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Los atropellos sobre la memoria y la sanción al alcalde

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Por: Jerónimo Carranza Bares

Foto: Archivo El Espectador

Los sucesos en Colombia se reproducen al ritmo monótono de su historia, agitada proyección, retorcida imagen que se quiebra en la escarcha gélida de la memoria. Pasó el fatídico año 13 y es época de sacudidas, sentimos una purga en las entrañas del monstruo, su descomposición y quizás un amanecer alentador. Memoria caprichosa.

La noticia es la tutela fallada a favor de uno de los setenta y siete ciudadanos reclamantes por este recurso de sus derechos políticos. Semanas han presenciado el alumbramiento de miles de velas que iluminan las palabras del alcalde electo en la Plaza de Bolívar.

La historia puede empezar con el calco del mismo hecho, hace ya ciento cincuenta años, cuando Tomás Cipriano de Mosquera, el edecán del Libertador, entró a la capital de la Confederación Granadina para acabar con la tiranía que imperaba en la pequeña Bogotá. Era esta una aldea conservadora de revivido nombre ancestral dado a la ciudad gracias a la nueva República de Colombia de 1821. Mosquera, que de limpiarle las botas a Bolívar se encargó de reformar el Estado que dejaron sus devoradores, ya viejo triunfó en la guerra de 1861 para crear de inmediato el Distrito Capital.

Mosquera designó al abogado y militar Andrés Cerón del Estado del Cauca como gobernador del nuevo territorio, un hombre cercano a ese otro caudillo para el pueblo, o la modernidad, segun la óptica del observador. El Cabildo municipal, en manos de los ilustres cachacos, entró en cólera ante la usurpación. Hubo tire y afloje con el Procurador y la Corte Suprema a causa del acto inconstitucional. Instalado en el poder, solo un par de años pudo aquél único revolucionario victorioso en la historia de Colombia sostener a su designado capitalino frente a la figura del prefecto municipal de Bogotá, quien era nombrado para la ejecución de las ordenanzas del cabildo. Dicen que hasta llegó a haber entonces seis alcaldes de manera simultánea, quienes es de suponer se “supervigilaban” sin tregua.

A pesar de su espanto, los principales vecinos que componían el antiguo Concejo municipal solo deseaban que la fría ciudad estuviera limpia y ajena a la “barbarie” tropical que traía consigo el caudillo caucano. Después de rematar los bienes de manos muertas de la Iglesia a diestra, siniestra y mansalva, de fundar la plaza de mercado y otras novedades, Mosquera debió hacerse a la idea de pasar sus días en una torre, removiendo las aguas del charco cuajado en el sereno, después del golpe de Estado encabezado por el liberal Santos Acosta en 1867 mientras aguardaba su exilio en la árida ciudad de Lima.

Es demasiado lejana la rememoración, porque las siguientes generaciones de mandatarios se encargaron de voltear las huellas que imprimieron los primeros colombianos. Entonces, será necesario recordar que hace ochenta y cinco años llegó en tren, a otro lugar adonde no hubo catedral ni colegio de abogados, un joven oficial de nombre Carlos Cortés Vargas.

Su misión era conjurar la huelga concentrada en el municipio de San Juan de Córdoba en el departamento de Magdalena. Ciénaga, es la denominación del poblado adyacente a esta la más grande ciénaga del Caribe. Queda sobre la misma costa y a la misma ciénaga donde puso sus podridas suelas el saqueador de Bastidas al comienzo de la historia ultramarina.

Cortés fue ahí por orden del Presidente Miguel Abadía Méndez, notable catedrático de antiguallas. Subido en la cubierta de un tren de la United Fruit Company, el ancestral modelo de la agresiva dominación contemporánea de la Chiquita Brands, el oficial se paró muy recio con el dedo en el gramófono para ordenar la metralla sobre la gente reunida en la plaza, según el testimonio de los testigos del suceso. A pesar de las múltiples matanzas que martirizaron a los huérfanos de aquél día, la masacre del seis de diciembre de 1928, prolongada durante los días siguientes en Ciénaga y sus alrededores no se olvida.

La masacre hubo de afirmar la esclavitud de los campesinos de esta región productora de bananos, plantaciones de millones de frutos que habrían de madurar exóticos en las espaldas de los trabajadores, porque serían para alimentar los lejanos estómagos de otro mundo. Hace ochenta y cinco años, cuando la gente se regocijaba oyendo los discursos de Raúl Eduardo Mahecha, con la visión ebria del salario conquistado a cambio de jornadas a pleno sol, de ganarse en la plaza el triunfo del hombre moderno, llegó este joven cadete a rociar de plomo la vida que, gracias a su obra, sigue siendo nuestra servidumbre.

Baste recordar para ello que hace apenas diez años, en 2003 para ser exactos, la ciudadanía se enfrentó a un referendo impuesto para mutilar el derecho a la tutela, amparo de todos frente al poder incontestable del Estado. Al perpetrador de entonces se le ocurrió  que no le hacía falta la violencia como en sus negocios particulares para que los colombianos nos colgáramos del cuello. La convocatoria del poder absoluto se reventó como un tomate en el pavimento, y así quedó esa mancha, otra más en el viacrucis.

Ahora que la política criolla está en el congelador, vemos la manifestación de la multitud sin abandonar este evento a la actualidad modelada en las sala de estudio. Iniciado el año,  la Plaza de Bolívar le hizo honor a su nombre. Hijos del presente han levantado millones de brazos para levantar la historia de Colombia.

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