Le cedo la palabra a la médica, dermatóloga, Cristina Vélez Arroyave Mi papá cuenta dos chistes que siempre me han fascinado; me hacen reír más que a cualquiera. Uno es sobre la historia atribuida a Mark Twain, cuando un periódico publicó erróneamente que estaba muerto. Él respondió, con su humor característico: “las noticias sobre mi…
Le cedo la palabra a la médica, dermatóloga, Cristina Vélez Arroyave
Mi papá cuenta dos chistes que siempre me han fascinado; me hacen reír más que a cualquiera. Uno es sobre la historia atribuida a Mark Twain, cuando un periódico publicó erróneamente que estaba muerto. Él respondió, con su humor característico: “las noticias sobre mi muerte son un poco exageradas”. El otro es el de alguien muy elocuente que entra a un salón de clase y les dice a los estudiantes, con toda formalidad: “lamento informarles que su profesor no pudo venir, tuvo un inconveniente presentando fallecimiento”. Lo que me da risa de estos chistes es que ponen en evidencia lo definitiva que es la muerte: no se puede estar medio muerto, no se puede exagerar la muerte, y por eso resulta absurdo —y gracioso— intentar usarla como un adjetivo común.
Sin embargo, para mí la muerte siempre me ha producido un miedo profundo. Desde niña, mis pesadillas giraban alrededor de la posibilidad de que mis padres murieran. Mi película favorita era Stand by Me. Cuenta la historia de unos niños que van en busca del cadáver de otro niño de su edad. La película revela el miedo que rodea a la muerte: nadie lo dice abiertamente, pero todos sienten una mezcla de fascinación, curiosidad y temor.
He intentado ser racional frente a la muerte. Pensar que en el mundo mueren entre 150.000 y 175.000 personas al día y que nuestra vida es una porción ínfima en la escala evolutiva, debería, en teoría, tranquilizarme cuando alguien cercano muere. Pero no hay cifra capaz de llenar este vacío. No se me olvida la idea de Héctor Abad que dice algo como que la muerte hiere violentamente, que es incoherente y llega con una absurda falta de significado y sobre todo falta de estilo. Para mí, la muerte es eso: brutal, cruda, pecaminosa, casi vulgar. No hay nada hermoso en la muerte; su rostro es frío, asimétrico, amoratado e indiferente.
Ojalá fuera religiosa para encontrar algún consuelo en el cielo, en el Nirvana o en la reencarnación. Con la ausencia de Dios, la muerte solo es silencio, como aquel que existía antes de que naciéramos, el silencio de la nada.
Es curioso que, siendo médica y conviviendo más de cerca con la muerte, aún no logre entenderla. Aún no logro entender su carácter irreversible y rencoroso que no concede segundas oportunidades.
La muerte de mis seres queridos, sobre todo la de mis padres, me persigue. He imaginado innumerables escenas, posibles causas de muerte, he repasado sus funerales. Me he preguntado si haría una ceremonia, a quién invitaría, e incluso he sentido la tristeza anticipada de que tal vez nadie asistiera. Me he adelantado al dolor de tener que regalar las herramientas de mi padre, de intentar conservar el rastro del olor de mi madre en su ropa para que no desaparezca, de necesitarlos y que ya no estén. Por eso les tomo muchas fotos y grabo sus voces, para poder volver a ellos cuando me hagan falta.
Esa sensación ya la he vivido: la imposibilidad de volver a hablar, como un chat de WhatsApp que queda en silencio para siempre. Pienso en Juan Rulfo, en ese fragmento de Pedro Páramo donde Susana recuerda la muerte de su madre: la nostalgia de los gorriones riendo, el viento moviendo los jazmines que ella jamás volverá a ver. Y esa imagen devastadora de las sillas vacías en el funeral, nadie fue a verla, pues “nadie anda en busca de tristezas”. Cuando alguien cercano muere, el mundo cambia por completo, pero no para los demás: el cielo conserva sus tonos azules, las noches y las madrugadas siguen su ritmo. Pero para ti, nada vuelve a ser igual.
La muerte, además, es una visitante poco considerada: no anuncia su llegada. A menudo llega de sorpresa y arrasa con todo a su paso, como el tornado del Mago de Oz.
Y, sin embargo, la muerte es lo que le da sentido a la vida. Saber que vamos a morir es lo que hace que vivir sea importante. La muerte mueve las manecillas del reloj.
No me malinterpreten, yo no pienso que escoger la muerte sea un pecado, estoy completamente a favor de la eutanasia y de la muerte digna. Este texto es, en el fondo, un intento de poner en palabras mis miedos. Porque pienso que la racionalidad —aunque no cure— es como encender la luz en un cuarto oscuro para que los fantasmas desaparezcan.
Imágenes
Hector, Jacques-Louis David, circa 1770
Vanitas, Katherine Stone, 2012
Ana Cristina Vélez
Estudié diseño industrial y realicé una maestría en Historia del Arte. Investigo y escribo sobre arte y diseño. El arte plástico me apasiona, algunos temas de la ciencia me cautivan. Soy aficionada a las revistas científicas y a los libros sobre sicología evolucionista.
Los editores de los blogs son los únicos responsables por las opiniones,
contenidos, y en general por todas las entradas de información que deposite en el mismo. Elespectador.com no
se hará responsable de ninguna acción legal producto de un mal uso de los espacios ofrecidos. Si considera
que el editor de un blog está poniendo un contenido que represente un abuso, contáctenos.