Existen columnistas necesarios, del mismo modo que los hay innecesarios. ¿Hay más opinadera que opinión verdadera en Colombia? ¿Se está escribiendo cada vez más con las patas (¡perdón!), o es el síntoma de una sociedad cansada del periodismo y unos columnistas aletargados?
“El lector espera al columnista cada día o cada semana, pero siempre un día señalado. Su patrimonio es su firma y su prestigio consiste en ser leído”: Manuel Vicent, escritor y columnista español.
Del afán no quedan sino las columnas de Felipe Zuleta Lleras.
Hay columnas de prensa que debieron quedarse en hoja en blanco, del mismo modo hay abortos periodísticos necesarios cuando la criatura viene con defectos de fábrica.
Si el venerable don Luis Carlos Sarmiento Angulo —de quien antes decíamos que era el dueño de medio país, porque ahora la familia Gilinski es dueña de país y medio (sin que me conste)— me diera el poder de poner y quitar columnistas de su periódico… ¡ay Dios!, se me eriza la piel de solo pensar que por un día podría encarnar al Joven Manos de Tijera.
Pues bien, todo esto para confesar que a mí sí me gustaría acabar con el columnismo —o, al menos, hacerle un estricto control de calidad al que ejercen ciertas plumas en Colombia—. Ya sea porque son personas monotemáticas con el mismo sirirí cada ocho días, sin el menor esfuerzo por analizar realidades distintas a sus odios personales o ideológicos (que casi siempre son una mezcla de ambos), o bien porque no aportan nada que alimente el intelecto.
Tan de capa caída está el género que hoy basta leer un titular para salir corriendo. Cuando el título no dice nada, aplico la técnica del náufrago: leo las primeras líneas del primer párrafo y las últimas del final, para determinar si vale la pena el trayecto intermedio.
—¿Qué le está pasando al columnismo colombiano? —le pregunté el otro día a un amigo entrañable, columnista él (no comunista, que yo sepa).
—Son plumas cansadas, que llevan 30 años o más en este oficio —me respondió, y le concedí la razón.
En consecuencia, pareciera que escriben por ósmosis, sentados en cualquier rincón de la casa —incluso en el baño, ¿por qué no?— a ver qué les sale. Creo que el inodoro está bien para leer, no para escribir; recuerdo al tío que se encerraba en el baño para leer “Selecciones” del Reager´s Digest, porque le gustaban los placeres dobles, decía.
Lo que surge cuando alguien redacta sentado sobre el inodoro difícilmente resulta importante o decoroso; todo lo contrario.
—Pareciera que escriben mientras ca… —añadió mi amigo.
—¡Cállate! —lo interrumpí antes de terminar la frase.
Cuando mueran, esos columnistas no serán ejemplo de nada. O tal vez sí: un referente perfecto de lo que no debe ser un buen articulista, porque hasta de los malos se aprende para no imitarlos. Hace poco leí la columna de un periodista radial; parecía escrita a la mitad de una borrachera o en plena resaca. Un texto en piloto automático, una colcha de retazos, sin el menor respeto por el lector.
Porque una cosa es escribir con independencia y cosa muy distinta escribir con calidad. Si un diario como El Espectador o El Tiempo (donde escriben los columnistas más leídos del país según Cifras y Conceptos, aunque dudo de un estudio donde Paloma Valencia figuró como la mejor senadora sin ser ya congresista), le concede un espacio valioso a una persona para orientar a la opinión pública, lo mínimo que se debe exigir es consideración (las formas cuentan) y rigor (el fondo importa). Dicho de otro modo: para escribir sobre antropología sin ser antropólogo, como mínimo se debe investigar antes sobre el tema, a menos de que quiera pasar por charlatán.
Hoy en Colombia el sesgo pesa más que el rigor. La rabia al escribir le gana al respeto. Y es que hasta para ofender hay que tener elegancia; sin ella, se cae irremediablemente en la vulgaridad.
Aceptémoslo: todo tiempo pasado fue mejor en materia de columnismo (no sé si en materia de comunismo). Antes se leía a los columnistas por necesidad y por gozo: para ilustrarse —así no se estuviera de acuerdo con ellos— o para deleitarse con la belleza de su prosa.
Yo era un niño cuando Lucas Caballero Calderón (Klim) escribía en El Espectador, pero de adulto me dediqué a conseguir sus libros para entender su celebridad. Tras él vinieron referentes como Antonio Caballero o Daniel Samper Pizano (papá, porque hijo de tigre no siempre sale pintado: Samper Ospina es una caricatura de sí mismo, según dicen quienes saben o quienes lo detestan por creer que burla y opinión caben en el mismo costal). En mis veinte, una de las columnas más leídas era Contraescape, de Enrique Santos Calderón en El Tiempo. Un apellido que pesaba en el periodismo —ya no— y una pluma que, con el tiempo y sin El Tiempo, ahora desde la revista Cambio, perdió su brillo. O su valentía. O ambas cualidades.
Cualquiera de los Caballero —Antonio o Lucas, da igual— escribía columnas capaces de traspasar el tiempo: piezas exquisitas, redactadas con disciplina y a conciencia. Ya sea que les paguen o escriban gratis, el columnista tiene una responsabilidad moral, primero con su firma y luego con sus lectores. Si el cansancio lo vence, debería tener la entereza de capitular. Y los periódicos deberían tener el derecho a exigir calidad en consideración con aquellos que pagan una suscripción.
