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Elecciones para la Alcaldía de Bogotá 2019: Ciudadanía y Representación

Foto: Jerónimo Carranza

Por: Jerónimo Carranza Bares

La contienda por la Alcaldía de Bogotá da más pesar que nunca por las dosis del clientelismo inyectado en la carrera para coronar la copa del Nogal desde donde se columbra el Valle de los Alcázares.

La primera elección popular de alcaldes tras el Acto legislativo 01 de 1986 que derogó el nombramiento directo por parte del gobernador, vio en 1988 la división entre el liberalismo oficial –lagartos mayores- y el Nuevo Liberalismo, facción promovida por el expresidente Carlos Lleras Restrepo alrededor del joven bumangués y ex ministro de educación, Luis Carlos Galán Sarmiento.

El economista javeriano estaba seguido de una brillante camada de luz en pleno desarrollo escarlata: Rodrigo Lara Bonilla (q.e.p.d.), César Gaviria Trujillo, Germán Vargas Lleras, Enrique Parejo González, Alfonso Valdivieso Sarmiento, Juan Lozano Ramírez y hasta Gustavo Bolívar Moreno (la mayoría periodistas en algún momento), con una bancada importante en el Concejo de Bogotá en la década de 1980. El cartel de Medellín atacó a sus dirigentes dispuestos a denunciarlo y perseguirlo y por eso fue severamente limitado o coptado.

Eran tiempos de la Presidencia de Virgilio Barco Vargas, él mismo ex alcalde en los días de la presidencia de Lleras Restrepo y por tanto nombrado por éste, y de tanto pensar en las alturas se quedó senil cuando gobernaba a Colombia y era guía de un Partido fragmentado en el poder.

Tanto el Nuevo como el liberalismo oficial fueron derrotados en sus candidatos Carlos Ossa Escobar (q.e.p.d.) y Juan Martín Caicedo Ferrer, este apoyado por poderosos exalcaldes de la era anterior, Hernando Durán Dussán y Julio César Sánchez.

Porque en la carrera les saltó el delfín conservador Andrés Pastrana Arango (hijo del ex presidente Misael), quien de ser presentador de noticias en la concesión del padre –TV Hoy-, cayó al edificio Liévano con un discurso de cambio y renovación.

Apenas duraba dos años este infierno democrático y en el lapso Pastrana sería infamado para siempre por construir la puntiaguda Troncal de la Caracas, que destruyó la hermosa Avenida y antecedió al sistema de Transmilenio; por el desmonte de la Empresa Distrital de Servicios Públicos –EDIS- para la privatización de la recolección de las basuras; por el nefasto puente de la calle 92 y por el monumental Concierto de conciertos, con la presencia de las mejores bandas de rock en español.

En 1990 llegó a sucederlo quien fuera el segundo lugar en la primera contienda, el liberal oficialista Juan Martín Caicedo. Fue condenado por corrupción y removido del cargo, pero la sentencia en su contra fue anulada por la Corte Suprema de Justicia años después.

Lo sucedió Jaime Castro Castro en 1992, otra vez por el Partido Liberal. Ex ministro del gobierno conservador entre 1984 y 1986, el constitucionalista tuvo inusitada impopularidad durante su alcaldía por cumplir con la renovación y el cambio, pero de las empresas públicas por las privadas que se vino con la apertura neoliberal del Estado a partir de la Constitución de 1991, y sanear así con la venta de garaje las arcas del Distrito.

Sumido en esa tarea jurídica que redujo el tamaño de la burocracia, la ciudadanía sintió el deterioro de la calidad de vida tras años de pésimas administraciones, incluidas las últimas por designación del criterio remozado de los presidentes y jefes inmediatos del gobernador de turno.

Foto: Jerónimo Carranza

A Jaime Castro le siguió en 1995 el filósofo colombo lituano Antanas Mockus Sivickas, que se ganó a la ciudad con la inspiración independiente que llevó al cura Bernardo Hoyos Montoya a timonear el puerto barranquillero en 1992. Mockus se había hecho “viral” por mostrarles el orto a los estudiantes de la Universidad Nacional, que lo abucheaban en el auditorio central por implantar la cofinanciación de las matrículas.

Al llegar con una propuesta ingeniosa para enseñar la cultura ciudadana a la barbarie chibcha-hispana, Mockus desplegó atrevidas campañas pedagógicas en calles, bares, universidades, colegios, noticieros, toda una terapia psicosocial: Los estudiantes tomaban trago con el “Profe” y los hombres debían quedarse los viernes en casa, oficina, cine, parque o gimnasio, mientras las mujeres podían rumbear en bares y discotecas sin ser acosadas ahí.

