Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

¿Para qué el cerebro?

La naturaleza llega al cerebro cuando descubre el movimiento. Ni las plantas ni las piedras necesitan uno. La ascidia es un ser muy extraño. Joven es animal, adulta se convierte en planta. Joven se mueve y cuenta con un cerebro; de adulta, la ascidia se adhiere a una roca y allí permanece hasta que muere. Una vez inmóvil, devora todo su sistema; quieta no lo necesita para nada.

El cerebro apareció para decidir hacia dónde moverse. Luego, se fueron seleccionando adaptaciones que permitieron movimientos más complejos. Percibir la realidad, eso que llamamos realidad, de un mundo exterior del cual en primera instancia se conoce solo lo que es suficiente para sobrevivir, es una capacidad que se va conformando en los distintos cerebros, de una manera más simple o más compleja, según las interacciones con dicha realidad.  Para hacer un movimiento o para suprimirlo es necesario inicialmente sentir, luego analizar y después comparar la información, o los fragmentos de información que se toman de la realidad, con el conocimiento previamente almacenado en la memoria. La utilidad de la información almacenada no es otra que permitir hacer predicciones al organismo que la posee, adelantarse en el tiempo a los sucesos.

Supongamos que un organismo nada en aguas saladas que se encuentran a una determinada temperatura; de súbito, detecta que el agua se está poniendo caliente en determinada dirección. Una predicción sencilla señalaría conveniente nadar en la dirección en la que el agua se conserva a la misma temperatura. Una predicción más compleja que la mostrada en el pasado ejemplo puede implicar reconocer distintos movimientos corporales, de cortejo o de agresión en un macho de la misma especie, y entonces buscar acercarse o huir.  Una predicción mucho más complicada sería la de pronosticar la desviación de la trayectoria de un rayo de luz al pasar cerca del sol (predicción famosa hecha por Einstein, comprobada en el eclipse solar de 1919).

Todo el tiempo el  cerebro hace conjeturas sobre lo que va a percibir, sobre lo que está viendo, sobre lo que está oyendo, oliendo y sintiendo. Es muy difícil ser conscientes de esto. El cerebro está listo para detectar los cambios; en aquello que permanece igual no hay información interesante, y el cerebro deja de prestar atención, pero una vez le llega el olor a quemado, las señales de alarma se encienden. Al movernos, no nos golpeamos con los muebles porque predecimos la distancia a la cual se encuentran, y cuando la luz es insuficiente y la memoria no acude al movimiento, en el momento correcto, nos damos contra la pata de la mesa en la espinilla o en el dedo chiquito del pie.

Los datos que llegan al cerebro son suministrados por la percepción sensorial, pero en su procesamiento influye el conocimiento previo, la memoria. Luego se aplica un algoritmo, sin exagerar, un proceso probabilístico, Bayesiano,  y las decisiones aparecen.  Así que primero deducimos y luego decidimos.

Para entender mejor el cerebro es importante involucrar el movimiento, aseguran muchos científicos. Por ejemplo, en el estudio de la visión (Pawan Sinha) se ha notado que para obtener éxito en  procesos de recuperación de la vista es indispensable involucrar el movimiento.

Esa capacidad de predecir, además de la capacidad de distinguir entre hechos internos de la mente y externos de la realidad son factores que explican por qué no “funciona” el hacernos cosquillas a nosotros mismos.  El neurocientífico  Daniel Wolpert, en su extraordinaria conferencia en TED sobre el movimiento y el cerebro, nos lo explica. El cerebro posee una especia de mapa de los eventos internos y un mapa de los externos. De no diferenciarlos, el cerebro confundiría los pensamientos con los hechos.

Somos buenos para reconocer los movimientos pues estos se controlan con patrones muy claros para nuestra mente, pero somos malos para las predicciones estadísticas. En el mundo natural no parecían ser tan útiles, por eso ciudades enteras como las Vegas viven de esa deficiencia predictiva en el campo del juego. Pensamos que la probabilidad de ganar es mucho mayor que la que realmente es,  y si compramos el baloto también lo hacemos por la incapacidad de entender la improbabilidad de ganarlo. Según explicaba el matemático Antonio Vélez ,“En el baloto, el apostador escoge 6 números entre 45. La probabilidad es de 1 en 8.145.060, es decir, un apostador podría elaborar ese número de boletas distintas. Para visualizar la improbabilidad, nada mejor que el siguiente experimento mental: supongamos que se ha armado una fila con 8.145.060 cajitas de fósforo, paraditas una tras otra, como fichas de dominó. Suponiendo ahora que las cajitas miden un centímetro de espesor, la fila tendría una longitud de un poco más de 81 kilómetros, algo así como del centro de Medellín a La Pintada. Ahora bien, en una de las cajitas metemos al azar un cheque al portador por un valor igual al premio mayor del Baloto, y cada apostador tiene derecho a elegir una cajita; en caso de que la cajita elegida contenga el cheque, se queda con él. De este experimento mental puede inferirse intuitivamente la improbabilidad de acertar en ese juego”. Es muy grave nuestra incapacidad de predecir ciertos eventos como las consecuencias de la actual explosión demográfica sobre el planeta. El cerebro no nos servirá para huir pues no habrá a dónde.

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