Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Suegros en Navidad

Contaré dos historias reales ocurridas en Navidad, de las cuales espero haber aprendido algo. No se aprende todo lo que uno quisiera; al menos trato de no olvidarlas, por eso las invoco de vez en cuando.

La tarde no parecía decembrina, hacía calor, el día estaba gris y nublado y la atmósfera pesada, el azul ausente del cielo y faltaba el viento fresco de otros años. Empaqué los regalos que mi hermana, también ausente, me había pedido llevarles a su suegro. Hay algo en empacar un regalo que es indescriptible: digamos que es como una especie de origami muy sencillo, que se presta para hacer algo innecesariamente perfecto. Los papeles brillantes, los tornasolados, el verde y el rojo intensos, las bolitas doradas, la delicia que es sentir la mordida de los dientes metálicos al rasgar la cinta pegante. Después de empacados los puse en una bolsa grande de plástico y salí.

Al parquear había notado que por la acera venía un pitbull suelto y sin collar, seguido por un hombre relativamente joven, entre los 25 y los 30 años. Como les temo a esos perros, esperé un momento, pero al fin decidí que podía bajarme del carro. Toqué a la puerta de la casa del suegro de mi hermana, no recuerdo quién la abrió, quizás porque una bocanada con olor a torta caliente me distrajo. En cuestión de segundos, antes de poder saludar, entre la puerta y la sala nos encontrábamos el suegro, su gato, el perro del desconocido, el desconocido y yo. Súbitamente, el perro cazador se lanzó tras el gato, el gato saltaba entre los muebles, el perro corría enérgicamente y con fuerza iba tumbando cuanto adorno encontraba. Yo miraba con los ojos muy abiertos el zafarrancho. El gato logró salvar su vida, y el joven logró detener su perro.

Los pensamientos agresivos se agolpaban en mí: que la gente es desgraciada, que lo maleducados que son, que el descaro de no andar con los malditos perros amarrados, que la infamia, la falta de cultura. El joven para colmo ¡no se disculpaba!, tan campante, pensaba en estado de ira, sintiendo que era el turno de pronunciarme ante el tipo ese. El suegro de mi hermana se sonrió con toda la calma, sobó el perro en el lomo y felicitó al muchacho por la belleza y agilidad de su mascota. Hombre, no te preocupes, no ha pasado nada, por aquí muy bienvenido. El eco me mi rabia no encontró contra qué repercutir, sólo percutían los latidos de mi corazón.

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La segunda historia también ocurrió con una suegra, esta vez la mía.  Era un 25 de diciembre, una amiga muy cercana nos había invitado a varias compañeras a almorzar a su finca en Rionegro. El twingo iba por completo ocupado, cargado exclusivamente de mujeres. Todas vestían bluyines, chaquetas, blusas con lazos, y usaban tacones altos (mi mente se anticipaba y veía los tacones enterrados en una tierra que permanece casi todo el año húmeda y blanda). El olor de los perfumes, de los pelos recién lavados (y perfectamente peinados) se mezclaba con el olor a empanadas. Llevábamos doscientas empanadas entre bolsas de papel kraft, que a su vez iban en bolsas de plástico opaco blanco, y una buena cantidad de porciones de ají precariamente empacadas. Los bolsos de las mujeres eran tan voluminosos que los tuve que acomodar en la maleta del pobre carro.

Tenía que hacer una parada en el camino. Mi marido se encontraba en la casa finca de su madre, y había olvidado empacar la novela que estaba leyendo (teníamos la costumbre de separarnos en las fechas especiales, para estar con nuestras respectivas familias). Antes de ponerlo en el maletín  abrí una página al azar y leí una frase subrayada con tinta de color café que decía: “Si nuestro afecto a los muertos se va debilitando, no es porque ellos se hayan muerto, sino porque morimos nosotros mismos”. Asentí con la cabeza como si estuviera conversando con alguien y cerré el libro.

Cuando llegué a la casa finca, mi suegra caminaba lentamente sobre el cascajo de la entrada. Me miró, mientras tanto yo imaginaba sus pensamientos: que cinco personas le habíamos caído a almorzar de repente, que qué haría. Quise correr a explicarle que no, que solo íbamos de paso, cuando ella se acercó a darnos la bienvenida, y antes de pronunciar una palabra me dijo: Querida (usando un tono de voz alto y entusiasta), qué es esta felicidad, bienvenidos a almorzar, es una maravilla tener compañía. Me sonreí, me reí. Me alegré de que todavía ningún artefacto fuera capaz de leer los pensamientos, y en el fondo de mí sentí vergüenza.

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¿De qué hubiera servido en uno u otro caso haber reaccionado con malestar?, todavía me pregunto. Como un árbol gigante de navidad, la alegría de nuestros suegros se impuso. Alegría que es en realidad una forma de generosidad, un tipo de compasión y de comprensión, una perspectiva de la vida menos inmediata, más distante, de esas que reconoce lo efímero y lo ínfimo de los pequeños inconvenientes; más que nada una hermosa manera de amar.

 

Mañana esperenla historia de Navidad de Amadeu Cassanyé en su blog: “De chévere a xerinola”.

 

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