Ese extraño oficio llamado Diplomacia

Publicado el Asociación Diplomática y Consular de Colombia

ENTRE AUTORITARISMO Y DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA* Bloguero invitado: Juan Carlos Mosquera

Los vientos autoritarios que azotan a Occidente en forma de populismo confrontan los principios democráticos que, por lo menos en pretensión, rigen políticamente a los estados de la región atlántica. En este fenómeno no se debería incluir a América Latina, no porque no pertenezca al mundo atlántico; sino porque, en la sub-región, la confrontación no se da entre Autoritarismo y Democracia. El choque es entre autoritarismos de distinta etiqueta, pero idéntico cuño; formalmente se identifican como contrarios, pero su “modus” es semejante en gran medida. La razón puede radicar en la inercia histórica de 6.800 años de civilización humana, durante los que la legitimidad del gobernante, autoritario, descansó en la divinidad frente a los 200 años mal contados en los que lo ha hecho sobre los derechos individuales. Dos siglos en los que la Modernidad política no alcanzó a irrumpir en la América hispánica cuando ya está de retirada en otras latitudes.

Los remanentes pre-modernos nunca dejaron de cohabitar con la Modernidad en el mundo europeo, incluidos los estados de la “Nueva Europa”; solo que hoy es más notoria su pugna política en la forma Autoritarismo vs. Democracia, y se da en dos niveles: el primer nivel, el macro, es el desafío planteado por Rusia, el vecino incómodo, y por China, la muy pronta futura potencia hegemónica. Estos dos actores desafían la posición de Occidente como referente político bien por afinidad o por contraposición; dos actores autoritarios, de tipo imperial, una tendencia política interna autoritaria y una externa expansionista, que desafían al Estado-Nación. Aunque al primero no habría que temerle tanto como al segundo, dado el tamaño insuficiente de su músculo económico para pretender ejercer como potencia global. En el segundo nivel, ya particular, los estados han experimentado el surgimiento de movimientos que apelan a los sentimientos atávicos de la población y atentados flagrantes a la institucionalidad.

Hay actores políticos que están poniendo en jaque al discurso filosófico-político de las libertades individuales de la Modernidad en la mayoría de los estados del Atlántico Norte; bien en países de primer orden, bien en los periféricos. En Estados Unidos, el presidente Donald Trump; en Alemania, el ultraderechista con asiento en el Parlamento Alternativa para Alemania; en el Reino Unido, los euroescépticos que lograron el “Brexit”; y en Francia, Marine Le Penn con un nada despreciable 33,9% de los votos en 2017. De los  estados intermedios: en Italia, un gobierno conformado por los populistas Cinco Estrellas y la Liga; y, en España, la línea dura del independentismo Catalán y más recientemente el extremista Vox de Andalucía. Los estados periféricos como Polonia, Hungría y Rumania afrontan atentados desde el mismo estado: las iniciativas del Ejecutivo para socavar la independencia del aparato judicial que han puesto en aprietos a la Unión Europea. La contraparte la constituyen agrupaciones de una fuerte tendencia democrática y europeísta, en el discurso y en la práctica; y que, por ahora, son mayoría en el Parlamento Europeo con cinco de los ocho grupos parlamentarios. En Estados Unidos, aunque D. Trump obtuvo la victoria, el voto popular no favoreció su propuesta por dos millones.

Como sea, la confrontación es evidente y acalorada por el carácter disímil de los contendientes. Pero esa lucha de discursos filosófico-políticos no incluye al “otro Occidente”, a América Latina, porque la Democracia pasa por el ejercicio racional de los derechos por parte del individuo en la figura del ciudadano e implica la despersonalización del poder a favor de la institucionalidad… y el “modus” político latinoamericano se basa en el clientelismo y en el patrimonialismo seculares. Esa forma pre-moderna de hacer política ha sido y es la de prácticamente todas las principales “corrientes” enfrentadas en la arena política latinoamericana; tanto en las “democracias” más “estables”, como en aquellos países que se caracterizan por el caos permanente como en el triángulo norte. Si se tiene en cuenta que la personalización del poder es el articulador tanto del patrimonialismo como del clientelismo, y que autoritarismo y personalización del poder van de la mano; lo que hay en la región es una paradójicamente enconada confrontación entre actores similares, actores autoritarios.

En México, Andrés Manuel López, que descargó las decisiones más importantes en la fórmula “preguntémosle al pueblo”, que propuso una nueva Constitución y que creó un nuevo cuerpo armado que le debería fidelidad, se enfrentó a un alicaído PRI que ha asumido lo público como su patrimonio a lo largo de décadas. En el Brasil de Lula Da Silva y Jair Bolsonaro, lo que se ve es a dos actores des-institucionalizantes para los que la norma, el Estado de Derecho, no tiene validez frente al vínculo directo con la población; y en el caso del primero, el tesoro público fue usado para ampliar la base electoral. Los colombianos tuvieron que elegir hace poco entre proyectos que despiertan posturas viscerales en el electorado. Ni qué decir de países en los que las reformas, las “interpretaciones” y re-interpretaciones constitucionales son cambio cuasi-cotidiano como Bolivia y Nicaragua.

Así, lo que se ve en esta área cultural, América Latina, es una línea transversal de des-institucionalización, de apelación directa a la población vendida como Democracia y de concentración personal del poder público por parte de los principales actores políticos. Todo cubierto bajo la figura de una suerte de tendencia política “retro” inscrita en la dicotomía maniquea izquierda-derecha que no explica nada y de la auto-proclamación de los rivales, cuando no enemigos mortales, como supuestos defensores de los principios democráticos. Una máscara que esconde el funcionamiento pre-moderno de la política de América Latina y que anuncia que en ella nunca ha visto la luz la Democracia desde el surgimiento, que no construcción, de las “repúblicas” que en ella descansan. Una opereta de falso dilema en la que la población solo puede escoger entre uno y otro autoritarismo.

*Juan Carlos Mosquera. Historiador graduado por la Universidad Nacional de Colombia, Magíster en Estudios Políticos y Candidato a Doctor en Historia por la misma universidad. Se ha desempeñado como docente e investigador en el sector corporativo y en el académico formal.

 

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