Desde el fogón

Publicado el Maritornes

El poder pernicioso de la confusión

Documentos farragosos de once páginas para decir lo que se podría decir, mejor aún explicar —o concluir—, en tres. Frases inconexas e inconclusas. Incisos donde no caben incisos. Amistades que se complican porque leemos entre líneas lo que no está ni entre líneas ni en ellas. Problemas que se agrandan porque les atribuimos a ciertas circunstancias motivaciones, ramificaciones, derivaciones futuras o aspectos personalizados de los que carecen.

Simplicidad. Claridad. Resumen. Hay belleza en lo que, despojado de ocultamientos, velos y retruécanos, goza de la capacidad de hablarnos de un camino hacia el entendimiento, hacia la solución, hacia el aligeramiento de la carga. Enredar es el antiarte pernicioso de quienes, consciente o inconscientemente, se benefician de que algo no se entienda, o sea difuso, o confunda, despiste o diluya. Sobre lo confuso no se puede actuar. Lo confuso inquieta sin permitir remediar el motivo de la inquietud, alude sin aclarar, perturba sin ofrecer camino de salida.

La confusión se diferencia de la complejidad en que la complejidad abarca realidades diversas para conducir a un esclarecimiento, o propuesta, mientras que la confusión es sembrada adrede para sacar provecho de su capacidad paralizante. Los pícaros, los malintencionados y los ladrones de la tranquilidad pescan en el río de las ideas revueltas. Maritornes está aprendiendo a reconocer la confusión como la primordial enemiga de las soluciones, de la acción y de la verdad. Lo que no es claro puede llegar a tragarse en su fangosa amenaza las mejores intenciones, la capacidad más decidida de actuar y los mejores propósitos.

Nos debemos a la transparencia y a la calidad brillante y nítida de lo desenvuelto y ordenado. Pensándolo bien, muchas cosas entrañables y muchas de las que nos hacen sentir esperanza y alivio lo son por claras y sencillas: lo que sentimos con nitidez meridiana sobre ciertas situaciones o personas, la solución al problema (en lugar del proverbial problema en la solución que tienden a ofrecernos los mercaderes de la duda y  la confusión), la palabra que acorta camino entre ideas disparatadas para lograr la expresión precisa, la puerta de salida del embrollo, la capacidad de entrever la verdad entre las mentiras.

Por fortuna, toda confusión algún día pierde su impostura, se decanta en algo más simple, en la verdad. Por suerte, con un poco de práctica, aprendemos a valorar la pepita de oro en medio del fango, y aprendemos a reconocer en la confusión —y en la verborrea literal o emocional que la acompaña—, la herramienta de los engañosos. La voz de lo real es breve, clara y directa, e ilumina el espíritu como la luz del amanecer.

 

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