Imagen del Palacio de Buckingham, tomada de la cuenta oficial de la Familia Real en X: @RoyalFamily

Si la reina Isabel II viviera, se infartaría viendo cómo Andrés Mountbatten-Windsor, su hijo amado, hoy con 66 febreros encima, trajo la desgracia a su familia, envuelto en escándalos sexuales y acusado además de compartir posiblemente “secretos de Estado” con el tristemente célebre Jeffrey Epstein, que hoy debe estar en algún lugar del infierno, esperándolo a él y a quienes hicieron parte de sus bacanales. Es casi seguro que hay un lugar reservado también para Donald Trump, no sabemos si también para algún colombiano.

Pero ¿Qué has hecho Andresito? ¿Cómo pudiste acabar con la reputación de la Familia Real británica? ¿Hay algo más que no sepamos?

Ni siquiera su hermano, el rey Carlos III, ese que le puso los cachos a la princesa Diana, llegó tan lejos.

La que siga creyendo en príncipes azules es una tonta y media.

Los reyes, los príncipes y las princesas son seres humanos como todos. Van al baño, usan papel higiénico y expulsan gases, por la boca y por donde sabemos. No me culpen por ser aguafiestas y poco romántico.

Están llenos de lo mismo que el resto de la humanidad, somos polvo de estrellas: oxígeno, dióxido de carbono, nitrógeno, argón, metano, hidrógeno y sulfuro de hidrógeno. ¡De milagro no hemos explotado!

Y aquí estamos regodeándonos con el escándalo del siglo, viendo que esas personas, que durante siglos se las han dado de mucho café con leche, también hacen cosas horribles cuando nadie las observa. Si en Colombia hay gente que usa la plata para marranear, en la Realeza pasa lo mismo. Pasa en las mejores familias y de ésta ya no podemos decir que sea la mejor de las familias, ni ejemplo de nada.

Son personas comunes y corrientes, solo que tienen dinero y títulos honoríficos inventados por ellos mismos para guardar distancia con la chusma.

Lo de la sangre azul es un embuste con origen en un hecho real que la literatura se encargó de perpetuar. El término “príncipe de sangre azul” se originó en la Edad Media; se dice que específicamente en la Península Ibérica (España y Portugal). En aquella época, la nobleza y la realeza se consideraban de “sangre azul” porque su piel era muy pálida, lo que permitía ver las venas azules debajo de la piel. Esto se debía a que no trabajaban al sol y se vestían con ropa que les cubría la piel.

Así que ya conocen la fórmula para pasar a ser un miembro más de la Familia Real.

Ese cuento de que son la nobleza es otro embuste. El príncipe Andrés, ahora ex príncipe, pagaba por tener sexo con mujeres menores de edad y vaya usted a saber qué otras perversiones se cometieron en la isla del pedófilo Jeffrey Epstein. ¡Qué cuento de Su Majestad ni que nada!

El que ayer era Su Alteza Andrés, hoy es Su Bajeza Andrés.

La Realeza, hablo de aquella que vive en los palacios de Buckingham y Kensington, son una familia tan disfuncional como la suya o la mía, quizás más la suya, aclaremos, sin ofender.

El documental “Harry y Meghan” (Netflix 2022, que esencialmente nos cuenta sobre un príncipe que conoció a través de las redes sociales a una plebeya y de ñapa negra), no cuadra con la historia de los que comieron perdices y fueron felices. Meghan no encaja, no encajó, ni encajará nunca en el molde real, pero ella y su príncipe de carne y hueso se casaron por amor y huyeron a donde nos les hicieran la vida imposible.

Despojados de sus títulos nobiliarios, ellos dejan ver lo horrible que es la Familia Real por dentro. Como lo dice la BBC de Londres, es la historia de “una pareja que se enamoró y tuvo que sacrificarlo todo al enfrentarse a sistemas, protocolos y racismo”.

El que ayer era Su Alteza Andrés, hoy es Su Bajeza Andrés. Pero a mí no vayan a meter en chismes. Los dejo porque estoy leyendo los Cuentos de los hermanos Grimm.

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