Desde el fogón

Publicado el Maritornes

El arte de bendecir

Voy por ahí bendiciéndolo todo,

no importa si es el tendero de mirada torva

que me lanza con rencor las verduras

que esta noche, antes de cenar, bendeciré.

No importa si es el funcionario

que me anuncia para dentro de un año

lo que necesité ayer y

que regresa después a la interminable y

y gris faena de fallar

― y de hacerlo con rabia―.

Bendigo, y vuelvo a bendecir

y me empeño en encontrar en el áspero crujir

de la ciudad, en sus fumarolas de plomo, en sus huecos

y en los pregoneros que me impiden el paso,

otra razón para bendecir.

¿Qué me ganaría

con bendecir la rosa

que está bendita desde que nació,

o el almíbar ya bendito del panal

o la vida del árbol que ya es

lo que todos seremos un día?

Por eso bendigo todo,

hasta el más leve tropezón.

Tal vez la fuerza de bendecir,

me arrastre

a donde todo esté bendito,

como la rosa,

desde antes de recibir el sol.

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