Escribir con IA es como hacer copialina.
En consecuencia, aclaro que este ensayo no fue escrito con IA, meto las manos al fuego por mí, y nada más que por mí. Hago la aclaración, porque ya algún pelafustanillo sin oficio me acusó en las redes sociales de usar la IA y en mi defensa dije que sí, porque también hago uso de la E, la O y la U, en razón a que escribir sin vocales es tan jodido como escribir sin consonantes.
“Un libro no le tiene que gustar a todo el mundo; cada libro tiene sus propias personas”, declaró David Silva Rojas en una entrevista.
Menos mal nos concede ese derecho por anticipado para hablar de ¿su obra? sin temores. Porque, como dicen, para gustos, los colores. Pronunció la frase mucho antes de que él, la obra y la IA fueran presa de la indignación colectiva. Salvo al autor y al jurado, a nadie le importa la vida miserable de seres humanos que trabajan en un viñedo en la ciudad de Ica, Perú. ¿Por qué? Porque los árboles nunca dejarán ver el bosque, maldita sea.
David Silva Rojas dejó de ser un perfecto desconocido a partir del momento en que un diario español dijo que su novela, “Donde el agua trabaja”, había sido escrita en un 99% por una inteligencia artificial, no por él.
Me llegó el libro a través de un agente de prensa antes del bombazo, y de ser ciertos los señalamientos que pesan sobre ¿el autor?, me muero de ganas por saber cuál es ese 1% del libro que sí fue escrito por él. ¿Acaso el título o su breve biografía en la solapa?
En defensa suya diré que resulta injusto pensar que una IA hizo el 99% del trabajo, porque eso significa que la IA creó un universo literario inexistente a partir de ceros, y no suena lógico, porque de manera previa alguien tuvo el conocimiento sobre lo que deseaba relatar: datos, lugares, acciones, sentimientos, pensamientos, anhelos, etcétera.
Si cada uno de los 22 brevísimos capítulos los escribió la IA, hubo un ser humano diciéndole a la IA lo que debía escribir y en los términos en que ¿el autor? quería que lo escribiese. En ese caso, la pregunta natural es ésta: ¿el autor es autor por suministrar la materia prima de un texto, por así decirlo, y la IA un mero escribiente (instrumento lo llaman), que se toma licencias para mejorar/completar lo que su jefe dictó? ¿O el primero vendría a ser un suplantador, un impostor? O ¿podríamos decir que la obra se escribió a cuatro manos, dos de estas invisibles? Más preciso aún: Si la IA se alimenta de lo que otros escriben, ¿a cuántas manos se escribió esta novela, si novela es?
Según el diario español El País, no es lo único que el señor Silva habría escrito con IA. Asegura que también usó la inteligencia artificial para responder las preguntas de la reportera Gisela Paggi. Dice el periódico: “En una entrevista con la revista Ulrica, que ha confirmado que recibió las respuestas por escrito, Pangram atribuye a una IA el 97% de sus respuestas (mientras que el texto de la periodista sale todo humano). Otro texto suyo en primera persona, sobre cómo nació la novela, da un 80%”.
Conforme pasan los días, este cuento se complejiza. No se trata de defender o satanizar. El reglamento del concurso literario prohibía expresamente el uso de la inteligencia artificial. Pero pasa que la IA existe, está ahí, al alcance de un clic, como un postre tentador para el diabético. La IA vendría a ser la ocasión que hace al ladrón. Ya los periódicos andan en esas y nadie ha chistado.
No estoy aquí para lapidar a Silva, tampoco para defenderlo. Si cometió plagio (es decir, firmar un libro que “otro” escribió en un 99% para ponerlo en esos términos), es un conflicto que deberán dirimir las autoridades literarias; serán las únicas que al final podrán decidir si el señor debe o no devolver el dinero del premio, o si el juicio moral lo vetará hasta impedirle que siga publicando cualquier vaina en adelante.
Sinceramente no creo que eso ocurra. Porque ya una editorial francesa lanzó un concurso para libros hechos con IA —la literatura sintética en todo su apogeo, ¡por todos los dioses del Olimpo!—, en tanto que la editorial Gallimard anunció que a partir de 2027 pasará cada manuscrito por un detector de IA. Con todo, lo único que hace falta es que sometan al investigador peruano al polígrafo. Si de algo ha servido tanto ruido, porque no hay mal que por bien no venga, es para que en adelante cualquier escritor busque la manera de protegerse ante la posibilidad de ser expuesto al ridículo mundial, con culpa o sin ella.
