Gonzalo García Barcha, uno de los creadores de la revista Ideal. Imagen creada con ayuda de IA.

No es una puerta, pero suena como tal: chirría, para ser más precisos. O cruje como una ventana de madera y eso me encanta, porque vuelvo a ser el niño que hojea y ojea por el simple placer de ver cómo suena esta publicación de 150 páginas. Desconozco la razón, pero mi ejemplar cruje más a partir de las últimas páginas. Cuestión de la encuadernación, imagino.

​¿Vale la pena? Ciertamente.

En un mundo donde lo tangible tiende a desaparecer, celebremos el alumbramiento de una revista en papel. Sin embargo, su precio resulta obsceno para una región tercermundista: 75 mil pesos. Un capricho al alcance de pocos; demasiado pocos. El envío a domicilio no tiene costo adicional si usted vive en Bogotá.

​Me pregunto si la imponente publicidad de Rolex al inicio y la de un automóvil de alta gama al final no bastaron para hacer de la publicación algo asequible. Si se queda en mero objeto de deseo, terminará por morir.

​Percibo cierto afán mercantilista, acaso un tufillo burgués en la propuesta. Dudo que ese fuera el espíritu que alentaba a Gabriel García Márquez. Paréntesis: En realidad, el Nobel colombiano soñó con un periódico que se llamara “El Otro”. Ideal es algo distinto, empezando porque es revista, no diario, y circulará trimestralmente, según la promesa.

Considero también que sus hijos han sabido rentabilizar muy bien el apellido y la herencia del padre. Están en todo su derecho, ni bobos que fueran. Me encantaría saber, por ejemplo, cuánto cobraron por cederle los derechos de Cien años de soledad a Netflix, y si esa cifra, sumada a la pauta publicitaria, no alcanzaba para crear una revista de mayor alcance, como tal vez lo habría deseado el genio de Aracataca.

​Resulta chocante que la publicidad esté reservada a productos de tanto lujo. Da la impresión de que la revista fue concebida para gente pudiente y no para quienes, pudiendo leer, no tienen con qué. Sería un verdadero gesto altruista distribuirla en todas las bibliotecas públicas. Gabito estaría feliz, me atrevo a decir; perdón por lo confianzudo.

​Respecto al contenido, la revista cumple sin llegar a sorprender. Es una mezcla entre ficción, no ficción y crítica sobre diversos temas del panorama cultural latinoamericano, más mexicana que colombiana; tuve esa impresión.

​Nunca había leído nada del nieto de Gabo, hijo de Gonzalo García Barcha, el creador de este proyecto editorial. Mateo García Elizondo firma el cuento Ángeles y otros demonios, sobre una mujer con el talento pa’llorarle a los muertos. Es un texto con cierta resonancia rulfiana. También está publicado en la edición digital de Granta.

Podrida y llena de moscas, así debía estar esa carne a la que alguna vez le había hecho el amor.

​Para quienes no disponen de los 75 mil pesos, pueden leer esa historia de forma gratuita aquí:

​De admirar el proyecto Péndola, liderado por Malva Flores y su esposo, quienes están digitalizando revistas culturales de México y Latinoamérica, haciéndonos el inmenso favor de alojar numerosos artículos en línea para su lectura libre.

​Este es su sitio web: https://pendola.mx/

​Ojalá en Colombia se emprendiera una quijotada semejante.

“… quizás el obstáculo más delicado ha sido el de los derechos de autor. Digitalizar una revista no basta: se necesita autorización para digitalizar sus contenidos. Flores ha resuelto este asunto mediante un trabajo paciente de contactos y negociaciones con editores y colaboradores.

​La crítica de María Múnera sobre la Semana del Arte en Ciudad de México me llamó la atención por el siguiente pasaje:

Lo único que cambia es la bebida que meseros entusiastas reparten por los pasillos, alentando la embriaguez general -estado que puede llevar a más de uno a adquirir obras por motivos bastante más etílicos que estéticos.

​En consecuencia, me digo, habrá que beber en demasía antes de adquirir el próximo número de Ideal.

