¿Por qué los periódicos colombianos no llaman las cosas por su nombre? Un vistazo a los editoriales de prensa permite ver el tratamiento eufemístico de algunos medios a lo ocurrido en Venezuela.
¿Por qué los periódicos colombianos no llaman las cosas por su nombre? Un vistazo a los editoriales de prensa permite ver el tratamiento eufemístico de algunos medios a lo ocurrido en Venezuela.

El editorial es el pensamiento de un periódico o el de sus dueños: los principios y valores que aquellos defienden. El editorial fija una postura sobre los acontecimientos del día a día; es decir, la valoración que hacen el director o el propietario sobre los sucesos de mayor relevancia para el país.
El editorial es una opinión más y por lo tanto puede estar cargado de sesgo, subjetividad y, no pocas veces, emociones e intereses ocultos. Esto puede verse más claramente en época de elecciones en que los diarios, no todos y no siempre, recomiendan votar por uno u otro candidato.
Los periódicos progresistas permiten que personas con pensamiento distinto al suyo lo expresen con total libertad a través de sus páginas. Se llaman columnistas y al conjunto de todos, cuando sus posturas ideológicas son distintas, lo llamamos pluralidad de pensamiento: el derecho a opinar y disentir, en un marco de respeto, con apego a la verdad, sin incurrir en injurias o calumnias.
En momentos de enorme tensión, como el que vive hoy Latinoamérica a raíz de lo ocurrido en Venezuela, de los periódicos se esperaría, aparte de información veraz, que sean el faro iluminador que guíe a la sociedad, al conjunto de sus ciudadanos y a sus líderes, en medio de las tinieblas, por medio de sus editorialistas y columnistas.
El editorial no puede ser, entonces, una opinión más en el mar de opiniones que circulan de manera desordenada por las redes sociales y a razón de millones por segundo. El editorialista debe tener la capacidad de ver lo que otros no están viendo y aportar los elementos que le permitan a sus lectores comprender las implicaciones de todo aquello que los afecte directa o indirectamente.
En ese orden de ideas, me impuse la tarea de analizar el manejo que, desde sus editoriales, los principales diarios colombianos le dieron a las primeras informaciones luego de los ataques de Estados Unidos sobre Caracas.
En su editorial titulado “Donald Trump no es el salvador de Venezuela”, El Espectador llamó las cosas por su nombre, después de hacer una lista de los atropellos que ha cometido el régimen chavista tras dos décadas en el poder. “… en el proceso de captura de Nicolás Maduro, se fracturó el orden internacional basado en normas. Estados Unidos ejecutó una invasión militar violando la soberanía de un Estado y adjudicándose el derecho a ejercer la fuerza a su conveniencia. América Latina, que ha sufrido la larga historia de intervenciones de la potencia del norte, escucha hoy los ecos de un pasado que causó mucho dolor”.
Veamos qué dijeron otros editoriales.
En el editorial titulado “Después de Maduro”, El Tiempo habla de “la quirúrgica operación de asalto ejecutada por la denominada Fuerza Delta”, para “la captura y extracción del país del dictador Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores”.
El Nuevo Siglo, diario fundado por Laureano Gómez, dice lo siguiente:
“La “Operación Maduro”, llevada a cabo ayer con la captura del dictador del mismo nombre y de su esposa, Cilia Flórez, en la casa de gobierno, en Caracas, en una quirúrgica maniobra militar en la madrugada, realizada por las fuerzas combinadas de Estados Unidos, pone de presente que el presidente Donald Trump no estaba tomando del pelo, ni simplemente haciendo alarde de las facultades extraordinarias otorgadas en su país”.
Lo que no dice El Nuevo Siglo es lo que sí nos cuenta en este trino, la columnista Olga González, doctora en Sociología, a propósito de su fundador, Laureano Gómez:
Pero sigamos. En su editorial titulado “El final del tirano ¿Qué sigue?”, El Colombiano afirmó lo siguiente: “No fue una guerra abierta, ni una ocupación. Fue el corte quirúrgico de un tumor que el propio cuerpo venezolano no podía extirpar por sí solo. Hay quienes han levantado la voz contra este acto, invocando la soberanía nacional. Pero ¿qué soberanía tenía un Estado que había sido tomado por un usurpador y convertido en plataforma del narcotráfico? ¿Qué independencia merece un gobierno que limitó la libertad y condenó a su pueblo a la miseria?”.
El Heraldo, principal diario de la Costa, prefirió no calificar las acciones del ejército estadounidense ni cuestionar su legitimidad; simplemente se refirió “a las horas posteriores a la caída del dictador Nicolás Maduro”, en un editorial que tituló “Delcy Rodríguez, ¿pieza clave de cuál transición?”, señalando que “todas las miradas se dirigen a la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, ungida desde el pasado sábado por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) como la mandataria encargada de Venezuela”.
