Colombia no es El Salvador, pero podría serlo en un abrir y cerrar de ojos. Ante una democracia tan frágil y permeable como la nuestra, cabe preguntarse: ¿quién o qué la protege de caer en el abismo del autoritarismo?
Colombia no es El Salvador, pero podría serlo en un abrir y cerrar de ojos. Ante una democracia tan frágil y permeable como la nuestra, cabe preguntarse: ¿quién o qué la protege de caer en el abismo del autoritarismo?

“… que carajo, si al fin y al cabo cuando yo me muera volverán los políticos a repartirse esta vaina como en los tiempos de los godos, ya lo verán, decía, se volverán a repartir todo entre los cura, los gringos y los ricos, y nada para los pobres, por supuesto, porque ésos estarán siempre tan jodidos que el día en que la mierda tenga algún valor los pobres nacerán sin culo…”: Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca.
Napoleón medía 1,68 pero era Napoleón.
El devastador reportaje “El exilio nos alcanza” —publicado por el diario salvadoreño El Faro y galardonado con el Premio Gabo 2026— no es solo un retrato del horror local; es el libro de las revelaciones de un futuro sombrío que amenaza con extenderse por América Latina. La historia documenta la embestida de regímenes de extrema derecha que, para colmo, cuentan con la complacencia de Donald Trump, el poco carismático líder global que gestiona la política con caja registradora en mano.
La galardonada historia de El Faro está llena de advertencias, leerla se hace necesario.
Tan obsesionados con el poder empresarial como Trump resultan ser Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador, Javier Milei en Argentina y Abelardo de la Espriella, el presidente electo de Colombia, quien ya nombró gerente para Bogotá, una ciudad con alcalde elegido por voto popular, como las demás.
Nuestra nación está obligada a mirarse en el espejo salvadoreño, esa pequeña nación cuya población cabría dos veces en Bogotá. El reflejo es alarmante: en nuestro continente se incuba una nueva camada de “napoleoncitos tropicales”, acaso idénticos al decrépito y despótico gobernante que inmortalizó Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca.
Son caudillos dispuestos a descarrilar el Estado de derecho y barrer con las libertades civiles con tal de silenciar o “quitar del medio” a cualquiera que ose cuestionarlos. En este Apocalipsis moderno, la impunidad es la norma y la prensa libre -esa incomodísima costumbre de hacer preguntas incómodas al poder- se convierte en la mayor alergia del régimen.
Napoleón Bonaparte concentró todo el poder en su figura: amordazó a la prensa, persiguió ferozmente a la oposición, desplegó una temible policía secreta y en 1804 se autocoronó emperador. En nuestros días, la táctica es peligrosamente similar y más cínica: basta con manipular arbitrariamente los articulitos de la Constitución para perpetuarse en el cargo, tal como lo ejecutó Bukele para garantizar su reelección.
Por lo pronto, De La Espriella anunció que tiene lista la primera reforma constitucional que presentará ante el Congreso para convertir a Barranquilla en capital alterna de Colombia; más nadie sabe si existe un plan de largo plazo para que la Puerta de Oro sea la nueva sede oficial del Ejecutivo.
El minucioso relato de El Faro, firmado por los hermanos Óscar y Carlos Martínez, desnuda la crudeza de un régimen que estrangula las garantías básicas y fuerza el éxodo masivo de periodistas y defensores de derechos humanos:
«Con los días, más colegas de El Faro y de otros medios llegaron a Guatemala. Algunos, calculando que si no habían podido agarrar a los del vuelo 638 quizá la dictadura intentaría con ellos; otros, porque vieron patrullas merodear sus casas o policías tocar sus puertas con preguntas inverosímiles: “Tenemos reporte de que se han robado un carro, ¿quiénes viven aquí?”; otros, porque directamente recibieron la llamada de una fuente de confianza: “salga de su casa, esta noche van por usted”».
