El Cuento

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¿A parar para contagiar?

Por ahora los cacerolazos en casa son lo más sensato para alzar la voz contra la impresentable reforma del Gobierno que afectará a la clase emergente y al mismo tiempo evitar que las aglomeraciones en las calles agraven los contagios.

Por: Ricardo González Duque

En Twitter: @RicardoGonDuq

Dos tormentas enfrenta Colombia por estos días: la del agresivo tercer pico de la pandemia, que está matando a un colombiano cada cuatro minutos y la de la reforma tributaria, que amenaza con condenar a la pobreza a la clase emergente del país, de la que quieren echar mano para superar la crisis económica. Con el objetivo de enviarle un mensaje al Gobierno sobre la inconveniencia de su nuevo paquete de impuestos se convocó al paro nacional del 28 de abril, que al juntar gente en la calle podría agravar las cifras de contagio, según piensan algunos. Es decir, calmar una tormenta empeorando la otra.

¿Corremos el riesgo de que la consigna “a parar para avanzar” que repetían los marchantes y promotores del paro de 2019 se convierta en “a parar para contagiar»? Ese es el temor que tiene el secretario de Gobierno en Bogotá, quien ha dicho que “hay momentos de momentos” para salir a protestar y también es la posición que se ha vuelto tendencia en Twitter, más por razones políticas que epidemiológicas.

De momento el discurso que asocia las protestas con un aumento de contagios parece más político, pues los estudios hechos hasta ahora no han podido establecer esa relación. Razones para movilizarse no han faltado durante la pandemia: desde el asesinato de George Floyd en EEUU, pasando por la inestabilidad política de Perú, hasta la celebración de una nueva Constitución en Chile, lo que ha llevado a la publicación de estudios al respecto, principalmente por las concentraciones contra el racismo en 300 ciudades de EEUU.

Uno de los estudios, publicado en la revista de salud pública de la Universidad de Oxford, concluyó que no fue “estadísticamente significativo” el aumento de contagios por covid-19 en los condados donde se realizaron las manifestaciones. Otra medición, de las universidades de San Diego y de Colorado, tuvo conclusiones similares al determinar que “los asistentes pueden haber mitigado la propagación del virus a través de contramedidas de infección como el uso de máscaras” y agregan que como la mayoría de los manifestantes son jóvenes, pudo haber un menor impacto de la enfermedad.

El hecho de que las movilizaciones sean al aire libre disminuirían, en teoría, el riesgo del contagio. Sin embargo, las consideraciones de los estudios citados parten de un estricto uso del tapabocas, no tienen en cuenta las variantes del virus que están siendo particularmente agresivas hacia los más jóvenes y tampoco miden la eventualidad del uso de gases lacrimógenos o bombas aturdidoras por parte del ESMAD, que como ya lo determinó la justicia en Colombia pueden generar tos y estornudos que propagan más fácilmente el covid-19. Así las cosas, apelando al principio de precaución que algunos citamos para rechazar el uso del glifosato en el país, lo más sensato es que lo más pronto los líderes de opinión que están promoviendo las marchas en la calle se ingenien otras formas de movilización.

Querer frenar una ola mayor de contagios no significa en ningún momento apoyar esta reforma tributaria que propone el Gobierno y que llevará a que un colombiano que gana entre 3 y 5 millones de pesos mensuales tenga que pagar más IVA en alimentos, gasolina o transporte, servicios públicos, hasta funerarios y que sea el llamado a responder por las necesarias ayudas sociales a los más vulnerables, al tener que restringir más de 200 mil pesos de su salario al mes para pagar el impuesto de renta anual y ver así frustrado para siempre su sueño de tener un apartamento.

No es justo que esa clase emergente -como la llamo, porque a los técnicos les parece que decirle clase media no es correcto, pero no es clase alta- tenga que llenar un hueco que este mismo presidente y ministro crearon en 2018 y 2019 con la reducción de impuestos a las empresas más grandes del país que significó 9 billones de pesos en regalos y que no se tradujo en más empleo: antes de la pandemia, en enero de 2020, la desocupación ya estaba en un 13%.

De modo que, para espantar una tormenta sin aumentar la otra, lo mejor que pueden hacer los ciudadanos es recurrir al sonoro cacerolazo y que desde las casas se vuelva a escuchar el rechazo de los ciudadanos, esta vez a la idea de unos economistas inconscientes que quieren que a los colombianos “les duela” el pago de impuestos, como admitió el director de la DIAN.

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