Mockus también innovó en el aspecto mesiánico que había desparecido con la retirada de los dinosaurios, ninguno tan audaz para dejar el puesto a cambio de la presidencia de Colombia, a la cual ascendieron una vez y sólo después de hacer y cargar con su larga cola.

El alcalde renunció y dejó en su reemplazo al Secretario Paul Bromberg Ziberstein, un físico que se metió en el hoyo negro de la Contraloría, al endilgarle el ente fiscal una responsabilidad indirecta en la afectación por el desastre ambiental del relleno sanitario de Doña Juana, que colapsó como gelatina lixiviada en 1997, y en otros casos ajenos a su encargo y de los que pudo salir indemne.

Sin abandonar el esmerado ascenso del Nogal, se elevó la figura de un sonriente ejecutivo que subía con aprietos a las añoradas busetas para repartir volantes a los pacientes y pasajeros espectadores, que no sabían más artimaña que la de la jeringa infesta del suplicante, su mano con una sonda de utilería.

Tampoco sabían que el padre de ese gran chico que todavía podía subirse a un bus, había sido varias veces concejal y ex ministro de agricultura, Enrique Peñalosa Camargo, acusado de adquirir para el Estado tierras sobrevaluadas y baldíos comprados a terratenientes por medio del extinto Instituto Colombiano para la Reforma Agraria -INCORA-, en 1969.

El hijo pródigo fue protagonista de la lamentable la campaña de 1997, pulso entre Enrique Peñalosa Londoño y un histrión llamado Carlos Moreno de Caro. El pánico ante el personaje que le iba a dar chuzo a los corruptos pero sus seguidores robaban alcantarillas hizo elegir al “doctor” de París, a quien había pasado por la Cámara de representantes después de quedar bancado frente a Mockus en las elecciones del 94.

“Más promesas y menos obras” decía el grafitti en días de esta desalmada ciudad por la construcción de vías, colegios, bibliotecas y el nuevo servicio de transporte, menos indecente que los pulgosos ejecutivos: el Transmilenio, legado más grande del gerente empírico.

Empresa mixta de capital público y ganancia privada, el sistema de transporte de buses se apoderó de las vías de automóviles a cambio del metro que recomendó el Plan Maestro de Movilidad, hecho con base en los estudios contratados por la Agencia de Cooperación Japonesa –JICA-, presupuesto de la Nación aprobado en 1997 y reversado en la presidencia de Pastrana, ya desde 1998.

Las bibliotecas del Distrito siguen prestando servicio óptimo con Biblored, pero para llegar a ellas en Transmilenio hay que vivir el infierno y una pesadilla, quizás con la presencia onírica del “hombre bolardo”.

Pero volviendo al pasado infeliz, Mockus obtuvo en 2000 una segunda alcaldía, derrotando a la perdedora en estas contiendas locales, María Emma Mejía Vélez. Fue restaurado por el votante en el cargo de jefe tras darse con el fuete indígena y maternal por abandonarnos la primera vez. El Profe apretó el garrote, imponiendo la hora zanahoria para detener la rumba del maléfico trans, que al ritmo del traque traque plagaba las horas de ocio antes y después del “after party” decretado a la 1 pm.

El toque de queda se haría permanente por el horario de Transmilenio hasta las 11 pm, y al día siguiente dar las gracias al exalcalde Peñalosa por verter relleno fluido en las vías arterias, en vez de concreto o pavimento. Trancones y ladrones del calibre de la Avenida Caracas de los 90 se quedaron desde esta hora para siempre en calzadas rotas y en medio del humo de los buses. Desfalco que tapó Mockus, ideológicamente hablando.

La izquierda obtuvo un cargo de relevancia en la historia colombiana en 2003, con el triunfo del líder sindical Luis Eduardo Garzón, quien gobernó cumpliendo el programa social del Polo Democrático, oposición en pleno auge del uribismo, la plaga de los reptiles de corazón. Pero Lucho tenía un antídoto en esa época y no permitió realizar el acto de fe de los Consejos comunitarios en la capital.

De Lucho se dio el paso a la derecha con la elección del lamentable Samuel Moreno Rojas en 2007, ejemplo de cooptación por fuerzas políticas y económicas que riñen con el bien común. Sin mérito político más que el de pastorear el rebaño de la heredad, Moreno es nieto del General Gustavo Rojas Pinilla, presidente impuesto en 1953 por el pacto de las élites bipartidistas para detener al incendiario católico Laureano Gómez: -el “Monstruo-“, o el Dr Hyde que ocultaba al monstruoso futuro uribista.

Samy “cara de yo no fui” llegó de repente a urdir un reavivamiento en el seno del Polo, adónde se infiltró con apoyo del ex presidente liberal Ernesto Samper Pizano y de los últimos alientos de “la nena” María Eugenia Rojas Correa, carismática primera hija del General.