El reportaje expone la brutalidad cotidiana del aparato estatal, donde la agresión física contra la prensa es celebrada por bodegas digitales:
«Jorge Beltrán Luna fue el primer periodista salvadoreño en experimentar en la propia piel —en concreto la piel que rodea la cara— el sentido de impunidad de la Policía de Bukele frente a la prensa: un subinspector de la Policía, molesto por la presencia de Jorge en una escena del crimen, le metió una cachetada con el propósito simple y pedestre de que se fuera, de que no viera, de que no estuviera. (…) Ocurrió, así que el golpe quedó registrado en video y luego denunciado en las redes sociales de El Diario de Hoy. No pasó nada. Nadie se disculpó y más bien un enjambre de troles aplaudieron y celebraron el hecho, pidiendo más».
La persecución no solo utiliza la fuerza bruta, sino el acoso judicial para asfixiar la labor informativa y censurar contenidos mediante fallos hechos a la medida:
«En enero de 2022, Jorge retomó un reportaje publicado en la revista mexicana Proceso, en la que se vinculaba a Jacobo Fauster como parte de un entramado de empresas israelíes que habían vendido a gobiernos mexicanos equipos para espiar a periodistas y opositores. Fauster es padrastro del director de inteligencia de El Salvador, Peter Dumas. Un año después de la publicación, Fauster demandó a Jorge y a su medio, El Diario de Hoy, y exigió 5 millones de dólares de cada uno, alegando “daños morales”… Una jueza desestimó la solicitud económica, pero exigió al periódico bajar la nota de su sitio de internet y de sus redes sociales. Otra raya para el tigre».
El miedo constante redibuja la vida cotidiana de quienes insisten en informar, transformando la rutina periodística en un estado permanente de fuga:
«El Nuevo es un veterano periodista y sujeto meticuloso y ordenado. Previsor. El 15 de septiembre de 2021 Nayib Bukele se felicitó a sí mismo por no haber usado gas lacrimógeno contra una marcha de protesta y agregó “…por ahora”. Entonces El Nuevo, buen entendedor, hizo una maleta básica de la que no se despegaba nunca por si el dictador padecía un súbito brote psicótico y ese brote lo pillaba a él en la calle… El sábado 7 de junio la olvidó y la echó de menos cuando alguien le avisó que había patrullas policiales merodeando su casa. Desde entonces anduvo a salto de mata, entre lugares de amigos, con el teléfono apagado. No era el primer susto, pero el momento no era el mejor para hacerse el loco con esas patrullas sospechosas, o con esa Cherokee sin placas y vidrios oscuros parqueada frente a su vivienda».
Las advertencias sobre las réplicas de este modelo en la región no son infundadas. El presidente electo Abelardo De La Espriella ya ha dado luces sobre el inicio de contactos con la administración de Bukele. Ojalá esas alianzas se limiten estrictamente al plano comercial y no trasciendan hacia el intercambio de tácticas autoritarias.
No en vano, análisis internacionales como los de la BBC cuestionan la adopción del “modelo Bukele” en países como Ecuador, bajo el mandato de Daniel Noboa. A pesar de la militarización, la construcción de megacárceles y los prolongados estados de excepción, la violencia no ha cedido y las violaciones a los derechos humanos se multiplican sin entregar soluciones verdaderas de seguridad.
Ahora bien, según El País de España, Abelardo de la Espriella delegará a Washington su estrategia frente a Venezuela, donde hoy se gobierna bajo las órdenes de Donald Trump. Entonces, es válido preguntarse si Marco Rubio, el secretario de Estado que supervisa las decisiones claves del vecino país, ejercerá también algún tipo de control sobre Colombia o, mejor, qué otras tareas le dejará a cargo el presidente electo a Estados Unidos.
Lo que está pasando en El Salvador nos pone en preaviso: sabemos con precisión cuándo y cómo comienzan los regímenes autoritarios, pero nadie puede predecir su fecha de caducidad. Frente a este panorama, a Colombia solo le queda confiar en que sus altas instituciones —la Corte Constitucional, la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado— actúen como un muro inquebrantable que blinde nuestra maltrecha democracia.
¿Seremos capaces de impedir que emerjan megalómanos dispuestos a destripar la Constitución, pisotear las libertades fundamentales y condenarnos a la larga noche de la dictadura? Ningún adivino puede saberlo pero, en todo caso, la prensa está advertida.
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