El Cuento

Publicado el ricardogonduq

Mi adoctrinamiento

Si fuera cierto que los profesores adoctrinan a sus estudiantes en el colegio, hoy yo sería un franciscano convencido, militante del Partido Conservador o uribista furibundo. Pero no lo soy. Los seres humanos desarrollamos en diferentes contextos, no solo en las aulas, nuestros pensamientos y creencias. Culpar a los profesores por enseñar la historia reciente del país es solo matoneo y politiquería.

Caricatura de Alberto Montt www.dosisdiarias.com

Por: Ricardo González Duque

En Twitter: @RicardoGonDuq

Siempre les cuento a las personas que no me conocen que las tres grandes influencias que en mi vida ha querido dejarme mi abuela materna -mi segunda mamá- son el catolicismo, la militancia en el Partido Conservador y la afición por el América de Cali. Cuando tenía 9 años yo solo sin que nadie me lo pidiera, me vestía de azul de pies a cabeza para acompañar a votar a mi abuela Magnoly por un candidato de los godos y hasta me disfracé de un expresidente. Qué vergüenza. Por esa misma época, realizaba con fervor la catequesis para la primera comunión y era feliz confesándome ante los curas. Con un crucifijo apretado entre mis manos, arrodillado y mirando al cielo pedía -rogaba- que América de Cali no perdiera un partido contra Rosario Central en la Libertadores.

Los que hoy me conocen saben que soy anticlerical, repudio la influencia que la iglesia quiere tener en la sociedad y dudo con mucha fuerza de la existencia de un Dios. Creo que Jesús existió, pero no en su divinidad. Asimismo no tengo ni una sola coincidencia con el Partido Conservador, me disgusta su ánimo clientelista como única participación en los gobiernos, cuestiono su deuda histórica con la violencia del país y me aparto de las posiciones reaccionarias de sus integrantes, opuestas en todo a mi idea de sociedad progresista. Sigo, sin embargo, siendo un hincha a muerte del América. Ahí sí tuvo frutos el legado de mi abuelita, que cada que hago este corte de cuentas de su legado, expresa una ligera molestia acompañada de dos palabras: “qué desengaño”.

Si fuera cierto el carretazo que han querido vender estas dos últimas semanas de que los profesores con talleres, exámenes o comentarios en clase tienen tanto poder para  volver a sus estudiantes comunistas o de la ideología que ellos promuevan, yo hoy sería un Alejandro Ordóñez en potencia. Fui educado en una maravillosa familia, que consideraba sagrado ir a la iglesia cada domingo y en un colegio franciscano en el que en cada cambio de clase debíamos saludar “paz y bien”. Así tan absurdamente robotizados como los policías que dicen “Dios y patria”. Y a pesar de todo ese “adoctrinamiento”, logre formar mi propio pensamiento, tener mi propio criterio.

Pensar que un profesor va a influir a tal punto en el pensamiento de otras personas, es dudar de la inteligencia humana, es pensar que nuestra especie no evolucionó y que su conducta está basada en la imitación, que somos como unas loritas que lo repiten todo, es además validar esa idea de que los niños o jóvenes son esponjas inertes. Creo en el símil de que lo absorben todo, pero como tienen cerebro, estoy convencido de que tienen el poder de apretar la esponja para sacar el contenido, lo aprendido, que no compartan.

Lo que hay detrás del matoneo a profesoras como Sandra Caicedo o Cristina Vera por estos días en el país es simplemente temor de que se desarrolle el pensamiento crítico en los jóvenes. A los docentes, sin embargo, les puede salir al revés impartir algunas enseñanzas, que lo dijera Carlos Gaviria con Álvaro Uribe; pero hacerlo es su misión.

Si existen preocupaciones, que sean de los padres pero no de los políticos del Centro Democrático molestos porque los jóvenes conozcan la historia reciente del país que puede dejar mal parado a su líder supremo. Si esa preocupación se mantiene, el padre de familia tiene el deber y al mismo tiempo la oportunidad de resolver las dudas que se despierten en sus hijos sobre su país, pero en ningún momento ocultar esa realidad como quiere ese sector de la sociedad, que pretende que en las clases de sociales se siga enseñando únicamente sobre la Niña, la Pinta y la Santa María.

No se coman el cuento del adoctrinamiento porque el único capaz de crearse un conjunto de creencias y pensamientos es el ser humano con sus prácticas y experiencias diarias. Mi conversión de un franciscano conservador a lo que pienso hoy, se dio en las aulas, pero también en bibliotecas, frente a libros, pantallas, conociendo personas y por supuesto en la calle. Creer otra cosa es simple diatriba y matoneo contra los profes.

Comentarios