Así que, si hemos dividido la historia en el Antes y Después de Cristo, forzosamente terminaremos dividiendo la Literatura en el Antes y Después de la IA. Yo me quedo con los libros concebidos ciento por ciento con alma humana, no por obra y gracia de esa cosa todavía etérea, vaga, intangible, que es la IA. A los autores de antes ya podemos llamarlos con toda confianza los padres fundadores de la literatura universal, la oficial, la original, porque la IA, como el vampiro chupasangre que es, se alimenta de ellos de manera impune, infame, sin pudor. Leer los clásicos puede tomar varias vidas y antes de que lo hayamos logrado, es casi seguro que un día los humanos del futuro tendrán su propia lista de clásicos hechos con IA, y a sus predecesores habrá que rastrearlos con Carbono 14.
Hablaré del contenido del libro, y no como crítico porque no lo soy, aclaro, sino como el lector hambriento que sí soy. Hablo como ese lector que se sobresalta hasta el éxtasis cuando reconoce una oración que sólo pudo engendrarse en la mente de un alma sensible que conectó con la mía, o casi. Hablo como el lector que saca tiempo de donde no tiene para terminar ese libro que lo atrapó desde la primera línea.
Confieso que en cierto punto esta novela me causó tedio; a pesar de lo corta, cortísima, pasaban días en que no avanzaba, observándola con cierto desdén. Al principio, la idea de las líneas cortas me pareció un recurso genial, aceptable, pero conforme continué leyendo, el aburrimiento se apoderó de mí. ¿Dónde está la causa del desgano? Hombre, pero si es que así se escribían los telegramas, si es que así escribe la gente ahora por WhatsApp. Sé a lo que me arriesgo por decirlo tan fríamente y sin filtros.
Confieso también que cuando estalló el escándalo simplemente pensé: ahora sí debo terminar la lectura. Y en esa tarea me puse, con una ansiedad que no recordaba desde cuando era fumador, d. C. y a. IA.
La novela, si novela es, no es nada del otro mundo. Es un cúmulo de oraciones, pegadas una detrás de otra. Bien podría haberse publicado de corrido sin necesidad de separarse por capítulos. Podría ser la historia de cualquier fábrica (en este caso se trata de una hacienda agrícola, un fundo lo llama ¿el autor?), en cualquier ciudad de cualquier país, pongamos por caso latinoamericano, donde a la gente la esclavizan a cambio de nada, y la seguirán explotando por secula seculorum. ¿Acaso no es de eso de lo que habla Gabriel García Márquez casi al final de Cien años de soledad o José Eustasio Rivera en La Vorágine? Con la diferencia de que ellos se refieren a plantaciones bananeras (el uno) y explotaciones de caucho (el otro), más de un siglo atrás, no a cultivos de uvas en el presente.
Lo que se relata en las 151 páginas habría podido contarse en un cuento corto, con mejor prosa, o al menos en una prosa más elaborada, y no en frases sueltas, que -en mi humilde juicio de lector de novelas-, no le imprimen el carácter novelesco a ésta, en la medida en que no pasan de ser descripciones breves, donde abunda la repetición de la repetidera; incluso, ciertas frases sin sentido. Por ejemplo: “El cuarto está quieto. Demasiado”. Perdón, a mí esa línea no me dice nada, ni abre mi imaginación; tampoco pido que ocurra un terremoto que lo ponga todo patas arriba.
“El aire se lleva las palabras”.
por no decir que las palabras se las lleva el viento.
“El caporal está despierto de más”.
¿De más?
“No solo grita. Vigila”. (…) Mantiene la seriedad de quien vigila.
¿Es caporal, no?
“Las uñas están negras de tierra vieja”.
¿Cómo serían las uñas negras de tierra nueva?
“El cuarto es chico. Blanco. Demasiado blanco”.
Si algo es demasiado blanco, sigue siendo blanco, pero cegador, ¿no?
“Con el tiempo habla un poco. Cosas chicas”.
“Entiendo entonces que el tópico es chico” (…)
“Trabajo pensando en cosas chicas” (…)
“Cada paso levanta una nube chica”. (…)
Entre el cuarto chico, las cosas chicas, el tópico chico y la nube chica hay un diccionario refundido en cualquier anaquel.
(…) “Sus zapatos están limpios. No tienen polvo en los bordes. Eso es lo primero que veo”.
¿Y qué importa si fue lo primero o lo último que la protagonista sin nombre vio? Sí importa, porque la de los zapatos limpios es otra mujer de la que primero se fijó que cargaba una bolsa grande. Nótese que a veces, las frases de más son un puñal en la garganta. La verdadera economía del lenguaje debería consistir en no decir pendejadas.
En la página 46, ¿el autor? dice:
“Las palabras salen medidas, como si gastaran algo que después pudiera hacer falta”.
Esta magnífica frase podría retratar el problema del libro, una especie de autogol.
El libro tiene más problemas de los que sus defensores están viendo. Algunos ven poesía donde no la hay. Sugerir, por ejemplo, que posee un aire rulfiano, como afirma la escritora Alma Karla Sandoval, es hipérbole.
Escribe ella: “Si su intención era fundir el fondo con la forma como Juan Rulfo en sus cuentos o en Pedro Páramo donde la lluvia llueve en la memoria de Susana San Juan y los comejenes en la lámpara de Luvina se vuelven subordinados como sus frases que también revolotean, el escritor peruano también lo consiguió”.
