LA POLÍTICA ENTRE LA CRIMINALIDAD, EL TERROR Y LA IMPUNIDAD

Hernando Llano Ángel

Todo parece indicar que hoy la política es una frágil nave a punta de naufragar por oleadas de criminalidad, terror e impunidad. No solo en nuestro país, sino en el mundo entero. Desde Rusia, que es el epicentro con sus dos episodios más recientes y escabrosos, el conato de rebelión de los mercenarios de Wagner contra Putin, comandado por Yevgeni Prigozhin, y el bombardeo contra los comensales en una pizzería en Kramatorsk en Ucrania, que dejó más de 10 víctimas mortales. Pasando por las vandálicas revueltas de los jóvenes en varias ciudades de Francia que, además de vengar el asesinato del adolescente Nahel a manos de un policía, están expresando una especie de revuelta furiosa e incontenible contra los símbolos de una prosperidad inalcanzable para la mayoría de ellos.

La iracunda revuelta de la frustración

Una prosperidad que se exhibe en forma impúdica y provocadora en lujosas vitrinas y prósperos bancos, los blancos preferidos de su iracunda frustración. Según las noticias, durante cuatro noches de revueltas, el saldo es de 1.300 personas detenidas, 1.350 vehículos incinerados, 234 edificios destruidos y 2.560 incendios en la vía pública. El número de policías lesionados y de jóvenes es todavía incierta, pero el paisaje de escombros de ciudades como Nanterre, Lyon y los suburbios de Paris, se confunde con los dejados por Wagner y la ocupación rusa en Ucrania. El trasfondo de semejantes apocalipsis es la política como expresión de criminalidad, terror e impunidad, que desata fuerzas sociales incontenibles e ingobernables. Y las figuras que sobresalen en ese tinglado de horror son Putin y Prigozhin en Rusia y Macron en Francia. Más allá de las diferencias ostensibles entre los tres, tienen en común que son responsables de lo que está sucediendo. La temible dupla rusa, por la ocupación a Ucrania y los crímenes de guerra y lesa humanidad contra civiles inermes y, en el caso de Macron, por su incapacidad para comprender y contener la revuelta de la frustración juvenil en Francia, catalizada por el exceso de fuerza de un agente policial, pero también por su antisocial política de reforma pensional, que lo convirtió en “enemigo” de los padres de esos adolescentes y jóvenes a quienes hoy pide su ayuda para retenerlos en sus hogares. Ante la impotencia de la política y la violencia policial, el último recurso de Macron es apelar a la autoridad paternal y la influencia de Kylian Mbappe. Sin duda, Macron es un exponente del divorcio fatal de la política con la cuestión social y la vida ciudadana, que lo llevó a convertirse en ese líder autoritario que solo puede gobernar aliado con los profesionales de la violencia, así como Putin lo hace con los mercenarios de Wagner, insaciables e implacables en la disputa y depredación del botín de guerra de Ucrania al mando de Prigozhin. Pero para evitar que la política aparezca como esa sucia amalgama de los negocios con la violencia, del plomo con la plata y del acero con la piel, entonces estos líderes recurren a narrativas fantásticas como el patriotismo, la soberanía y seguridad nacional, la estabilidad económica, la democracia y hasta la libertad. Entonces a la criminalidad de la política se suma la impunidad de sus líderes, incluso en la patria de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Es una historia que todos los colombianos conocemos muy bien, pues la padecemos desde la cuna hasta la tumba. Si existe algún hilo conductor de nuestra historia es la impunidad política, sellada con “pactos de caballeros” como en el Frente Nacional y entre señores de la guerra como en la actualidad, anudados con la humillación de las víctimas condenadas al olvido, cuando no a su revictimización, atribuyéndoles la culpa de lo sucedido, como la ignominiosa expresión del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez sobre los jóvenes de Soacha: “Los jóvenes desaparecidos de Soacha fueron dados de baja en combate, no fueron a recoger café, iban con propósitos delincuenciales”.

