Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Las ventajas de jugar como local

Este es un análisis, con estadísticas, sobre la ventaja que tiene un equipo de fúbol sobre su contendor cuando el partido se realiza en su territorio.

Es amplísima la gama de especies animales que establecen un territorio, lo delimitan con marcas visuales, olfativas o sonoras y luego se comprometen a fondo en su defensa. Esos animales territoriales despliegan especial agresividad e intolerancia ante la presencia de cualquier intruso de su misma especie. Para demostrar sus intenciones, la evolución los ha dotado de un repertorio muy completo de señales, que el extraño sabe interpretar, y que muchas veces son suficientes para producir la retirada. En caso contrario, el dueño del territorio se enfrenta al intruso con tal valor y decisión, que casi siempre termina victorioso, aunque tenga en frente a un contendor de mayor fortaleza.

Las características más destacadas de la conducta territorial son la agresividad, la seguridad en sí mismo, el valor, la energía y la decisión que exhibe el propietario del territorio; contrapuesto a la timidez, el temor, la indecisión e inseguridad que demuestra el intruso. El dueño de un territorio, cuando advierte que éste ha sido violado, exhibe todas las señales que se requieren para mostrarle al forastero que está dispuesto a llevar las cosas hasta las últimas consecuencias. El invasor, por el contrario, al carecer de la exaltación anímica del primero, no se muestra convincente en sus propósitos, y las señales que transmite son de vacilación, desconfianza y propensión a la huida (los fracasos de los poderosos ejércitos napoleónico y nazi en sus respectivas invasiones a Rusia, y la derrota de los no menos poderosos norteamericanos en Vietnam, aportan una prueba histórica de las ventajas psicológicas del dueño territorial).

El complejo psicológico formado por la conducta territorial y por la pérdida de estatus del intruso, legítimo complejo de inferioridad, explica por qué, en la inmensa mayoría de los conflictos territoriales, el dueño resulta victorioso, sin importar demasiado la fuerza y el tamaño del contendor. Los sicólogos evolucionistas aseguran que el hombre moderno, no obstante contar con el uso de razón, todavía no la usa en forma consistentes y permite que aún primen en su conducta ciertos residuos de ese viejo complejo territorial. Debe aclararse que los hombres han extendido la categoría de territorio para incluir en ella su patria, su departamento, su barrio, su casa, su automóvil y, en general, todas sus propiedades materiales. Defendemos con gran vigor todo lo que consideramos nuestro, sin importar que a veces se trate de una propiedad ilusoria, como lo serían un par de metros cuadrados de playa pública, una banca en un parque, una silla en el teatro, el puesto en una fila de espera, el equipo de fútbol de nuestro colegio o el simple derecho a la vía.

Las competencias deportivas ofrecen una envidiable oportunidad para verificar la existencia de la conducta territorial en el hombre. De todos es bien conocido el sufrimiento intenso de un pueblo -lágrimas se han visto- cuando su equipo, propiedad simbólica, es derrotado, y la agresividad, fuera de toda medida racional, que se desata contra el juez cuando éste toma una decisión, en ocasiones justa -aunque el perjudicado no lo vea así-, que contraríe los intereses de su equipo. Los sentimientos colectivos son de una intensidad tal, que por ese motivo, en apariencia tan trivial, se han asesinado árbitros, y en no pocas ocasiones se han cometido actos de violencia extrema contra los seguidores del equipo vencedor. En 1969, durante las eliminatorias para el campeonato mundial que debía celebrarse el año siguiente en México, las diferencias en el campo de juego se convirtieron en una guerra, la más tonta que registra la historia –después de la de Troya, por supuesto-, entre Honduras y El Salvador. Para vergüenza de las generaciones venideras, fue inmortalizada con el nombre de la Guerra del Fútbol.