En el editorial titulado, “Venezuela debe reconstruir su democracia y su destino”, el periódico Vanguardia de Santander, en tono equilibrado, se refirió a “la incursión militar estadounidense en suelo venezolano, que terminó en la detención y traslado forzoso del presidente Nicolás Maduro” y, renglones más adelante, haciendo eco a las preocupaciones de la ONU (“la legitimidad de la elección de Maduro estaba ampliamente cuestionada y desconocida, y su régimen había sumido al país en una crisis abismal), señala que “la respuesta no puede ser la imposición de la fuerza por una potencia extranjera”.
Llama la atención que ninguno de los grandes medios en Colombia, a excepción de El Espectador, use el término invasión militar, máxime cuando los acontecimientos posteriores están demostrando que Donald Trump no solo fue por Maduro para llevarlo a juicio, sino que ahora habla de los planes que su gobierno tiene para ese país, como si Venezuela fuera su segunda colonia, después de Puerto Rico, y también de sus intenciones para hacer algo parecido en Colombia.
Ya no es necesario suponer nada, especular o hacer futurología, porque el propio Donald Trump ha mostrado el hambre —o el cobre, no lo sé—, a través de sus declaraciones. En una columna para El País de España, el escritor Francisco Peregil recogió lo que pasó en la rueda de prensa del sábado.
“—Señor presidente, los críticos dicen que esto es un regreso al imperialismo del siglo XIX. ¿Está usted reviviendo la doctrina Monroe?
Y respondió:
—Estamos haciendo algo mucho mejor. Yo lo llamo la doctrina Don-Roe. Lleva mi nombre y el de Monroe, pero es mucho más fuerte. Significa que Estados Unidos es el jefe de este hemisferio. No vamos a permitir que China, Rusia o Irán tengan presencia en nuestro patio trasero. Durante demasiado tiempo dejamos que nos pisotearan. Eso termina hoy. Este es nuestro vecindario, y lo vamos a mantener limpio y seguro. La Doctrina Monroe fue algo grandioso, pero no tenía los dientes que yo le estoy dando. Tenemos el ejército más poderoso y vamos a usarlo para proteger nuestros intereses y nuestras fronteras”.
Por si no lo han advertido, de México para abajo, incluidas las islas a uno y otro lado, deben saber que son ellas, todas las naciones latinoamericanas, el patio trasero al que se refiere el señor Trump.
Las palabras usadas por él reflejan su total desprecio hacia nosotros, los latinos. Colombia, ni ningún país latinoamericano, es el patio trasero de Estados Unidos, porque no somos una colonia, como lo fuimos de España alguna vez. Una cosa es que el gringo nos considere países de tercera y otra muy distinta que los latinoamericanos nos los creamos. Si lo creemos, estamos perdidos. O jodidos.
Si un país como Colombia acepta eso, entonces debe entregar su Constitución (que consagra el carácter de nación soberana), para que el gobierno de arriba nos derribe y haga con ella lo que le plazca, y nosotros obedecer sin más, como si doscientos años de libertad nos los hubieran regalado en un bingo y la Carta Magna fuera un libro de ficción más.
Tiene razón El Espectador en usar el término invasión militar por las preguntas que el editorialista plantea a continuación y que nos deben llenar de terror, o al menos preocupación: “Lo advertimos cuando inició la estrategia para derrocar a Maduro: ¿y si mañana se decide que el gobierno colombiano es aliado de los narcotraficantes y se justifica otra intervención? ¿O si ocurre algo similar en cualquier otro país de la región?”.
En esa misma línea, fijó su posición el diario español La Vanguardia, mediante un editorial titulado “Trump ataca Venezuela y captura a Maduro”: “El ataque ha sido una agresión unilateral a un Estado soberano, lo que es un acto de guerra para el cual era necesaria la autorización previa del Congreso. (…) se trata de una violación del derecho internacional, que responde a lo que Trump considera el nuevo orden mundial, con nuevas reglas de juego –las suyas– y una nueva lógica del uso de la fuerza”.
Sí, se trató de una invasión militar, así fuera momentánea, indistintamente del deseo unánime para que la democracia retorne a Venezuela.
El eufemismo “operación quirúrgica” la usaron otros medios, como si hablaran de una cirugía ambulatoria para extraer cordales, y no de un acto demencial y abusivo, en el que se usaron 150 aviones para matar a 80 personas –entre ellas una madre colombiana- herir a unas 90 y capturar a dos.
Entonces, usando los propios términos de algunos editorialistas, es hora de pedirle a la prensa colombiana practicar una operación quirúrgica a cada declaración nueva del presidente de Estados Unidos a ver si logramos dimensionar lo grave de su amenazadera.
Hay una moraleja en todo esto, siguiendo con el juego de palabras: Si se llevó a cabo una operación militar para extirpar el cáncer político llamado Nicolás Maduro, ¿no es acaso Donald Trump otro tumor que deba extirparse antes de que haga metástasis en la geopolítica mundial? Yo solo pregunto.
Por ahora, the monster is on the loose, damn it!
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