Ninguno es psiquiatra pero ya todos ellos diagnosticaron al primer mandatario. Mientras tanto, está muriendo el diálogo civilizado y la compostura. Usamos el insulto, no las ideas, como arma de confrontación. Consulté con expertos sobre los calificativos que tachan de loco al presidente.
Imágenes tomadas de YouTube (consejo de ministros)
“Los medios de comunicación, las plataformas, las figuras públicas deben responsabilizarse por difundir discursos dañinos que promuevan los estigmas hacia la salud mental en la sociedad entera”:Ana María Salazar, psicóloga, Universidad El Bosque.
“Algunos adjetivos con connotación negativa podrían contribuir al estigma de los pacientes que padecen enfermedades mentales; reforzando los prejuicios y creencias erróneas”:Carlos Londoño, médico psiquiatra.
“Ninguna gran mente ha existido nunca sin un toque de locura”:Aristóteles, pensador griego.
“Estamos todos tan necesariamente locos que no estarlo sería otra forma de locura. La absoluta rareza sería la anormalidad”:Enrique Vila-Matas, escritor español. (Diario El País de España).
¿Y si construimos manicomios en vez de escuelas?
Para qué las balas, si con el lenguaje oprobioso también podemos causar daño. De él nos servimos todos, desde el presidente hacia abajo: la oposición, los periodistas, el ciudadano de a pie y hasta quienes posan de intelectuales.
“Aceptemos con firmeza que Petro se volvió loco. Y no es un decir”, trinó la escritora Carolina Sanín, el día del primer consejo de ministros. Dos años atrás, había dicho lo mismo: “Estamos gobernados por un loco”.
“El presidente Petro pasó de las teorías de conspiración a un delirio rabioso”, posteó el exministro Alejandro Gaviria, defensor de las EPS y crítico del gobierno, en el que tuvo un fugaz papel.
El precandidato Germán Vargas Lleras piensa igualito: “Petro, un loco desaforado”.
Juan Carlos Botero compara a Petro con Trump: “Ambos fustigan a sus predecesores para justificar sus locuras y acuden a etiquetas fáciles para descalificar al enemigo”, argumenta el escritor bogotano. ¿Locura es etiqueta o dictamen médico?, pregunto yo.
Sobre el último consejo de ministros, tuiteó Moisés Wasserman, el ex rector de la Universidad Nacional: “Este consejo de ministros fue un espectáculo absolutamente desquiciado”.
El escritor Héctor Abad Faciolince fue más allá: “…viendo que la realidad no se acomoda a su fantasía, el presidente se aferra a la magia, al delirio, a la verborrea y a la botella (de café)”. (…) “Publica 44 trinos en una sola madrugada, se declara abstemio, pero parece borracho desde el amanecer”. Sobre su última columna en El Espectador, me referí en esta entrada del blog.
Todos estamos hablando, escribiendo, trinando o posteando desde la ofuscación, bien sea a favor de aquello en lo que creemos o en contra de aquellos a quienes detestamos, por la razón que sea. Y me incluyo.
El país está más fracturado que nunca y aquellos que podrían ser la luciérnaga en la oscuridad, están echando más leña al fuego para que el rancho arda con nosotros adentro.
El país importa menos de lo que importa el gobierno, y debería ser al revés, porque al final los gobernantes pasan. En 2026 vendrá otro gobierno (uno como el de ahora o lo mismo que había antes) y nos seguiremos insultando. Porque perder es ganar un poco… de resentimiento.
El resumen del país es este: La Izquierda queriendo hacer y la Derecha que no deja. Cuando gobernaba la Derecha, hacía y deshacía sin importar lo que dijera la Izquierda, que era y sigue siendo minoría. Se necesitan las reformas pero la oposición no raja ni presta el hacha. “Tú di rana y yo salto”. El gobierno quiere saltar y los opositores le dicen qué tanto. Lo que sea que estén ganando, lo ganan ellos mientras los ciudadanos estamos en pérdidas.
En esta lucha encarnizada entre la clase política hay dos modelos de país que nos están ofreciendo. Las élites (políticas y económicas) defienden un modelo y quienes no forman parte de ellas estamos divididos entre quienes defienden lo que determinen las élites y aquellos que creemos que el país debe funcionar de otra manera, aunque no siempre lo tengamos claro.