Lo que nuestra razón no entiende es por qué esas cosas tan intrascendentes nos llegan a afectar en forma tan profunda. Debido a ello, tenemos que buscar las explicaciones en nuestro pasado irracional; en esos sentimientos antiguos y ya anacrónicos heredados de nuestros antepasados animales, y que aún se manifiestan con desconsoladora intensidad en nuestro diario vivir. Por derivarse de preprogramaciones genéticas anteriores a la razón, es natural que se muestren sordos y desobedientes a cualquier intento por contrarrestarlos.

 

La ventaja de actuar como local es un fenómeno deportivo muy conocido, pero no explicado en forma completa. Si se efectúa una estadística de los resultados de encuentros deportivos en las disciplinas basadas fundamentalmente en habilidad y técnica, se encontrará que el porcentaje más alto de triunfos, y con apreciable diferencia a favor, corresponde al equipo o deportista que actúa en calidad de local. Resultado que se asemeja de manera muy sugestiva al que arrojan las luchas territoriales entre animales. En el fútbol, en especial, las estadísticas confirman fuera de toda duda la ventaja deportiva que lleva el equipo local. Algunos explican estos resultados como consecuencia del natural endurecimiento de las decisiones del juez en contra del equipo visitante, o localismo del juez, explicable, pues también él está sometido a las presiones anímicas del territorio extraño. No se puede negar que este efecto influye en la estadística de derrotas de los visitantes, pero queda todavía algo por explicar: la gran cantidad de triunfos del equipo local en aquellas situaciones en que las decisiones del juez no han sido determinantes.

Una de las peores plagas del fútbol es el llamado localismo del juez, o parcialidad a favor del equipo local, un mal imposible de erradicar pues es consecuencia de la debilidad humana y de la inseguridad que rodea a los jueces. No es un secreto para nadie que el número de infracciones y tarjetas en contra del equipo visitante es por lo regular mayor que el correspondiente al de casa, prueba clara a favor de la presencia del localismo. Y las llamadas sanciones compensatorias son otra consecuencia directa de la parcialidad del juez. Y no debemos culpar al juez, sino a las condiciones en que trabaja. Porque es humanamente imposible ser imparcial con varios miles de espectadores rugiendo en las tribunas, apoyados por once energúmenos dentro del campo de juego.

 

Al esperado localismo del juez se deben añadir otros factores de peso, independientes de la calidad deportiva de los jugadores: las condiciones particulares del campo de juego y las variables climatológicas locales. El equipo anfitrión posee una mayor adaptación a las dimensiones, dureza del gramado, irregularidades del campo, altura del pasto y otras características físicas particulares de su campo de juego, lo que en ciertos momentos puede proporcionarle ventajas significativas. Asimismo, el equipo que oficia de local está adaptado a la temperatura, humedad relativa y altura sobre el nivel del mar del escenario deportivo, condiciones que, en la mayoría de los casos, afectan en forma sensible el desempeño del visitante. En particular, la mayor altura sobre el nivel del mar significa un menor contenido de oxígeno, lo que hace que el foráneo, si no posee la adaptación física correspondiente, sienta más rápido la fatiga y su rendimiento atlético se rebaje en forma considerable.

 

Con la altura, además, se disminuye la densidad atmosférica y, con ella, la resistencia que opone el aire al movimiento. En consecuencia, el balón se mueve con mayor rapidez y sus trayectorias aéreas son más extensas; por lo cual, si no se está habituado, los pases al compañero distante, los tiros al arco, los saques del portero y todos los lanzamientos con pelota detenida suelen resultar un poco más largos de lo calculado; además, el balón llega al jugador que lo espera, con mayor velocidad y un poco antes de lo habitual (es curioso que los técnicos de fútbol nunca les hayan dado importancia a estos detalles), lo que se convierte en un martirio para los arqueros y hace menos precisos los remates con pelota en movimiento y los mortales cabezazos frente al arco; asimismo, al parar la bola con el pecho, esta tiende a rebotar más de lo calculado. Otro hecho notable, y para el cual hay que prepararse expresamente, es que a medida que aumenta la altura sobre el nivel del mar, las curvas que usualmente describe la bola cuando se patea con efecto –chanfle, lo llaman-, son menos pronunciadas. En palabras de Daniel Passarella, ex jugador de la selección argentina y ex director técnico de la misma, “en la altura, la pelota no dobla”.

