Los mapas son a los países lo que las fotografías son a las personas. Aunque hay una diferencia fundamental: los países pueden quedar en el mapa menos parecidos a lo que realmente son. Para muchos, el único mapa fidedigno podría ser el de un globo desdoblado y plano, del tamaño del planeta, que sería como construir otro mundo en sus proporciones reales, que no podría existir según las reglas del cosmos y tampoco tendríamos cómo apreciarlo; con el riesgo de que, al realizarlo, se incurriese en equivocaciones.
Lo cierto es que, para no perderse en la inmensidad del planeta, hay que recurrir a los mapas. Esa ha sido necesidad y tarea de todos los tiempos. Desde épocas inmemoriales, en todas partes a alguien se le ocurrió la idea de dibujar sobre arena, tableta de arcilla, papiro, cuero, papel o pantalla, una imagen de uno u otro espacio, sus límites y sus conexiones, con una u otra idea de las proporciones del dibujo, para que fuese útil en la vida real.
Colón, Vespucio y Magallanes, para mencionar solo algunos conocidos en Occidente, vivieron sus vidas colgando de hilo de la cartografía, que les proporcionaba una idea salvadora de su posible destino, para sobrevivir. Pero estos descubridores se beneficiaron del trabajo acumulado de titanes aún más viejos, que hicieron el esfuerzo de dibujar el mundo.
Los cartógrafos habían entrado en el escenario como navegantes, exploradores o aventureros que acumulaban experiencia en la descripción de lo que habían visto, con el agregado de lo que imaginaban. También científicos, cosmólogos, astrónomos y eruditos de biblioteca contribuyeron a la tarea de describir el mundo.
Ptolomeo, que mantuvo a la gente convencida de que la tierra era el centro del universo, trabajó en la Biblioteca de Alejandría y allí desarrolló un manual de dibujo de mapas. Para ello se inventó un rudimento de coordenadas que permitieron por lo menos tener una idea de los dominios del Imperio Romano. Y recogió las enseñanzas de geógrafos y astrónomos anteriores como Eratóstenes, Hiparco y Marino de Tiro, que a su vez se habían alimentado de la sabiduría de griegos y persas.
Zheng He hizo para los emperadores chinos mapas del Océano Índico y el Golfo Pérsico, así como de las costas orientales de África. Ahmad ibn Mājid hizo lo propio para los árabes y se supone que orientó a Vasco da Gama en su viaje por el sur de África hasta la India.
Abu Abd Allah Muhammad Al-Idrisi, musulmán de Ceuta, terminó trabajando en la corte del Rey Roger II de Sicilia, llamado El Normando, y bajo su patrocinio creó la famosa Tabula Rogeriana, que vino a ser un célebre mapa del mundo que en la época asombraba por su precisión derivada de los acoples de trabajos de marinos enviados a explorar en todas direcciones. Solo que faltaba nada menos que América.
Martin Waldseemüller, consumada la hazaña hasta cierto punto inconsciente de Colón, fue quien primero representó al continente americano separado de Asia. También, de paso, fue el primero en darle el nombre de América, en honor de Américo Vespucio, quien se ganó ese premio por haber defendido la idea de que las nuevas tierras no formaban parte de Asia.
A mediados del Siglo XVI, en pleno auge de la exploración marina protagonizada por los europeos, que necesitaban descubrir y apoderarse de nuevas tierras, se hizo necesario ponerse de acuerdo sobre una representación del mundo que sirviera de referente para los navegantes. La ausencia de orientaciones confiables llevaría a que expediciones enteras terminaran vagando por los mares, sobre la base de parámetros inciertos o equivocados.
La cartografía náutica tomó la delantera. Y sin perjuicio de que los chinos ya hubiesen tratado la materia para no perderse en el Índico y el Pacífico, el portugués Pedro Nunes, matemático y cosmógrafo, propuso fórmulas para desenredar las distorsiones de los rumbos marinos. Sobre la base de su trabajo, Gerhard Kremer, conocido universalmente como Gerardus Mercator, ideó “Una nueva y aumentada descripción de la Tierra corregida para el uso de los navegantes”, que en realidad era una proyección cartográfica que adaptaba la lectura de la superficie esférica de la Tierra a una superficie plana.
El uso de la proyección de Mercator, que era “isográfica”, es decir en donde la separación de los meridianos era igual sobre el papel en todas las latitudes, condujo a que, automáticamente, las regiones del mundo más lejanas de la línea ecuatorial se vieran más grandes de lo que son. Como esas regiones coinciden con los territorios que ocupan las grandes potencias tradicionales, y en general los países del Norte, la lectura de esa imagen los hacía ver con enormidades que coincidían con la ambición de esos mismos países de lucir grandotes y poderosos.
