Desde el fogón

Publicado el Maritornes

El cacerolazo mental

Hay ciertas torturas que se basan en el sonido. A veces se trata de la privación total del sonido, en aislamientos en cuartos blancos en donde la ausencia de cualquier impulso sonoro desconecta al ser humano de todas las realidades que lo mantienen cuerdo. Por otra parte, existe la emisión constante de sonidos perceptibles por el oído humano, o subregistrados por el oído pero aun así alteradores de la conciencia. En eso estamos, en parte, piensa Maritornes.
Estamos inmersos en la ecolalia, la babelia, la cacerolalia, el estruendo, el perifoneo, la pitatón, el repetitón, la vociferatón. En los medios de comunicación tradicionales, en las redes sociales y en las conversaciones se repiten sin pausa ni compasión verdades a medias, seudoanálisis, entrevistas simplistas, acusaciones prefabricadas, peticiones irreflexivas y soluciones facilistas y a la vez incendiarias.
El ruido perceptible va in crescendo, sobre la cresta de la ola de acontecimientos cuya gravedad —no siempre pero sí a menudo— es incrementada por el ruido mismo, por la virulencia y reiteración incansable con que se narran los hechos, por el zumbido soterrado que enloquece los ánimos y da al traste con la posibilidad de pensar. Lo importante es pulsar de manera constante ese botón que dispara la cacofonía, para que, ahítos de ruido, desesperados de estruendos, concedamos a todo lo exigido con tal de que se haga silencio.
Tal es el estruendo que ya ni sabemos por qué estamos tristes, cómo no estar tristes, en dónde debemos enfocar los esfuerzos, a quién podemos acudir en busca del camino de regreso a la racionalidad. Hay muchas cosas que deben cambiar, pero no se limpia el aire llenándolo de humo, ni se avanza paralizando y destrozando, ni se accede a la concordia ni a la propuesta constructiva, ni a la creación de nuevas realidades sin el beneficio elemental del análisis sosegado, sin la pausa para pensar, y sin el beneficio del silencio. En medio del escalamiento de la cacofonía, del cacerolazo mental, nos llevamos las manos a los oídos e imploramos un momento de reflexión que nos lleve a dar marcha atrás para buscar otra forma, antes de que un viento caprichoso atice las llamas, y terminemos todos ardiendo en el incendio.

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