De ti habla la historia

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De la ficción de las representaciones sociales de William Ospina y sus usos políticos.

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Foto: Archivo El Espectador

Por: Jerónimo Carranza

A pocos días de la elección definitiva del presidente que dirigirá el Estado colombiano entre 2014 y 2018, la opinión del escritor William Ospina apoyando al candidato Oscar Iván Zuluaga ha causado polémica. Oscar Collazos respondió con precisión en su columna del 5 de junio “La política y los intelectuales” y agudas impresiones se escuchan de voces sensatas. El partido que toma el novelista se opone en esa medida al lineamiento de amplios sectores intelectuales a favor del proceso de paz dirigido por Santos, y lo hace porque “a esos cachacos no se les puede creer”. El premio Rómulo Gallegos y Casa de las Américas no da cuenta de las fuerzas que uno y otro colombiano representan.En primer lugar, Ospina se basa en la comparación entre un hombre que vemos intrascendente a la luz de la propaganda, íngrimo recipiente espiritual del único colombiano que no puede ser presidente, Álvaro Uribe encarnado en Zuluaga el paisano, contra la figura de Juan Manuel Santos, quien representa una estirpe de sucesivas generaciones de dirigentes bogotanos, que según el criterio del escritor, sería única responsable de la historia de Colombia. Ospina acepta de este modo la representación que se ha fabricado de Zuluaga con la talla de ese otro individuo aparente,  Calibán real o ficticio según el canon literario de la historia. En vez de la provocación suscitada, mas sugestivo sería que el novelista arremetiera contra los estamentos rolos que desprecia, fijándose quizás en el santoral periodístico donde reina la luz perpetua de las vidas ejemplares.

Pero se confunde el sofisma de Ospina con una dialéctica realista. La pauta del frentero Zuluaga o la del colombiano de a pie que se opone al poder detentado por la oligarquía cachaca, antipática y oportunista, está proyectada en el escenario de La Habana en términos de política real, la que se define por el monopolio de las armas: la rebelión popular y básicamente campesina, representada en la presencia de las FARC está frente al establecimiento centralista y usurpador, puesto en la figura de Santos, quien engloba a Uribe y sus derivaciones, tipo Felipe Arias, alias Uribito u Oscar Iván.

Así reducida se observa la descalificación que emiten los voceros farianos sobre Santos y la primera invitación del partido de izquierda por el voto en blanco, cuando se hunden las raíces en el desierto de la exclusión política. Pero el problema no es que la burguesía bogotana vuelva aliarse con el diablo, si no que todo el peso está a favor de los mercados, los aviones, los bancos y el águila de la canasta básica. Las posibilidades de determinar el juego político que significa el cese de la represión, el progreso de los procesos judiciales por los crímenes atroces y la persecución de la delincuencia organizada,  no están en manos de Juan Manuel, quien juega el rol de capataz moderno al servicio de estos golems.

Por ejemplo, en la propaganda de los dos candidatos para la recta final se aprecia la objetividad de la contienda. Zuluaga se desprende de su fantasma criminal y rinde pleitesía a sus verdaderos promotores, a los gremios económicos que han financiado el paramilitarismo. Santos por su parte, se dirige al pueblo para convencerlo de la justicia del cese de la guerra, para promover su aparente buen gobierno, él ahora más solo que nunca en el salón reservado del stablishment.

No ha habido un proceso de paz concluyente desde el origen de la subversión armada a mediados del siglo XX. De costumbre, restos insurgentes volvieron a la clandestinidad cuando no fueron exterminados en la vida civil, como sucedió con los guerrilleros liberales que entregaron las armas al gobierno militar de Rojas Pinilla, paso previo del Frente Nacional. Mas reciente aún es el crimen de los propios militantes de las Farc incorporados a la UP, eliminados junto con la mayoría desarmada de este movimiento en medio de las negociaciones con el gobierno de Belisario Betancur iniciadas en 1984.