Las consecuencias de todos esos fenómenos dinámicos pueden ser definitivas: el equipo visitante que no esté acostumbrado a jugar en semejantes condiciones comete con relativa frecuencia errores e imprecisiones, que pueden conducirlo a la derrota (por la escasez de oxígeno y por las razones cinemáticas ya señaladas, ganarle al débil seleccionado de fútbol de Bolivia en La Paz, a más de 3.600 metros de altura, es una proeza, que en los últimos años muy pocos equipo han logrado).

 

En numerosas ocasiones, las decisiones del juez no alcanzan a incidir en el resultado del partido y, además, no es raro que el equipo visitante se encuentre adaptado a condiciones ambientales similares a las del terreno de juego del local; pero aún así, el alto porcentaje de triunfos de éste se ha mantenido apenas sin cambio. ¿Cuál es, entonces, la variable oculta que está faltando? La respuesta la sugieren los trabajos de campo de los etólogos: el deterioro psicológico producido por los residuos arcaicos del complejo territorial, aún presentes en el hombre moderno. En efecto, estas preprogramaciones genéticas hacen que los integrantes del equipo visitante sufran los efectos anímicos adversos que afectan a todo foráneo (en el fondo, el partido se convierte en un «combate» en territorio “ajeno”). Se explica, entonces, con gran transparencia, por qué tantas veces el visitante se muestra nervioso, pesimista, tímido, inseguro y muy disminuido psicológicamente, mientras que el anfitrión, por el contrario, luce tranquilo, optimista, confiado, arrogante a ratos, seguro de sí mismo y agigantado.

 

Las perturbaciones emocionales llegan en ciertos momentos a ser tan profundas, que por sí solas son capaces de explicar los triunfos fáciles del local frente a contendores mucho más poderosos. A medida que el visitante se achica, el local se agranda; mientras el dueño del territorio se muestra dominante y enérgico, el contendor se hace cada vez más sumiso y débil. El visitante comete errores inexplicables, lo que aumenta su inseguridad, y con ello, sumado a la hostilidad ruidosa del público, que acentúa los factores emocionales negativos, se incrementan las imprecisiones y los errores, lo que, a su vez, se traduce en una mayor inseguridad. Este círculo vicioso se amplifica y refuerza hasta que todos los planes y estrategias del visitante se desmoronan. El resultado no es difícil de predecir: una victoria más para el equipo de casa.

 

Los campeonatos internos de cada país están llenos de historias que corroboran lo anterior. En efecto, es tal el respeto que inspira el dueño del campo de juego, que muchos equipos visitantes, aunque estén adaptados al tipo de condiciones ambientales que van a encontrar y cuenten con equipos muy superiores al anfitrión, refuerzan la parte defensiva a expensas del ataque, como si jugaran con el único propósito de buscar un empate a cero goles, y a ese magro resultado le otorgan el valor de un triunfo; en cambio, para el local, ese mismo resultado equivale a una derrota, a no ser que el visitante sea abrumadoramente superior a él. Todo ocurre como si el visitante aceptara de antemano, y como hecho natural, la derrota.

Hasta el 2010 se habían celebrado 19 campeonatos mundiales de fútbol, cuyos   resultados confirman con suficiencia el efecto jerárquico-territorial. En 6 oportunidades (32%), el local ha ocupado el primer lugar; 7 veces (37%), el local ha ocupado uno de los dos primeros lugares; en 11 oportunidades (58%), el anfitrión ha quedado entre los tres primeros. El equipo de Alemania, campeón en 3 oportunidades, obtuvo uno de sus títulos jugando como local, y otro en Suiza, país limítrofe. Italia, tetracampeón, obtuvo 3 de los títulos fuera de su país, y dos de esos los obtuvo en un país limítrofe: Francia y Alemania. Uruguay y Argentina, bicampeones, conquistaron uno de los títulos jugando en su propio país. Inglaterra, que sólo ha logrado ganar el campeonato mundial una vez, lo hizo en Inglaterra.