Nuestros protagonistas nacionales

Pero nuestros protagonistas nacionales emulan y superan en cinismo a los tres anteriores internacionales. Hoy son noticia dos de ellos, Álvaro Uribe Vélez y Óscar Iván Zuluaga, que pasaron del Centro Democrático al centro del escarnio público. El expresidente, por su estupor frente a los “falsos positivos”, y Zuluaga por su contrición tardía ante un sacerdote sobre su conocimiento de la financiación ilegal de su campaña presidencial. Al expresidente, unos malvados soldados abusaron de su confianza y cariño incondicional por la fuerza pública, engañándolo y mintiéndole, al cometer tan horrendos crímenes. Jamás le pasó por la mente al entonces presidente Uribe que ello sucediera, aunque su ministro de defensa, Camilo Ospina, haya firmado e impulsado la Directiva 029, en cumplimiento de su “Seguridad democrática”. Directiva que ahora el expresidente ignora por completo, a pesar de su memoria prodigiosa y su exigencia de resultados a todos sus subalternos en la guerra contra el narcoterrorismo de la “Far”. Un síntoma preocupante de una variante de alzhéimer nacional llamada irresponsabilidad política que hace metástasis irreversible en la impunidad política, un terrible mal que padecieron estoicamente en vida varios expresidentes, como Belisario Betancur con el Palacio de Justicia, mucho antes Carlos Lleras Restrepo con el fraude electoral a Rojas Pinilla y luego Turbay Ayala con el Estatuto de Seguridad. Esa Directiva 029 fue la que estimuló con incentivos monetarios, de servicio y hasta condecoraciones, la perpetración de los “falsos positivos”, aupados por el general Mario Montoya, entonces comandante del ejército. Falsos positivos que tuvo el valor y la responsabilidad política de revelarlos, aunque demasiado tarde, el entonces ministro de defensa Juan Manuel Santos, como lo reconoció en su comparecencia ante la Comisión de la Verdad y solicitó perdón a todos los familiares de esos jóvenes sacrificados en nombre de la “Seguridad democrática”. Entonces expresó: “Me queda el remordimiento y el hondo pesar de que durante mi ministerio muchas, muchísimas madres, incluidas las de Soacha, perdieron a sus hijos por esta práctica tan despiadada, unos jóvenes inocentes que hoy deberían estar vivos. Eso nunca ha debido pasar. Lo reconozco y les pido perdón a todas las madres y a todas sus familias, víctimas de este horror desde lo más profundo de mi alma”. Todo lo contrario, sucedió con el expresidente Uribe en la visita que realizó a su casa de campo el padre Francisco de Roux, como presidente de la Comisión de la verdad, pues literalmente allí el expresidente dijo, en el minuto 13 de su exposición: “para mí era muy difícil creer que había falsos positivos.  Pero cuando su ministro de defensa, Juan Manuel Santos, se lo demostró, no le quedó otra alternativa que destituir 27 oficiales, no sin antes decir en el minuto 29: “Una decisión de esa naturaleza para alguien como yo, que tiene profundo afecto por las fuerzas armadas de Colombia es una decisión muy dolorosa, pero la tomé”. Sin embargo, ahora nos dice que le “duele y mortifica” que miembros de la fuerza pública “hubieran negado falsos positivos, les creímos, y ahora los aceptan”. Esta explicación, donde ahora el expresidente Uribe aparece ingenuamente engañado, más que cínica, demuestra el maniqueísmo propio de su falsa civilidad y ausencia total de espíritu democrático, responsabilizando de lo sucedido a los soldados y miembros de la fuerza pública. Ese maniqueísmo está inscrito en la mayoría de expresidentes, fieles a la llamada doctrina Lleras[14], convertida en una especie de directriz e imperativo categórico que rige las relaciones del poder civil con el militar, cuyo resultado es que siempre los civiles son los buenos y los militares son los malos. Lo estamos viendo otra vez en el trino del expresidente Uribe, también en el desenlace devastador del Palacio de Justicia, como los casos más recientes donde los “ingenuos” presidentes fueron engañados por los malvados militares. Pero la realidad nos demuestra todo lo contrario. Lo que siempre ha existido es una simbiosis criminal entre el poder civil y el militar, como fórmula exitosa de gobernabilidad autoritaria que hace innecesarios los golpes de estado, pero perenne la violencia degradada de este conflicto armado interno que se ensaña contras los civiles, como lo señala el informe de la Comisión de la verdad y sus tétricas cifras de víctimas mortales de civiles: “450.664 personas perdieron la vida a causa del conflicto armado entre 1985 y 2018”. Fórmula que nos ha impedido resolver democráticamente nuestros principales conflictos políticos y sociales, a tal extremo que en el plebiscito por el Acuerdo de paz del 2016 ganaron los partidarios de la guerra, pues anhelaban la paz total del triunfo militar sobre las Farc, en vez de una paz imperfecta que les permitiera hacer el tránsito de las armas a la política. Por eso continuamos en “modo guerra”, pues mientras millones de colombianos se consideren tan civilistas y buenos ciudadanos como el expresidente Álvaro Uribe Vélez, difícilmente tendremos verdad y podremos convivir democráticamente. Porque sin verdades políticas, es decir, sin el reconocimiento de las responsabilidades de los gobernantes ante las víctimas, será imposible alcanzar la paz política e incluso la paz personal interior. Solo así es posible redimirse ante sus semejantes y la historia. De lo contrario, se vivirá en el infierno del negacionismo, como le sucede a todo impenitente, aquel “que se mantiene firme en su comportamiento, actitud, ideas o intenciones”, a pesar del daño que causa a sus víctimas y es incapaz de reconocer, pues está seguro que es moralmente superior a ellas y así conserva su buena conciencia imperturbable, expresión típica de la banalidad del mal según Hannah Arendt. Esa banalidad del mal radical, está presente tanto en la “seguridad democrática” como en los abanderados de la “justicia social” que hoy confinan y diezman con sus armas a cientos de miles de campesinos, comunidades indígenas y negras en el Chocó, Nariño, Cauca, Arauca, y Santander, regiones sin Estado y seguridad humana, donde al parecer la única Paz Total que llega es la del abandono y la eterna de la muerte.

[14]La preparación militar requiere, pues, que el que dé las órdenes haya aprendido a darlas sin vacilar, y tenga, hasta donde es posible, todo previsto, y que el que las recibe las ejecute sin dudas ni controversias”. Lleras C, A. (s.f). Sus mejores páginas. Editora Latinoamericana S.A, de Lima, Perú.

PD. Sugiero abrir los enlaces en rojo para mayor información y comprensión.

 

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