Sobre el Dictador marioneta Rojas Pinilla vale decir que fue depuesto, condenado y habilitado para presentar su candidatura presidencial en 1970 alrededor de la ANAPO –Alianza Nacional Popular-, contra Misael Pastrana Borrero, ministro de gobierno de Lleras Restrepo. Se entiende o dicen que Rojas Pinilla ganó en las urnas al sacar iluso provecho de la corrupción de Peñalosa Camargo, el ministro de agricultura de Lleras, pero a muchos no sorprendió el fantasmagórico fraude que le quitó la victoria al General.

La ANAPO se dividió entre el ala revolucionaria, que dio vida al M-19 en 1974, y la vetusta Nena Rojas para reposar en un prolongado maleficio, hasta formar en su ciencia a sus hijos Iván, quien sería alcalde de Bucaramanga, senador y convicto, y al chino Samuel, con el mismo currículo.

La Capitana desempolvó el quepis y con la garra diestra del primogénito impuso al otro vástago para darles cuchara a los Moreno Rojas y sus amigos. Por un plato de lentejas el Polo dejó que se cebarán de contratos de obras y más caros servicios, sobornos que el Concejo distrital –de mayoría uribista-, convirtió en el carrusel de la contratación de Bogotá.

La pirámide de licitaciones que aún perdura en la causa Odebrecht fue denunciada por miembros del Polo que exigieron la sanción y separación del Alcalde, lo que prontamente haría el Procurador Alejandro Ordoñez en 2011. Varios líderes se salieron del Polo a partir de ahí: Gustavo Petro Urrego, Antonio Navarro Wolff, Lucho Garzón y Luis Carlos Avellaneda Tarazona.

De inmediato se conformó por dignidad un movimiento para que el denunciante y opositor de Nari y alrededores cordobeses, Gustavo Petro Urrego, fuera el alcalde de Bogotá. Sin embargo, la innovadora administración (2012-2015) estuvo bajo sitio del mayor cartel nacional, el clientelismo.

Asfixiada por el gobierno de Juan Manuel Santos Calderón, que no dio curso a la obra del metro subterráneo aprobada por él mismo y redujo el número de policías en la ciudad, habría que sintetizar las innovaciones de esta Alcaldía en el compromiso con la prohibición de la muerte en los espacios públicos y de las zorras en las calles. Era improvisada y en gran medida ajena a las convenciones del clientelismo organizado.

Destituido en 2014 por el inefable procurador Ordoñez con el argumento falaz de violación de la libre competencia, al Petro asignar la recolección de las basuras a una subsidiaria de la Empresa de Acueducto de Bogotá, estuvo un año fuera del cargo y lo remplazó el carismático Pardo Rueda por designación de Santos.

Restituido Petro por la Corte Interamericana, en las elecciones presidenciales de 2016 demostró su favorabilidad en la ciudad, a la que faltó una movilización política estructurada para obtener la victoria sobre los pasos del establecimiento de este vía crucis, llámese uribista, santista, lopista, turbayista o galanista y petrista.

En contra de la segunda etapa de la alcaldía del sucreño estuvo la separación de sus compañeros en las denuncias de corrupción y en la vanguardia de Bogotá Humana –Navarro Wolff, Avellaneda Tarazona, Guillermo Asprilla Coronado (q.e.p.d), Carlos Vicente de Roux Rengifo-. En ese trance, fue delegada la lucha electoral de la izquierda en Clara López Obregón.

A su favor quedó escrita la alianza para presentar una fuerza de izquierda unificada a las elecciones de 2015 y seguir las políticas construidas, incluso sus logros como alcaldesa en reemplazo de Moreno, y así fuimos a votar por ella en vez de hacerlo por la Secretaria de hábitat de Petro, la abogada María Mercedes Maldonado Copello.

Economista Phd laureada en Harvard, irónicas desventajas alejan a Clarita de la ciudadanía. Ser de una familia dominante de la política ha sido de mal recibo en su caso, después de medio siglo con el puño arriba, desde los días como secretaria de su tío, el expresidente Alfonso López Michelsen, hasta los aciagos como Secretaria de gobierno de Moreno Rojas.

Pero de todas maneras, López Obregón parecía ganar ante rivales de poca monta (Peñalosa, David Luna), sin embargo se vio atravesada por la ola verde de Rafael Pardo.

Las elecciones de 2015 permitieron otra vez ganar a uno de los sujetos más lamentables de la historia bogotana (por fuera del saco de Andrés Pastrana, Jaime Castro, Juan Martín Caicedo, Samuel Moreno)-, con todo y la moda de calcomanías adheridas a las ventanas oscuras de las camionetas blindadas con el logotipo de Peñalosa y los recreacionistas de azul en campaña.