Francia obtuvo el único título en su propio país. El seleccionado brasileño, pentacampeón, ha obtenido sus títulos fuera de su patria; sin embargo, cuando en 1950 se jugó la Copa Mundo en su país, perdió la final frente a una selección uruguaya que lucía muy inferior; derrota calificada de imposible (el maracanazo).

En los torneos jugados en Suiza, Suecia, Chile, México, Corea-Japón y Sudáfrica, los locales no conquistaron el título máximo, pero había una razón poderosa en contra de ello: el nivel futbolístico de los respectivos equipos era en su momento muy bajo, comparado con el de los que ocuparon los primeros lugares. No obstante, el efecto territorial alcanzó a manifestarse: en Suiza, por ejemplo, el equipo local ocupó un honroso quinto lugar; en Suecia, los locales llegaron a la final y terminaron de subcampeones (nunca antes ni después se han acercado tanto al título máximo); en Chile, el tercer lugar fue para los de casa, y nunca más han llegado siquiera a semifinales; en los dos torneos realizados en México, el anfitrión, con un equipo muy modesto, ocupó en cada ocasión un destacadísimo sexto lugar, por delante de varios de los grandes del fútbol; en el campeonato jugado en Estados Unidos, el anfitrión ocupó el puesto doce, no muy destacado, pero por encima de Rusia, Noruega e Irlanda, equipos de mayor alcurnia y calidad futbolísticas; en Corea-Japón, el seleccionado de Corea ocupó el cuarto lugar, mientras que Japón quedó de noveno, por encima de Francia, Argentina e Italia, y en Sudáfrica, el local quedó de 20, pero estuvo por encima de Francia e Italia.

 

Finalmente, si miramos los resultados a escala continental, con la sola excepción de los campeonatos mundiales jugados en Suecia en 1958, en Corea-Japón en el 2002, y en Sudáfrica en 2010, todos los demás torneos los ha ganado un país perteneciente al continente en donde se han llevado a cabo los juegos, resultado que nos permite descubrir, con cierta sorpresa, que la apreciación que tenemos de territorio propio puede extenderse, cuando las circunstancias lo demanden, hasta convertirse en un continente entero. En otros términos, América para los americanos y Europa para los europeos.

 

Resultados de los 19 torneos jugados hasta el presente

 

Año   País sede   Campeón            2º                   3º                 4º            Local

—-       ——-       ———          ———          ——–           ——-       ———-

1930  Uruguay    Uruguay      Argentina      Yugoslavia     EEUU

1934  Italia         Italia             Checoslov.    Alemania      Austria

1938  Francia      Italia             Hungría         Brasil             Suecia    Francia 6º

1950  Brasil        Uruguay        Brasil            Suecia           España

1954  Suiza         Alemania      Hungría         Austria          Uruguay   Suiza 5º

1958  Suecia       Brasil            Suecia           Francia          Alemania

1962  Chile         Brasil            Checoslov.   Chile              Yugoslavia

1966  Inglater      Inglaterra   Alemania      Portugal         Rusia

1970  México      Brasil           Italia             Alemania        Uruguay   México 6º

1974  Alemania  Alemania     Italia             Polonia           Brasil

1978  Argentina Argentina     Holanda       Brasil              Italia

1982  España      Italia             Alemania      Polonia           Francia

1986  México     Argentina      Alemania      Francia           Bélgica   México 6º

1990  Italia         Alemania      Argentina      Italia              Inglaterra

1994  EEUU       Brasil            Italia             Suecia             Bulgaria  EEUU 12º

1998  Francia      Francia        Brasil           Croacia            Holanda

2002  Cor-Japón  Brasil          Alemania       Turquía          Corea      Japón 9º

2006  Alemania   Italia            Francia         Alemania       Portugal

2010  Sudáfrica   España         Holanda        Alemania       Uruguay  Sudáfrica 20

 

Ensayo escrito por Antonio Vélez Montoya.

 

 

 

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