El Cuento

Publicado el ricardogonduq

El huracán

La acumulación de varias tormentas en condiciones climáticas adversas origina los huracanes, que terminan en vientos de cientos de kilómetros por hora y generando estragos a su ingreso en las costas. En Colombia, aunque estos desastres naturales nos pasan por la tangente, el gobierno de Iván Duque está por experimentar uno, no necesariamente climático, sino de descontento social, que mezcla un poco de malas herencias, intereses políticos y genuinos reclamos.

Por: Ricardo González Duque

En Twitter: @RicardoGonDuq

Con dificultad, la Plaza de Bolívar apenas se llenó este lunes en Bogotá durante la movilización convocada por sectores alternativos para protestar contra la decisión del presidente Duque de objetar y por lo tanto dejar congelada la ley que ponía en funcionamiento la JEP. No se logró el objetivo de emular aquella movilización del 5 de octubre de 2016, en momentos de la plebitusa, pero se envió un mensaje.

Entre luces que iluminaron el Capitolio, los que salieron a las calles le dejaron claro al gobierno que proteger el acuerdo de paz todavía es una prioridad para un grupo importante de colombianos que valoran la entrega de armas de las Farc y por lo tanto la evidente reducción de homicidios, extorsiones, secuestros y uso de explosivos en todo el país. Por más que quienes están hoy en el poder quieran enviar mensajes de tranquilidad, la vuelta en el tiempo a octubre de 2016 genera una zozobra entendible entre miles de excombatientes que permanecen en las antiguas zonas veredales y quienes ante la falta de oportunidades de este Estado incumplido y con un presidente que tiene más ganas de hacer politiquería que de gobernar; podrían volver a empuñar las armas y ser reclutados por otros grupos armados, que les pueden ofrecer casi 2 millones de pesos mensuales de salario, como aseguran informes de inteligencia. La innecesaria tormenta de los exguerrilleros se avecina.

En el suroccidente del país una agitación indígena ha estallado desde hace una semana, amenazando con acumularse en el huracán que están por padecer el presidente y sus novatos ministros. Lo más peligroso de esa novatada es que quienes hoy gobiernan recurran a medidas facilistas para enfrentar la movilización, como el uso desmedido del ESMAD. Empezando por la vicepresidenta, el discurso que están enviando el oficialismo y sus partidarios, es que heredaron de la administración anterior unos acuerdos imposibles de cumplir, en referencia a los que firmaron en 2013 y 2016 los enviados del gabinete de Juan Manuel Santos, frente a sus reclamos por la tierra. Esas soluciones a paso de tortuga por supuesto son más difíciles de materializar que la propuesta de la senadora uribista Paloma Valencia de dividir el departamento de la discordia, el Cauca, en dos: entre uno indígena y otro mestizo. Pero la reducción en un 70% de los recursos del Plan de Desarrollo para los territorios indígenas y la negativa del presidente Duque de reunirse con ellos personalmente, mantiene viva la tormenta, que promete subir de categoría.

No muy lejos de allí, en el extremo sur del país, en el epicentro cocalero del país llamado Tumaco, los campesinos cocaleros están incubando una nueva protesta ante la insistencia obsesiva del ministro de Defensa, Guillermo Botero, sorpresivamente respaldado por el de Salud, Juan Pablo Uribe, para retornar a la fumigación aérea con glifosato. Más allá de las consideraciones científicas por el riesgo de cáncer, problemas dermatológicos, respiratorios y de desarrollo prenatal, estos cultivadores de la hoja de coca -que son más de 100 mil familias en todo el país- alegan por la destrucción del único cultivo que les permite sobrevivir, naturalmente en alianza con los narcotraficantes, así ellos no lo quieran. La negativa para buscar regular ese mercado y legalizar la hoja de coca para decenas de usos industriales, mantiene viva la chispa de esta otra tormenta, no solo en Nariño, sino en Caquetá, Putumayo y el Catatumbo.

En las carreteras del país también hay caras largas. Las de los camioneros, a las que el presidente anterior logró solucionarles a medias el problema de la chatarrización y las tablas de fletes, pero ahora padecen por los precios de la gasolina. Hace dos semanas, los principales gremios de los transportadores de carga dieron a conocer sus peticiones frente al Plan de Desarrollo que empieza a discutirse, para que el Ministerio de Minas deje de fijar el precio de los combustibles como lo ordenó la Corte Constitucional y no se siga dependiendo del precio de referencia internacional, al ser Colombia un país con producción autosostenible. De esta manera, los camioneros temen que la tendencia de los precios siga al alza y antes de terminar el año les toque pagar 10 mil pesos por un galón de ACPM.

Las amenazas de tormenta para el gobierno no solo están en las regiones o en los lugares abandonados por el Estado. En las ciudades capitales también están presentes. A partir de este martes y durante 48 horas, los profesores de colegios públicos agremiados en Fecode volverán a las calles y dejarán sin clases a por lo menos 8 millones de niños. Será la segunda convocatoria del año, después del descache de la vez anterior en la que salieron a marchar contra el “intervencionismo de Colombia en Venezuela”. El paro de esta semana, aunque trae los mismos pliegos sobre condiciones salariales y mejoras en la prestación del servicio de salud de los maestros, tiene debajo del hombro una indignación creciente por la pelea con el partido en el poder, el Centro Democrático, que insiste en que los profesores están adoctrinando políticamente a los niños, con una agenda de izquierda. Como dijo un líder del sector educativo: “Uribe (por lo tanto Duque) está apagando el incendio de los maestros con gasolina”.

Igualmente en las ciudades, el descontento de los taxistas sigue porque no hay una solución de fondo frente a las aplicaciones móviles tipo Uber. Quienes están en el poder están atendiendo esa nueva realidad con pañitos de agua tibia como la suspensión de las licencias de conducción, que deja molestos a particulares que buscan en estas plataformas un ingreso adicional ante los pobre salarios, pero no deja satisfechos a los amarillos que siguen viendo cómo crece el mercado de lo que ellos llaman “la piratería” de Uber, Cabify, Beat, Picapp y hasta una rusa nueva, Indriver, que estaría por llegar.

El huracán del descontento social, en su gran mayoría legítimo y aprovechado de un gobierno que internamente no ha logrado tener la fortaleza necesaria para gobernar –su único pico en las encuestas ha sido por su papel aún cuestionado en Venezuela– puede encontrar aún más impulso en la oposición política, que si no sigue en su agarrón permanente, podrá encontrar fácilmente un discurso para mantener a todos los inconformes en las calles.

A pesar de todo lo anterior, los pronósticos de los huracanes no siempre son acertados y es probable que esta mega tormenta de diferentes sectores sociales termine fácilmente controlada. Es que a veces los huracanes favorecen al uribismo, como el Mattew, que les permitió ganar el plebiscito. Pero otras, pueden terminar generando estragos insospechados: con ESMAD y sin negociadores en campo, el presidente podría vivir un Katrina.

UN PUNTO DE GIRO: Sería un sueño que las movilizaciones en las calles ya dejaran de ser por la paz, contra la guerra y fueran, por decir algo, en apoyo a una verdadera reforma laboral: adiós contratos por prestación de servicios, regreso a las horas extras nocturnas desde las 6 de la tarde y más bienestar brindado por los empleadores. Es un sueño, lo reconozco.

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