Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

Sobre Homo ludens y el juego del ego

Parte uno, pues continuará.

Antes de entrar al tema, es bueno saber que su autor, el historiador y filósofo holandés Johan Huizinga, que nació en Holanda el día de las velitas de 1872, es conocido sobre todo por su obra monumental El otoño de la Edad Media, publicada en 1919.

En el contexto actual, el título Homo ludens (1938) hace pensar que la perspectiva de este libro es biológico-evolutiva, pero no es así. Esta falsa impresión puede causar rechazo por el libro, básicamente porque el año en que fue escrito las ideas de la sociobiología todavía no hacían parte de la discusión académica.

Homo ludens es un libro rico en información y en investigación. Al estudiar la historia de numerosas culturas, Huizinga se dio cuenta de que el juego había estado presente en todas las culturas y en todas las épocas como una actividad esencial. Entre las características principales del juego, se destaca que aunque existen innumerables tipos de juegos, siempre implican una competencia, ya sea contra otros o contra uno mismo. Lo especial del juego es que la competición no tiene una finalidad alguna en la realidad. En los juegos se gana o se pierde. Los alemanes lo expresan diciendo que “no importan las canicas, lo que importa es el juego”. En otras palabras, que la meta de la acción se halla en el juego, por el juego mismo.

Lo bello del juego es que, a pesar de que las emociones son intensas, como si la vida y la muerte estuvieran realmente en juego, el resultado es inocuo. Hay excepciones. Claro. Hay que señalar que algunas personas enloquecen por el juego y que incluso hubo una guerra entre dos países por causa de un partido del fútbol.[i] Otra característica del juego es que, cuando no participamos en él, nos parece infantil el despliegue de emociones y la intensidad con la que los participantes se lo toman. Acerca de esto, nos cuenta Huizinga que el sha de Persia, en una visita que hizo a Inglaterra, rechazó cortésmente asistir a las carreras de caballos por la sencilla razón de que “ya sabía que un caballo corre más que otro”. La historia nos da risa, pero así son los juegos cuando uno no se ha involucrado emocionalmente.

En general, en las competencias subyace el deseo de aumentar el valor personal. La función del juego es demostrar quién es mejor. A veces la mejor forma de demostrar quién es mejor es mostrando quién es peor: quién es el más fuerte, porque puede acabar con el otro, quién tiene el poder de oprimir, quién es el más rico, que puede humillar al otro, y así. Animales y humanos utilizan las dos formas de mostrar superioridad, la buena y la mala, con el fin de ocupar los puestos más altos de la jerarquía.

Potlatch ban - Wikipedia Potlach, Wikipedia.

Había oído sobre el Potlach, pero era incrédula. Nunca estuve segura de que semejante locura fuera algo posible. Huizinga le dedica muchas páginas. Dice que en el potlash no se demuestra la superioridad tan solo gastando, como hacen las personas hoy en las bodas y festejos sociales (digo yo), sino también con la destrucción del patrimonio propio, para demostrar que se puede prescindir de este.

La palabra potlatch proviene de la lengua chinook, y significa regalar o regalo. En estas fiestas hechas por las familias poderosas de los pueblos indígenas de la costa del Pacífico noroeste de Norteamérica, tanto en los Estados Unidos como en la provincia de la Columbia Británica de Canadá, se regalaba, ostentaba y desperdiciaban bienes y alimentos, en exceso, para demostrar la superioridad económica sobre las otras familias. Pero esta forma de derroche no ha sido excepcional, nos muestra Huizinga, y da otros ejemplos como el de Tito Livio cuando habla del lujo excesivo con que se practicaban en Roma los ludi publici, lujo que degeneraba en una loca porfía, o cuando Felipe de Borgoña coronaba la serie de banquetes de sus nobles con la fiesta del Voeux du faisan. Y, digo yo, las hecatombes, entendidas como el sacrificio de cien bueyes, de las que habla Ulises en La odisea, era una manera de agradecer a los dioses, basada en el mismo principio. Tal vez la manera más absurda de gasto ha sido con los sacrificios en los que se mataban mujeres y niños para agradar a los dioses. ¿Qué hay detrás de esto? La necesidad de demostrar que se va a dar todo, a cambio de algo que se desea.

Del libro de Peter Watson, Ideas: «Los chinos practicaban una originalísima política de ‘generosidad conspicua con sus vecinos., lo que no sorprende por sus costes, elevados en extremo, y carácter sistemático’. Es probable que ningún país haya realizado esfuerzos semejantes por proporcionar regalos a sus vecinos. Con lo que el obsequio se elevó al a la categoría de arma política. En el año uno antes de C. los Han regalaron unos treinta mil rollos de seda. El cuarenta por ciento de los ingresos del país se destinaba para regalos».[ii]

No hay duda de que el ego humano busca ser loado y honrado. El ingenio humano es grande cuando se trata de encontrar mecanismos para crecer el ego. Las personas nos hacemos alabar por nuestras virtudes, y por eso, más que desear “hacerlo bien” lo que deseamos es “hacerlo mucho mejor que los demás”. Para ser el primero, hay que demostrarlo con pruebas efectivas, ya sean de fuerza, destreza, valor, agudeza, sabiduría o habilidad artística, o también mediante la riqueza y la generosidad. Ese es el lado bueno; pero por el lado malo, difamando, denigrando a los otros, bajándolos, humillándolos también se logra. La regla dice que lo que ellos bajan es lo que yo subo.

Otros aspectos fascinantes del libro se tocarán en la segunda entrega de este artículo, que publicaré la próxima semana en este blog.

[i]Tomado de Wikipedia. Guerra del Fútbol, también conocida como guerra de las Cien Horas entre Honduras y El Salvador, donde también se la conoce como guerra de Legítima Defensa, fue un conflicto armado ocurrido entre el 14 y el 18 de julio de 1969 entre las repúblicas de El Salvador y Honduras.

[ii] Watson, Peter. Ideas. Historia intelectual de la humanidad, Barcelona, editorial Crítica segunda ed. julio del 2009. P 313.

 

 

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