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La Constitución del Bicentenario: Los Caminos Difíciles de la Historia Colombiana

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Por: Xerónimo de la Ossa

Se acabaron las FARC-EP. Mientras se calentaba la tinta del balígrafo empuñado por don Timoleón Jiménez y don Juan Manuel Santos, en presencia de Raúl y Tania se sentaron los señores Sergio Jaramillo e Iván Márquez, todos en compañía del señor Lozada y del señor Mora. Hablaron mucho de la suerte de Colombia.

Al detallar las 23 zonas de ubicación y los 8 campamentos de concentración vemos un ejército que rinde las armas, pese a la sospecha sembrada por todos los medios a pago sobre el fracaso de los acuerdos. Son claras las condiciones de la entrega, la reducción de las tropas a sitios limitados y las normas de seguridad puesta en manos de la fuerza pública del Estado.

Los treinta y un lugares elegidos trazan la cartografía. El hijo inmolado del monstruo conservador, el joven Álvaro Gómez, no pudo verlo claramente cuando denunció la existencia de las “repúblicas independientes”, zonas de resistencia campesina establecidas en la región de Sumapaz y la vertiente opuesta del río Magdalena. La cacería ha llevado la subversión a toda Colombia, desde el nudo de las cordillas occidental y central hacia el país que fue bien llamado los territorios nacionales. Si el establecimiento cívico-militar replegó el poder de las armas a las zonas alejadas de las ciudades y de (casi) todos los municipios, las causas de la guerra están allí, pero sin los fusiles apuntados hacia un fin opuesto a su solución como partido político.

Los cantos de libertad son felices, aunque suenen en Noruega  o en Caracas.  Pero su sonido no ha sido imaginado en la epopeya del discurso de La Habana. La historia de Colombia será recreada para comprender y componer los relatos de la nueva realidad. Se ha evaporado el marxismo en las nubes del calentamiento global y parece real la elección insospechada de Donald Trump en el trono.

En otro país podría estar el fin de la tragedia; es probable que los desmovilizados emigren al Báltico, si las cosas no funcionan cómo piensa, anhela y quieren las víctimas de la orilla opuesta. Pero los ciudadanos de Cartagena y Medellín una esperanza guardan, como en Cúcuta y Pasto,  en Pato y en Plato también, en fin, la gente quiere paz. La literatura que formará la conciencia colectiva del país necesita desintoxicarse del patriotismo, antes de que el vuelo de los buitres torne hacia otro lado.

La sociedad civil expresada en la representación de las comunidades, las organizaciones de víctimas, las usuarias y usuarios campesinos, sindicalistas, veedurías, la democracia  participativa y no corporativa, son garantes y testigos; principio para poner punto a las negociaciones. El desarrollo rural, la participación democrática y la salvación de la distancia que proyecta el país político del futuro es la garantía de la paz, sin repetir los conflictos usuales entre la ciudadanía y la fe pública delegada en las instituciones nacionales.

La garantía de fábrica que ofrece el negocio de las plantaciones en los Llanos Orientales pasa por respetar la vida de los campesinos pobladores y de los ex combatientes. Un riesgo alto, como el que ofrece el ejercicio de nuestra democracia. Por su lado, la guerrilla ha impuesto la autoridad en las zonas de conflicto social donde aterrizan los marginados, esto es en las minas ilegales, las veredas cocaleras, los puentes fronterizos y los  bosques amenazados. ¿Hará falta entonces una fuerza armada distinta para imponer la ley ambiental o de policía?

En vez de fijarse en rescatar lo malo que existe, como «fortalecer el ESMAD» según planea el presidente, se puede aprender a convivir en sociedad a través de modelos alternativos de solución de conflictos, como son los controles de la guardia indígena, los usos de la tradición libertaria afroamericana, las libertades de la vida ciudadana, el ejemplo de la historia de las naciones civilizadas, como Islandia y Ecuador, por ejemplo. La democracia liberal peleó por ello hace ciento veinte años y por su causa perdió la Guerra de los Mil Días (1899-1903). El movimiento popular encabezado por Gaitán Ayala lo pidió cincuenta años después, y lo asesinaron en 1948.

Los coros fúnebres que zumban en la cabeza del Procurador de la Nación nos remontan a la barbarie. Cuando está perdido el porvenir de una república centralista, es probable que la Carta Magna que votemos respalde la constitución de un país federado. La distancia del país político del país real es insalvable.

La lucha por la libertad de Colombia no puede recaer en los fines medievales del Reino de la Nueva Granada.

 

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