De Pardo se recuerda por ser comisionado del gobierno de Barco para adelantar las conversaciones que dieron lugar a los acuerdos de paz con el M-19 en 1990. Es fundador del Cambio Radical, plataforma remota del uribismo adolescente de la mano dura, y quizás es la persona que ha ocupado más ministerios en el Estado.

Sin la figuración de izquierda encarnada en López Obregón, el oportuno acto de Pardo capturó al votante resentido con la faltas del Polo al llevar a Samuel Moreno a la Alcaldía y aguantarlo a pesar de todo.

El sosegado y flemático Pardo convenció a la ciudadanía mejor representada por la imagen proyectada en el lapso que Santos determinó retornarle el gobierno al alcalde Petro, y tentados por una elección improbable, se coló Peñalosa por una cabeza.

La versión recargada de Peñalosa nos puso de frente al violador compulsivo de las leyes para trincar normas e impedimentos a la hora de hacer desmanes, contratar con pillos, y honrar la corrupción que quiere refrendar en dos meses.

En este contexto sin fondo, al contribuyente le cobrarán en esta vida y sus karmas el metro elevado–con un cuento chino esta vez, pero nada de papel- para abandonar el proyecto subterráneo, estructurado por el Banco Mundial y que debía realizarse en la administración actual, obligación incumplida.

Pero las simonías en contratos para los que dan el billete de los tamales marcan el reloj de los inversionistas, y en cada estación ponen a reñir los voticos de la cacería.

En esas circunstancias de pérdida neta, el elector desprevenido se hinca ante la imagen “contra la corrupción” de Claudia López Hernández, adalid del referendo malogrado y candidata verde, porque ya no se debe ser azul y menos todavía rojo. Pero ya empiezan a doler las rodillas de sus creyentes.

Mientras tanto, en los veinte años del Partido amarillo dela izquierda son jóvenes sus referentes en Bogotá, que reconoce los esfuerzos de líderes como Manuel Sarmiento Arguello o Carlos Carrillo A., pero no se encuentra en los debates nacionales que lideran Jorge Robledo, Iván Cepeda Castro y Alexander López Maya, entre otros, y sin contar la defección de López Obregón, al sumarse al gobierno de Santos en un guiño al proceso de paz con las FARC.

Foto: Jerónimo Carranza

Ha encabezado la partida la politóloga y periodista López Hernández, de la franja de ilusionistas e ilusionados del Partido Verde, convencidos de la figura de Mockus Sivickas, siempre tierno él, y con la imagen del ex alcalde de Medellín y ex gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo Valderrama, quien afinca sueños presidenciales y es más tierno aún.

Así como sucedió mientras despuntaba el Polo en el apogeo del uribismo y estuvo tramado con la “calidad” de los primos Nule para construir la troncal de Transmilenio de la calle 26, ahora la corriente verde ha erosionado su playa en el establecimiento y se incorpora entre las élites y la servidumbre que el visionario Mockus y el comunicador Petro llaman opinión pública, vínculo sentimental que se hace necesario contra la corrupción, el vicio y que no panda el crimen.

Le sigue a Claudia en la escala, o es seguido por ella, Carlos Fernando Galán Pachón, politólogo y ex director del Cambio Radical (creación Pardo Rueda, Vargas Lleras, Néstor Humberto Martínez Neira, Roy Barreras). Hijo del ex candidato presidencial liberal asesinado en 1989 por los narcotraficantes de Medellín. Se dice independiente y es muy tierno.

Queda en la izquierda el periodista Hollman Morris, adalid de Petro y del movimiento de Colombia Humana. Reportero, creador del programa Contravía –Dos veces Premio India Catalina-, denunció el genocidio militar, paramilitar y guerrillero en la década de 1990 y 2000. Se tuvo que exiliar en los Estados Unidos, haciendo en tanto una beca de investigación en la Universidad de Harvard por auspicio de la Fundación Niesman. Volvió a Colombia y estuvo en la dirección del Canal Capital, al que introdujo contenidos históricos, de opinión y sátira. Ahora es concejal y enfrenta denuncias de acoso sexual y violencia intrafamiliar.

Los tres anteriores empatan en la técnica de las encuestas, pero les sigue el más preparado y apenas tierno en su punto para coronar la copa.

De la talla de Julio César Turbay Ayala, admirado por el presidente Iván Duque Márquez, -alias “muchacho”–, el candidato Miguel Uribe Turbay tiene las justas proporciones de la historia colombiana. Las dotes están puestas en este talento bogotano, que nos pasará la factura de la eficiencia del “burgomaestre” Peñalosa. El tiempo lo dirá.

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