Catrecillo

Publicado el Ana Cristina Vélez

El conejo del vecino

Esta historia, casi increíble, que hoy quiero compartir con los lectores, me la contó uno de los implicados.

Los vecinos, Argemiro Isaza, Susana y su hijita Isabel, tenían un conejito blanco de los que no tienen ni librea ni reloj, de los de carne y hueso. Para la niña, el conejito era su vida, su mascota, ¡mejor dicho! Además, porque la niña tiene síndrome de Down, y su conejo era terapéutico, según sus padres.

Con frecuencia los veíamos pasear por la carretera, a Isabel cargando el conejito, a Susana, y a la otra hija de ellos, la mayor, qué no recuerdo en este momento cómo se llama. En la finca, tenemos a Caín, un perro doberman, precioso y bien educado, la verdad sea dicha: muy bien educado. Caín le tenía ganas al conejo, eso lo sabíamos todos en la familia, pero se controlaba; incluso, les ladraba cuando los veía, pero sin nunca acercarse a la niña o al conejo. Los Isaza nos miraban con recelo. “Hombre Argemiro, tranquilo que Caín no muerde, Caín es mansito y está muy bien entrenado”.

La semana pasada, el viernes, al medio día, apareció Caín con el conejo en la boca. “Ay, ¡Dios mío!” grité. Corrí a sacarle el conejito de las fauces, y ¡no¡ ya estaba en el otro mundo.

Llamé por teléfono a Tomás, mi hijo. Estaba en la casa, afortunadamente (los dos estábamos en la casa), y le dije: “Tomás, mijo, resolveme un problema muy grande que tengo, salí al jardín y te muestro”. Le vi el susto en la cara. “Mijo, andá a la mayorista y comprate un conejo. Llevate este en una bolsa, y que sea idéntico, me oíste bien, idéntico”.

A las 5 de la tarde llegó con un conejito blanco, hermoso. Le dije: ponelo en la manga de la casa de los vecinos, sin que se den cuenta. Y eso hizo.

Nosotros en la finca haciendo de tripas corazón y deseando que Isabelita no se hubiera percatado. Nos pasamos atisbando el resto de la tarde y parte de la noche. El sábado, notamos que llegaban carros y más carros y gente a la finca vecina.

“Tomás asomate a ver qué está pasando allá”.

Regresó a contarme que hasta había cura, que estaban empezando a oficiar una misa, dizque porque el conejo había resucitado. Que el cura decía en voz alta: “En nombre de la bondad infinita de mi Dios, ha ocurrido un MILAGRO”. Susana, la mamá de Isabelita, le dijo que el lugar donde lo habían enterrado estaba vacío, así que era verdad que el conejo había resucitado. Como el mismo Jesús, se había levantado de la tumba, y ni siquiera había necesitado tres días para reincorporarse, pues lo habían enterrado en la mañana del viernes, porque había amanecido muerto. Ay, juepucha.

Esta es una historia real, solo se han cambiado los nombres de las personas, por respeto a la vida y a la muerte.

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