La geografía del dolor: Engullidos por una masa imponente de agua, barro y escombros, la muerte corrió desatada montaña abajo, tragando ruidosamente lo que encontró a su paso.
La geografía del dolor: Engullidos por una masa imponente de agua, barro y escombros, la muerte corrió desatada montaña abajo, tragando ruidosamente lo que encontró a su paso.

“La vida, transformada casi toda en agua… me llevé un cadáver a la deriva”: Momila Joshi, poeta nepalí (1967).
¿Por qué me duele Nepal si soy colombiano?
Siempre es necesario encontrar motivos para conmoverse, aunque sea por las desgracias ajenas, pues eso confirma que aún conservamos la capacidad de reconocernos humanos.
Se me salía el alma al ver a esas personas huir como hormigas ante una naturaleza hiriente que lo borraba todo, todo y todo. Hoy, el lugar es un camposanto. Muchos desaparecidos así se quedarán: tragados por la tierra, con sus cuerpos destrozados por la riada. Sin una despedida, sin un ataúd.
La muerte madrugó por ellos. A eso de las 8:32 a.m.
No encuentro en la prensa occidental una gran crónica sobre esta fatalidad; apenas un inventario actualizado de cuerpos inertes. Ni siquiera The New Yorker ofrece un relato a la altura de nuestro espanto. Importa más la frialdad de las estadísticas que la biografía de las víctimas.
Aun así, de entre el horror emergen símbolos de esperanza, como la casita verde que se mantuvo de pie, inamovible, en medio de la avalancha o aquel profesor sin capa, convertido en superhéroe, que le ganó la partida la muerte. Citando a la cadena DW: “Un director de escuela de Nepal, Rajendra Dawadi, probablemente salvó la vida de unos 900 alumnos gracias a su rápida reacción al ordenar una evacuación inmediata. Además, consiguió desviar a tiempo varios autobuses escolares que transportaban a cientos de niños”.
Al ver los pueblos arrasados, las calles sepultadas por el lodo y la fotografía de un salón de clases con sus paredes, piso y pupitres embadurnados de barro, resulta imposible no evocar a Armero en 1985, cuando el Nevado del Ruiz regurgitó su furia volcánica.
Solemos escribir sobre lo que nos es próximo y actuar con indiferencia ante lo que sucede en otras latitudes. Nepal parece lejano e inalcanzable. Sin embargo, me siento unido a esa tierra por un cordón umbilical ligado a la filosofía budista, un rasgo cultural que Nepal comparte con el Tíbet, aunque la mayoría de los nepalíes sean hinduistas.
Lo cierto es que ni los dioses de unos ni los de otros pudieron impedir el cataclismo. El dios Shiva salvó alguna vez a la Tierra de una inundación, pero esta vez andaba ocupado.
Me duele Nepal.
Yo, que me creía curado contra el morbo, siento la extraña pulsión de mirar una y otra vez las imágenes espeluznantes que llegan al móvil, recordándonos esta fragilidad hecha de carne y hueso.
Duele Nepal porque el terror se encarniza siempre con los más vulnerables de la Tierra. Como señala The New Yorker en una breve reseña: “Este desastre hace retroceder a Nepal al menos una década”.
Y lo más despiadado es que pagan los platos quienes no los rompieron:
“Las inundaciones repentinas, provocadas por el derrumbe de un glaciar en el Himalaya, han causado la muerte de cientos de personas en un país que casi no ha contribuido al cambio climático, pero que lo sufre de manera desproporcionada”. The New Yorker.
Los muertos ya superan los mil trescientos y cinco mil las personas dadas por desaparecidas.
Y es que nadie prometió un mundo justo.
En Colombia, por ejemplo, el terremoto del 10 de agosto de 2026 golpeó a un departamento estancado en el mapa del olvido. La gobernadora Nubia Carolina Córdoba dijo que se necesitarán cuatro billones de pesos y cuatro años para limpiar el desorden que dejó movimiento telúrico.
Cada breve Apocalipsis es la sentencia de cosas peores que veremos, no porque lo diga ninguna Biblia. El cambio climático es un capítulo más de la insensatez humana.
¿Por qué me duele Nepal si soy colombiano?
Porque soy humano antes que colombiano.
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