Aguardamos la esperanza de que se imponga el modelo en el que cada uno de nosotros cree, por la razón que sea; en consecuencia, cada quien construye su verdad y su narrativa a partir de tal premisa. Ningún argumento nos hará cambiar fácilmente de parecer. Al final, los apáticos inclinarán la balanza, para bien o para mal. Ellos son el voto a conquistar. Los demás, con todo respeto, estamos contaminados de puro enojo, que no se cura con agüita de hinojo.
Con enojo hablan los políticos y con ese mismo lenguaje descalificador y venenoso están hablando algunos medios de comunicación y ciertos columnistas de prensa, aunque también hay los que creen que el presidente se hace el loco.
“Pacientes sufren por medicinas y Petro hace show de ´yo no fui´”, titula El Colombiano en primera plana. Tuve que leer dos veces porque pensé que era el trino de un tuitero iracundo y no un titular de prensa. Opiniones no son noticias, pero es lo que hay.
Imágenes creadas por IA, imitando a los Estudios Ghibli, a partir de fotos reales, tomadas de YouTube (ver arriba)
El enfado nos moldea a todos y la ofensa nos atraviesa como puñal. En su columna El odio de un gobernante, dice el columnista Pablo Felipe Robledo en El Espectador. “Estamos gobernados por un loco que se cree cuerdo, un ignorante que se cree sabio”.
Hablamos con la misma seguridad de lo que nos consta y de lo que no nos consta.
El columnista, Felipe Zuleta Lleras escribió. “El país necesita una consulta, pero no para aprobar la reforma laboral, sino con un psiquiatra que trate de manera urgente al presidente quien ha demostrado con creces padecer alguna muy grave enfermedad mental”.
Una lectura escribió quejándose: “Manifiesto preocupación por la incitación al odio y la grosería que en su columna promueve Felipe Zuleta. La cantidad de insultos, las palabras y las formas como se refiere del presidente, pero también a todo aquello que no aprueba, supera la libertad de expresión”, escribe Adriana Chaparro, quien seguidamente le pide moderar su lenguaje.
“Soy profesora universitaria –añade-, y he trabajado con varias personas que tienen problemas de salud mental; me apena que una persona en esa condición se exponga de esa manera y jalone ese estilo de opinión en un país ya tan violento y dividido”.
Yo solo hablo de lo que leo. “De mis enfermedades mentales hablaré ampliamente más adelante”, señala Zuleta Lleras en su libro Más allá de la familia presidencial. Y en la página 117 hace público su Trastorno Obsesivo Compulsivo, TOC: “Como ya he contado, debo rigurosamente ir donde el psiquiatra, pues he sido diagnosticado con una depresión crónica severa, que me obliga a tomar antidepresivos todos los días”, confesó.
“Petro no es normal”, afirmó el alcalde de Medellín. “El presidente de la República debería estar acá, pero no estamos en circunstancias normales, ni él es normal”, dijo Fico Gutiérrez ante empresarios antioqueños.
O nos calmamos o nos vamos todos de psiquiatra, que tampoco es buena idea porque en las EPS no hay agenda.
Si quienes juzgan al presidente saben algo que los demás no sepamos, y que sea grave de toda gravedad, deberían anexar las pruebas en lugar de alimentar especulaciones.
El presidente parece inmune a las ofensas de sus críticos. Sin embargo, cuando le pican la lengua, se la encuentran, y peca de ligerezas como sus detractores.
“Estos orangutanes de la codicia se están tumbando el billete y están saboteando al Gobierno”, dijo en el último consejo de ministros (25 de marzo), para defender su gestión en medio de la crisis del sector salud.
#LoÚltimo | "Estos orangutanes de la codicia se están tumbando el billete y están saboteando al Gobierno": Petro sobre la crisis en el servicio del sistema de salud
En el país virtual ha muerto el diálogo civilizado y en el país político también.
Es un país de locos, dirán afuera. Es un hecho que estamos perdiendo la cordura y la compostura. El que aplaude por aquí es el mismo que escupe por allá, dependiendo de su credo ideológico. Se es petrista o se es antipetrista, pero no hay medias tintas posibles. Se está con el gobierno o se está contra el gobierno. Se está del lado de la ilusión de un cambio o se está a favor de que todo siga como era antes.
En eso consiste el cuento de la polarización, raíz verdadera de nuestros males: creer que la razón la tengo yo y el otro está equivocado. Siempre ha sido así, pero ahora esa realidad es más evidente, acaso más escandalosa, porque de por medio están las redes sociales donde batallan el bien (nuestras opiniones sesgadas) y el mal (las opiniones sesgadas de los demás).
