparse por el alcohol, el tapabocas y el distanciamiento.

Para el quehacer diplomático también existen lecciones aprendidas como: la priorización de agendas y reuniones; la búsqueda, en la medida de lo posible, de resultados en menor tiempo; planificaciones a corto y mediano plazo; y la utilización de las nuevas tecnologías de la información y comunicación.

En este último punto el avance ha sido sustancial. La diplomacia no se concebía sin los encuentros o reuniones de líderes y representantes de manera presencial, como era habitual. A raíz de la pandemia esos encuentros se mantienen, pero ahora de manera virtual. Las fotos se cambiaron por capturas de pantalla y la difusión de mensajes o la búsqueda por posicionar determinadas ideas hacen uso de plataformas como Facebook, Twitter, LinkedIn o incluso Tik Tok. Lo anterior lleva a cambiar las estrategias de comunicación y elegir de forma adecuada los públicos, el mensaje y los objetivos que se persiguen.

Finalmente, los funcionarios consulares del Ecuador lograron coordinar cerca de 50 operativos de retorno, beneficiando a más de 2.000 personas que volvieron a encontrarse con sus seres queridos o retomaron sus actividades habituales o profesionales en su propio país. La diplomacia podría ser esa mano invisible que facilita las cosas, que está presente sin que las personas se den cuenta, que brinda insumos para la toma de decisiones y que busca permanentemente proteger a sus connacionales en el lugar en donde se encuentren llevando el nombre de su país en alto.

* Branly Toledo Atarihuana. Segundo Secretario de Carrera Diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana del Ecuador. Actualmente Cónsul del Ecuador en Ipiales, Colombia. Ingeniero Empresarial; Especialista en Productividad y Costos; Magíster en Relaciones Internacionales y Diplomacia. Se ha desempeñado como Jefe de Despacho del Viceministerio de Movilidad Humana; Director de Atención y Protección a Ecuatorianos en el Exterior.

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