Ospina censura las acrobacias del vetusto poder de Santos: el designado liberal, pastranista, uribista que hoy posa de falso castro chavista. Y pasa por alto que a mediados de la década de 1980 un joven abogado destacado en sus primeros pasos políticos por el ilustre liberal Gerardo Molina, Betancur lo nombró Alcalde de Medellín, luego de su paso sin radar por la dirección de la Aeronáutica Civil en el gobierno de Turbay Ayala. Fue destituido por rencillas burocráticas o sospechas fundadas de las andanzas de su padre asesinado, y entonces medró bajo la tutela de Ernesto Samper, alcanzando la Gobernación de Antioquia en 1994, puesto desde el cual estructuró un gobierno militar sostenido en un ejército paramilitar de alcance nacional. Cualquier persona informada sabe que el político Álvaro Uribe es producto de los compromisos de la dirigencia nacional, oriunda de Bogotá, Medellín, Cali o cualquier otro punto del país, con el poder económico del narcotráfico.

Ospina dice que falta la presencia de Uribe para completar las cuatro patas de la mesa de La Habana. El cariz de Robin Hood que le otorgó al salgareño la revista Semana, propiedad de la familia del expresidente Alfonso López, rama del mismo tronco, sirvió para informar a la opinión bogotana de los buenos oficios de este guerrero caballista, quien pudiera hacer lo que a los blandos presidentes no les fue posible: frenar a la guerrilla.

Exactamente, pero no gracias a los millones de rolos que votan por la U en largas filas apiñadas en Unicentro o a las rutinas insanas del ex presidente, si no al respaldo de los paramilitares y el apoyo que dieron los EEUU a las fuerzas armadas, con el mayor presupuesto dado por parte del imperio a cualquier Estado latinoamericano. Esa gestión bélica y colonial fue gestionada por el Ministro de Defensa Juan Manuel Santos, colocado quizás por su primo Pachito, por Uribe Vélez, por la junta del Jockey Club de la Federación de Ganaderos, o por el Pentágono, para sofocar la revolución armada, controlar el territorio nacional y destruir la economía campesina.

Santos bien puede virar a otro horizonte de guerra de acuerdo a las órdenes de Washington, pero mientras la  nación americana del Norte enfrenta su decadencia bárbara, el virrey evita por fiel servidumbre la hecatombe de Colombia, más débil gracias a sus instituciones centralistas, que por virtud de su nacionalidad fragmentada. Montados en el artefacto republicano, los poderes establecidos negocian los alcances de su dominación sobre él. La tecnocracia neoliberal que conduce el aparato burocrático se resabia en las manos de seda de su más distinguido pupilo.

Al retomar mitos regionalistas o apreciaciones subjetivas sobre las secuelas de una dirigencia política, la sensibilidad literaria de Ospina ignora la lógica del proceso de paz y los matices de la historia de la guerra, cuando se agota la capacidad del Estado y están desarticulados sus monopolios. Los insurgentes, ya estén sentados en la mesa o activos en sus territorios, confían en el debilitamiento del régimen y en los cambios geopolíticos que ofrece el penúltimo estertor de Colombia: un mito genial que sobrevive en el curso de la revolución social de la nueva historia latinoamericana.

Del mismo modo que se celebran en estos días los setenta años de los combates más sangrientos de la II Guerra Mundial, la historia suspira por la inteligencia de las fuerzas aliadas y los países soviéticos para frenar el fascismo, siendo el mundo aleccionado con la muerte de Hitler, Mussolini y demás personas simbólicas de tantos mitos aparentemente anacrónicos. En aquellos días, las diplomacias sentaron en la misma mesa a Stalin y Churchill, y quizás en nada se alteró la construcción de las leyendas que hoy conocemos sobre ellos para justificar su existencia en el siglo XX. Antes de que la mecánica histórica destruya la hacienda feudal de la Nueva Granada, se podrá medir la democracia de la subversión política contra la permanencia del Estado patriarcal en Colombia. Un acto de fe que mostraría la razón capaz de detener el progreso de un pensamiento criminal.

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