​En la sección dedicada al Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana me sorprendió la afirmación de su autora, Alejandra González Romo:

El Premio Nobel de Literatura, con una dotación actual de alrededor de 950.000 euros, sigue siendo el más conocido, aunque ya no es precisamente el más respetado.

​En el mismo artículo, aparece esta declaración de Rosa Montero que bien podría ser el principio de un debate interesante:

Hay algo que llevo tiempo notando en la literatura mundial y que me parece preocupante: una tenencia hacia la autoficción y lo real. Para mí, es prueba de la falta de verdadero músculo creativo de nuestra sociedad, que parece vieja y fatigada.

​Creo que la escritora española exagera. Prometo escribir sobre el tema.

​Un buen gancho es el título de la crónica de Sinar Alvarado: “El excremento del diablo”, en alusión a una advertencia premonitoria de Arturo Uslar Pietri. Parece ficción, pero es la tragedia de una Venezuela que en otros tiempos nadaba en abundancia y petróleo; tanto así que allá fue a parar el autor y su familia cuando él apenas gateaba:

Ese mecanismo de ascenso social expedito produjo milagros que eran inconcebibles en Colombia: padre albañil, hijo cardiólogo () Y entre la población comenzó a germinar un complejo de superioridad que separó a los venezolanos de sus vecinos menos favorecidos”.

​“Recuerda que eres humano”, el ensayo de Juan Esteban Constaín sobre la Roma de distintas épocas —extraído de un libro ya publicado—, resulta demasiado enciclopédico para mi gusto. Acumula nombres y fechas que se olvidan pronto. Me quedo con este apunte:

“… nada impresiona ni conmueve más al peregrino en Roma que esa fusión desmesurada entre el cristianismo y el paganismo que es la definición perfecta del catolicismo.

​Pronto me agotó la lectura de El equilibrista, de Jazmina Varela, sin lograr dilucidar si se trataba de ficción o no ficción; quizá porque resulta pesado leer bloques de texto a lo ancho de la página, cuando lo ideal habría sido, quizás, la diagramación en columnas. O tal vez la autora no logró seducirme.

​Me entusiasmé con un relato de ciencia ficción sobre Marte, firmado por Michel Nieva, aunque la ilusión duró poco. Una mujer que solicita una visa alienígena tipo 4 tendría que aportar algo más allá de lo que parece casi obvio, pensé:

El feto, entre humano y porcino, era un amasijo de carne peluda, que se arrastraba dejando a su paso una estela viscosa de blanco aceite.

La protagonista se llama Leonora K, imagino que como tributo a Ursula K. Le Guin (1929-2018), la autora estadounidense referente de la ficción especulativa.

​De los cinco poemas del poeta dominicano Frank Báez (Desarmando la biblioteca de mi padre), me cautivaron dos líneas del primero.

“Mi mujer dice que un poema tiene poesía cuando la hace llorar”.

La poesía es un gato que viene cuando le da la gana.

​Merece mención aparte, por su fuerza reveladora, la crónica de la peruana Gabriela Wiener: “Las casas se limpian solas”. Aborda la tortura del desarraigo que arrastra a tantos migrantes a tocar fondo; la paradoja de sentirse forastero hasta en su patria:

Me di cuenta de que, si quería construir una carrera de periodista y escritora, tenía que ser fuera. En Lima me ningunearon, la misoginia y el racismo del medio cultural, su elitismo irremediable, habían terminado por expulsarme de ahí”. () Ahora estamos escondidas, pero de las redadas del ICE”.

​Hay más textos en las páginas restantes, pero no voy a abrumarlos.

​Hacia el final, la revista muta en una galería de arte (fotografías sublimes en blanco y negro junto a cuadros de autores poco conocidos). Al volver al incómodo asunto de los costos, uno se pregunta, abstraído, cuántos salarios mínimos se requerirían para adquirir una sola de esas pinturas.

​No estoy seguro de comprar la segunda edición de Ideal. Definitivamente, no es una revista ideal para el bolsillo de un humilde reseñista.

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