Favorecida resultó la Gran Bretaña, que es cinco veces más pequeña que Colombia, para poner un ejemplo, y que al ser vista en esos mapas parece equivalente. Groenlandia aparece del tamaño de África, cuando en realidad el continente africano es catorce veces más grande. Alaska parece casi tan grande como Brasil, que la quintuplica. Y así Noruega y Suecia serían gigantes, para no hablar de Estados Unidos, Canadá y Rusia, que aunque son grandes aparecen inconmensurables.
El predominio de los mapas conforme a la proyección de Mercator ha tenido no solamente consecuencias dentro de la discusión permanente de los cartógrafos. El hecho de que Europa, epicentro de las exploraciones del Siglo XVI, sea el continente predominante en el mapa, aumentó y sigue privilegiando la importancia de ese continente, mientras minimiza la de África, América del Sur y amplias regiones asiáticas. Con lo cual se refuerza la idea que cada quién desde su ángulo puede tener sobre su propia tierra y la de los otros.
A la luz de lo anterior, los países ecuatoriales, sobre los cuales no se presentan distorsiones, quedan minimizados y se han acostumbrado a ver particularmente a los nórdicos como si fueran en todos los casos gigantes, cuando en realidad, salvo Canadá, Estados Unidos, Rusia y China, son menos grandes. Con lo cual se impone una lectura equivocada del mundo que tiene consecuencias en cuanto a los sentimientos y complejos de cada quién, siempre en favor de los que aparecen inmerecidamente más grandes.
Todo esto llevó a que los países africanos, mucho más conscientes de la geografía que el resto de los desfavorecidos, promovieron el tratamiento del tema en la Asamblea General de las Naciones Unidas. El resultado fue la aprobación de una resolución, no vinculante, que invita a promover el uso de alternativas cartográficas que correspondan más fielmente a las proporciones reales de los diferentes territorios del planeta.
La perspectiva de Mercator fue y sigue siendo de gran utilidad para los navegantes, que cuentan con instrumentos para corregir distorsiones que los podrían llevar a perderse en la inmensidad del mar. Al mismo tiempo, desde la época de su aparición, han surgido numerosas alternativas con diferentes beneficios, sin que se haya podido llegar a una forma universalmente aceptada de mapear el mundo, que maneje de manera óptima las distancias, la dirección y las áreas.
Según el interés que se tenga, hoy se puede apelar a diferentes proyecciones. Si se tiene interés exclusivamente reivindicador de las áreas, la Gall-Peters, muestra la superficie real de los continentes, pero se ven severamente alargados y deformes. La Winkel-Tripel busca equilibrar distancias y áreas. La Mollweide representa el planeta en forma de elipse y se usa en materias climáticas. Y hay una japonesa, reciente, que divide el planeta en 96 triángulos que luego pone juntos en busca de un rectángulo, y que solo manejan con precisión los japoneses.
A todos nos debe interesar cómo quedamos en el mapa. Despreciar esa dimensión de nuestra personalidad como nación es como restarle atención a la fotografía de nuestro documento de identidad.
No por el hecho de que las Naciones Unidas se hayan ocupado del caso a instancias de los africanos el tema nos debe ser ajeno. Debemos desarrollar, desde la escuela temprana, una conciencia geográfica que ha de servir de muchas maneras. Por ejemplo, para saber que somos mucho más grandes que cualquiera de nuestros admirados países de Europa, con la excepción de Rusia, que es euroasiática. Y en consecuencia para no caer en la trampa de ver más grandes a países que la gente suele venerar sin enterarse de las proporciones que tienen respecto del nuestro y de las ventajas extraordinarias que tiene el contenido de nuestra maravillosa geografía.
Nuestra ubicación en el mundo, sea cual fuere la proyección que se consulte, es de verdad única y privilegiada. Así lo entienden centros de poder extranjeros que ya quisieran estar donde estamos y tener lo que tenemos. De manera que nuestra realidad geográfica debe ser poderoso argumento para el optimismo que debería convertirse en característica nacional, en lugar de permitir que imperen la minusvalía, el desprecio y el derrotismo sobre nuestras posibilidades. Espectáculo visto desde fuera, por quienes no tienen nuestras costas en los dos grandes océanos, ni nuestras tres cordilleras, ni nuestras llanuras, ni bosques, ni selvas, ni cientos de ríos, como el de unos herederos ricos que lloran porque se creen pobres.
Por todo esto nos debe importar cómo quedamos en el mapa.