El periodista David Jiménez, autor del bestseller El director, critica que durante años se haya endiosado, en España, a una casta de opinadores que cobran sueldos desorbitados sin ofrecer suficiente calidad literaria o analítica. Coincido con él en que la opinión debe estar subordinada a la información, la investigación o, incluso, el trabajo de campo. Vale la pena escuchar su podcast.
Sobre Lucas Caballero Calderón, su hermano Eduardo escribió una vez: “Desde su primera salida epistolar […] demostró un cabal dominio del castellano. Era una maestría que papá calificaba de infusa, pues siempre desconfió de sus estudios. Podía intercalar giros y palabras de tono dialectal, de puro sabor bogotano, como el ajiaco con guascas, en frases construidas con una sintaxis impecable”.
Hoy, en cambio, se escribe a las carreras (léase, a las patadas), bajo el pretexto de que la gente lee de afán. O peor aún: amparados en la creencia de que ya nadie lee. En el colmo de la desfachatez, hay columnistas que confiesan usar Inteligencia Artificial para redactar sus entregas —tal fue el caso de Felipe Zuleta Lleras—, lo que vendría a ser —recordando a mi abuela— como escribir con las patas.
No podría dormir sabiendo que firmé algo escrito por la IA.
El afán es enemigo del buen periodismo y, por extensión, del buen columnismo. Señores columnistas: lean a sus antecesores, si no es para aprender de los verdaderos maestros, al menos para sentir un poco de vergüenza.
Recuerdo a Ana María Escallón, crítica de arte en El Espectador. La leía no por devoción al arte, sino para obligarme a buscar cada palabra que no entendía. Confieso que le cogí amor al diccionario gracias a ella, aunque nunca tuve con qué comprar un cuadro. Ese es el encanto de una buena columna: te regala algo que no tenías. Se llama pensamiento crítico, un bien tan escaso.
El buen columnista no es aquel que piensa como uno. Es quien aporta elementos para reflexionar, mete el dedo en la llaga y comparte su conocimiento con generosidad. El mal columnista es un mercachifle que intenta meterte su producto por los ojos; en época electoral, ese producto suele ser su “verdad” empaquetada o sus rencillas personales.
“Hoy cualquier tipo afincado en el circo de las redes con un móvil en las manos se cree enviado especial, corresponsal de guerra, líder de opinión, articulista, columnista y todo lo demás”: Manuel Vicent, escritor y columnista español.
Hay columnistas a los que da pena leer. Confieso que debo morderme la lengua (o amputar los dedos) para no dar nombres propios, aunque creo que ya los he ido soltando, sin querer pero queriendo. No se confíen, la lista es larga.
Otro grave problema es la uniformidad de pensamiento. La historiadora Olga González lo resumió con lucidez en un mensaje en X: “Así defienden los columnistas en El Tiempo las intromisiones, el autoritarismo de Abelardo en la Andi… Imagínense qué columnas estarían publicando hoy si Petro hubiera precipitado la salida de Bruce Mac Master”.
Así defienden los columnistas en El Tiempo las intromisiones, el autoritarismo de Abelardo en la Andi… Imagínense qué columnas estarían publicando hoy si Petro hubiera precipitado la salida de Bruce Mac Master. pic.twitter.com/0ZtvSOSVCD
La prensa necesita apertura. Un periódico es respetable si alienta el disenso. Si elimina las voces contrarias o les impone límites, contribuye irresponsablemente a la polarización.
¿A qué le temen hoy algunos analistas? ¿A ser despedidos como lo fue el caricaturista Matador? ¿O les temen a los poderes de turno y prefieren no enfurecer a los dioses? Si renunciamos al disenso, terminaremos convertidos en una “republiquita”. En el pasado la censura era oficial; hoy es un fantasma agazapado en la autocensura.
Tras episodios recientes con gremios industriales, queda la sensación de que muchos prefieren la comodidad antes que arriesgar su estatus. El servilismo, ese pariente cercano de la cobardía, le está ganando la partida a la valentía. ¿Para qué hacerse el harakiri si cuatro años pasan volando?, dirán algunos, aferrados a la silla del privilegio. Permítanme que haga una digresión: Lo mismo se pensaba en tiempos de Álvaro Uribe y, si no es por las honorables Cortes de la época, capaz y se queda con las escrituras de la Casa de Nariño; no tuvo más remedio que gobernar en cuerpo ajeno.
Detrás de la adicción al poder suele haber un solo motor: la adicción al dinero. De eso escribió con precisión Guillermo Pérez Flórez al analizar cómo ciertos emporios empresariales han utilizado la política como una herramienta funcional a sus intereses. Su columna se titula: El Caribe, el nuevo Dorado.
Como bien señalaba Daniel Coronell en una entrevista con María Jimena Duzán, asistimos a una concentración muy peligrosa entre el poder político y el económico, donde los dueños del capital son, a su vez, los dueños de los medios.
Dado que la situación es compleja, la prensa debe examinar la fuerza de sus páginas editoriales, y esto incluye a los caricaturistas, sobre lo cual me referiré en otra entrada de este blog. El periodismo independiente tiene en las actuales circunstancias una oportunidad de oro para quitarles audiencia a aquellos medios tradicionales que prefieren complacer al poder antes que fiscalizarlo.
Mientras tanto, yo sigo aquí, imaginando cómo será el inodoro de ciertos columnistas: de esos que digiero con placer y de aquellos que me causan estreñimiento. La buena noticia es que la purga contra los segundos es gratis: sencillamente, no leerlos.
Alexander Velásquez
Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.
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