Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Sobre el libro, Los invisibles de lo visible. La imagen explicada

Por Oscar Roldán Alzate

Al finalizar el siglo pasado, una de las pinturas más queridas del Museo del Prado, en Madrid, fue motivo de escándalo y gran controversia, incluso hasta el punto de convertirse en un caso con implicaciones políticas que debió ser llevado al Congreso de los Diputados. El Caballero de la mano en el pecho (óleo 1578-1580) había sufrido un irreversible, además de notorio cambio. Este cuadro, del que se ha querido creer que es una configuración de Don Miguel de Cervantes Saavedra, fue restaurado por expertos que, según ellos, devolvieron la luz original a una pintura que por siglos había estado expuesta al hollín de las candilejas, a la polución y, lo más complejo, a la aceptación sistemática de un deterioro lógico por parte de quienes contemplaron por largo tiempo una de las piezas más significativas en este fascinante real colección.

El Greco, Caballero de la mano en el pecho

El tiempo hizo lo propio: cambió paulatinamente la imagen que el pintor había logrado de una manera magistral. Con la controvertida restauración asomó la extraordinaria paleta que caracterizó a este genio del color del siglo xvi, pero además surgió la querella que hizo hurgar entre la costumbre visual y la ineludible verdad, que con el paso de los años logró que este retrato dejara sus azules y grises originales por una atmósfera ámbar fantasmal, que Doménikos Theotokópoulos, el Griego, nunca se había propuesto. Con el paso de los siglos la obra se había ennegrecido; se había cubierto  con la pátina de un tiempo, al parecer, más oscuro que reluciente.

Ahora bien, el debate suscitado por la limpieza, en 1996, de una pieza maestra realizada hace un poco más de 400 años atrás pone de manifiesto que lo visible es tan variable y subjetivo como el tiempo; aunque realmente lo que interesa de esta anécdota es que pone de manifiesto el hecho de que la realidad es una construcción artificial que hacemos del mundo cuando nos ponemos de acuerdo con otros sobre lo que está ahí afuera, justo en frente o alrededor de nosotros, donde lo sensorial, que supera los ya comunes cinco sentidos —pues estos se expanden por más de una veintena de maneras de interacción con los fenómenos— es la forma orgánica de hacer del mundo un espacio para la razón.

Leer Los invisibles de los visible, de la maestra Ana Cristina Vélez, además de ser un encuentro fascinante con una de las materias que más he trabajado y que, por tanto, más desconozco —recordando a Sócrates—, me ha hecho volver sobre cientos de historias que me han cuestionado lo real de la ilusión, como, por ejemplo, el hecho de que la tierra, este mundo que la humanidad ha llamado, por contraste con los otros visibles, “el planeta azul”, sea realmente del color que lo complementa y no del que hemos creído que es.

El libro de Ana Cristina Vélez más que un texto técnico o académico, es realmente un atlas de la imagen que necesariamente obedece a un ejercicio de investigación exhaustivo, que logra aterrizar asuntos de alta complejidad con una dialéctica muy sencilla (pero no por eso menos compleja), lo que lo convierte en un texto que recuerda las publicaciones ilustradas enciclopédicas, con la ventaja de estar situado en la contemporaneidad posmoderna, que le permite a la autora jugar con el gran acervo simbólico alcanzado por la humanidad hasta nuestros días.

Los trece capítulos en que está compartimentado este trabajo, con sus más de trescientas páginas y numerosas ilustraciones a color, dejan clara la enorme experiencia de la investigadora, pero, sobre todo, permiten conocer un sistema pedagógico de quien sabe guiar a otros investigadores por la senda de la inquietud; un método que busca a toda costa abrir puertas y develar secretos. Se trata de un ejercicio concienzudo y vital propuesto por una persona que sabe ver, pero que ante todo sabe enseñar, y que al hacerlo nos deja claro que no podemos fiarnos de que todo lo que brille sea oro, o de que irrefutablemente la penumbra haga que todos los gatos sean pardos.

Hablamos, pues, de una obra que trata y evidencia nuestras enormes limitaciones, al igual que algunas pocas capacidades que nos han vuelto la especie dominante que ha logrado erigir imperios donde las imágenes tienen un poder inconmensurable.

En suma, Los invisibles de lo visible trata asuntos que lo convierten en un libro de obligatoria consulta para todos los que de alguna manera tenemos que ver con la fascinante pero esquiva imagen, esa que, como El Caballero de la mano en el pecho, se ve abocada al cambio permanente con el concurso del tiempo, variable que, por más que pudiéramos o quisiéramos, es imposible controlar.

Con la autorización de la revista Generación, del periódico El Colombiano. Septiembre 2018

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