Con la misma velocidad, se difunden las columnas de opinión o los trinos que defienden al presidente y su gestión, por la razón que sea, que aquellas que lo crucifican, por la razón que sea.
Así, el algoritmo está moldeando nuestra psique, casi que obligándonos a polemizar sobre cualquier cosa para hacer parte de este nuevo orden que, en el fondo, es el mismo desorden de siempre, el reino del desmadre, el ruido mediático que nos nubla la razón. Y sin razón, dígame usted: ¿Qué país avanza?
El homo politicus sigue decidiendo por todos nosotros y la única buena noticia es que ya no nos hacemos matar por ninguno de ellos. Aguardemos la esperanza de que un día el homo colombianus se comporte como homo sapiens. Y no se ofendan, que ofendidos ya veníamos desde antes de esta columna.
Tenemos que domesticar el ímpetu. Porque la rabia solo da tiempo para oponerse a todo. Opinamos sobre lo que no leemos. Disentimos desde el enojo que nos genera un titular de prensa y el titulador lo hace adrede. En el país virtual ha muerto el diálogo civilizado (al parecer) y en el Congreso de la República ha muerto el diálogo político civilizado (al parecer). Muerto el diálogo, nos queda la ira y, sin una vacuna probable, ahora hay que ingeniárselas para ver si somos capaces de sobrevivir a esta bronca que, con invierno de por medio, amenaza con volverse bronquitis crónica.
Si no nos tomamos en serio el país, y hacemos de la frase “cada loco con su tema” un chiste, llegará el día en que no habrá espacio en las instituciones psiquiátricas. Y no es un decir.
Hablan los especialistas
Carlos Andrés Londoño M., médico psiquiatra y Ana María Salazar, psicóloga.
“El lenguaje negativo profundiza el estigma hacia los pacientes que padecen enfermedades mentales”: Carlos Andrés Londoño M., médico psiquiatra (ejerce en área clínica y neuropolítica)
Cierto lenguaje, generado ante la opinión pública, sobre la salud mental particular de alguna persona, por parte de no especialistas en el tema, podría conllevar a la elucubración. Para llegar a una impresión diagnóstica es pertinente una valoración por un médico psiquiatra o psicólogo; o en algunos casos por un galeno de especialidades afines. Un diagnóstico se fundamenta en un análisis integral, que incorpora aspectos biográficos, clínicos- semiológicos, en un contexto científico-académico, en una consulta especializada, que requiere además, un examen mental.
Como sociedad, podríamos llegar a una suerte de “sesgo colectivo“, en el cual intervienen, entre otros, la carga afectiva, juicios de valor y transmisión cultural. Algunos términos (no técnicos), o adjetivos con connotación negativa, usados para referirse a condiciones de salud mental, podrían considerarse despectivos, y contribuir al estigma de los pacientes que padecen enfermedades mentales; reforzando los prejuicios, estereotipos negativos y creencias erróneas.
“Mensajes negativos aumentan la hostilidad social”: Ana María Salazar, psicóloga de la Universidad El Bosque.
Debemos entender que el lenguaje estereotipado de figuras públicas no es un tema meramente político o social, sino una cuestión de salud mental colectiva. Sabemos que la exposición constante a mensajes negativos llenos de prejuicios tiene un impacto muy fuerte social y puede llevar a una desesperanza aprendida y a falsas creencias colectivas, generando apatía o depresión además de aumentar la hostilidad social.
La pregunta clave para mí sería: ¿cómo estamos percibiendo como sociedad a la salud mental? ¿Que entendemos por salud mental? ¿Cómo estamos construyendo esta definición?, ¿por qué usamos rótulos de enfermedad mental cómo una forma de etiquetamiento negativo que presume ridiculizar o construir la imagen de alguien cómo incompetente?, ¿es realmente eso lo que pensamos de la enfermedad mental?
Este tipo de lenguaje muestra que cómo sociedad nos queda un largo camino por recorrer en la interiorización de un pensamiento crítico para deconstruir estereotipos relacionados con la enfermedad mental. Los medios de comunicación, las plataformas y las figuras públicas deben responsabilizarse por difundir discursos dañinos que promuevan los estigmas hacia la salud mental en la sociedad entera.
El estigma hacia la salud mental está profundamente arraigado en el lenguaje cotidiano, tanto que la OMS (2021) describe que el 90% de las personas con trastornos mentales en países de ingresos bajos/medios no reciben tratamiento, en parte por estigma institucional.
Alexander Velásquez
Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.
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