No ofendamos la memoria del maestro Juan Rulfo. No es justo con él, que prefirió no escribir más cuando considero que ya había dicho todo lo que tenía que decir en esta vida. “Se me murió el tío Celerino”, fue su célebre respuesta para los impertinentes, refiriéndose con inteligente sarcasmo a la criatura imaginaria que le contaba las historias, y así zanjó el asunto, muy a nuestro pesar. No hay que esperar a que la IA se muera, podríamos desconectarla.
Del mismo modo que una golondrina no hace verano, un premio no hace una novela. He leído completa la obra de Juan Rulfo tres veces y estoy seguro de que no leeré dos veces la novelita “Donde el agua trabaja”. Una novela o una gran novela es aquella que se lee por necesidad física todas las veces que sean necesarias, como el que come pan sin cansarse. Es en ese deseo donde dos almas desconocidas se juntan (la del escritor y la del lector). El mortal se vuelve inmortal con el segundo como instrumento de esa inmortalidad.
Todo lo demás son libros, bueno o no tan buenos. Si la IA escribe una novela y la novela es premiada, eso solo quiere decir que la IA empieza a escribir bien o a confundir bien. O que el discípulo está en camino a superar al maestro; mejor dicho, que un día sobrarán los seres humanos como sobraron copistas y escribientes cuando Johannes Gutenberg inventó la imprenta… pero él no escribió los libros por nosotros.
Antes del escándalo, David Silva Rojas le concedió una entrevista a Juan Francisco García para la revista Cambio de Colombia. De manera insistente, García llama al libro “un poema largo”.
Las frases telegráficas, no sé si poéticas, despojaron de su alma a los poquitos personajes que deambulan como fantasmas por estas páginas.
Lo que algunos llaman economía del lenguaje y ahorro de adjetivos, yo lo llamaría falta de destreza para construir un texto bello capaz de retratar los abusos contra los desarrapados de este mundo. Si la novela fue escrita con IA, me parece entonces que a esa la IA le faltó un diccionario. Y si la novela -que no sé si novela es- pasó por las manos de un editor de carne y hueso, fue a ese personaje a quien le faltó el diccionario. Ah, pero si la escribió David Silva, es a él a quien deben regalarle un diccionario junto con los 20.000 euros.
Es una novela a medio hacer, sin gracia, sin sorpresa. Plagada de días monótonos como los días en cualquier trabajo pesado, a donde la gente va a la fuerza porque toca trabajar para no morirse de hambre. Cualquier trabajo enferma en esta época. Los empleados odian a los jefes y los jefes odian a los empleados. El mayor esfuerzo no es hacer bien el trabajo, sino tolerar a un zángano con aires de capataz, o a ese compañero recién ascendido con ínfulas de jefe de personal.
Para que alguien pague por un buen vino, otro ser humano hace el trabajo sucio -¿y a quién le importa si lo hace en condiciones inhumanas?-, a menos de que el día menos pensado encontremos la manera de convertir agua en vino, y ya está. Pero no se hagan ilusiones, porque resulta más fácil imitar sin éxito el realismo mágico de Gabo o de Rulfo, que imitar el realismo mágico de Jesucristo, el verdadero iniciador del género, si Moisés y Noé no se molestan.
Tampoco voy a satanizar a las tres escritoras (Cristina Rivera Garza, Selva Ahumada y Mónica Ojeda), quienes premiaron la obra, ni a inquirir que a las tres les metieron los dedos en la boca. Ni a sugerir que quizás una de ellas pudo haber influido en las otras dos para premiar esta obra, en vez de aquella.
Si participaron 2204 manuscritos de 22 países, ¿quién se los leyó todos y a conciencia? Más allá de la polémica, sería interesante conocer cómo fue el proceso de revisión de cada obra participante hasta seleccionar unos finalistas para dar con un ganador. ¿Quién puede leer más de dos mil novelas cortas y en cuánto tiempo? ¿Es demasiado pedir transparencia al Premio Internacional de Novela Breve Almadia Ventosa-Arrufat y a los demás premios?
Me sigo preguntando qué vieron aquellas autoras en este texto que yo y otros lectores no vemos. Reitero que apuré la lectura con el afán de quien quiere terminar una tarea engorrosa, acaso el mismo deseo de los trabajadores anónimos del libro. Si la intención del autor -o de la IA- era mostrarnos lo aburrido del universo corporativo, pues eso exactamente logró, y eso de emocionante no tiene nada, ni siquiera la intención genuina de la denuncia ante lo injusto, lo que encuentro válido en la literatura cuando se hace en términos que corresponden al ámbito de la majestuosidad literaria.
Solo me resta decir que como periodista deseo conocer a David Silva Rojas… para cerciorarme de que no es una invención más de la IA.