Calicanto

Publicado el Hernando Llano Ángel

Iván Duque un presidente funámbulo y sonámbulo

Duque un presidente funámbulo y sonámbulo

Hernando Llano Ángel.

Desde luego que Duque no se va a caer de la tensa e inestable cuerda de ingobernabilidad y violencia por donde transita, tambaleándose como un niño soberbio y obeso, sobre el vacío del caos y la muerte en que nos ha sumido. Duque es un funámbulo hábil, que aprendió a manejar el balancín del poder moviéndolo a la derecha, agitando el fantasma de la venezonalización del país y anunciando la llegada de la carestía y la barbarie, que él evitaría siendo presidente. Y la verdad, cumplió la promesa que le endilgaba a Petro, su adversario, con la cual le ganó por dos millones de votos, pues ya estamos en Venezuela. Ya despliega desde la presidencia una violencia institucional propia de una dictadura y tenemos un desabastecimiento casi total en los supermercados y las estaciones de gasolina. Todo ello, porque además de funámbulo presidencial es un sonámbulo que gobierna en un reino imaginario. En el reino imaginario de la democracia “más antigua y estable de América Latina” que, muchos ingenuos creen, se convirtió de la noche a la mañana en esta pesadilla infernal. Pero en realidad nunca ha existido tal democracia, más allá de las Cartas Constitucionales y las buenas intenciones de ciudadanos cándidos, a los que periódicamente en elecciones nos roban y defraudan nuestras esperanzas, salvo contadas excepciones de gobernantes y representantes auténticos que promueven el interés público y el bienestar general. Lo que ha prevalecido entre nosotros, la mayor parte de nuestras vidas, así cueste reconocerlo, es un Estado de excepción permanente. El Estado de cosas inconstitucionales del que habla la Corte Constitucional, donde la población malvive, colgada de las laderas de Cali, como en Siloé, o anegada en tugurios pantanosos y malsanos, como en la bella Cartagena y cientos de municipios rurales. Ese Estado de cosas inconstitucionales prevalece en el campo colombiano donde sus labriegos, indígenas y negros han sido secularmente explotados y marginados, sin derechos de propiedad y seguridad jurídica a su terruño. Una propiedad siempre al vilo de la violencia, la codicia de los terratenientes, los narcotraficantes, paramilitares y la guerrilla. Pronto esos campesinos serán de nuevo fumigados y desplazados a punta de glifosato, según lo dicta la “paz con legalidad”, o seguirán siendo masacrados por narcoterroristas y guerrillas desalmadas. Contra ese enjambre de fuerzas violentas y criminales es inocua e incompetente la “paz con legalidad” y la acción de la Fuerza Pública allí no brinda las garantías y la protección propias de un auténtico Estado de derecho. En el campo prevalece un Estado de facto que ahora se trasladó, con toda su violencia y arbitrariedad, a nuestras ciudades, pero portando uniformes oficiales para reprimir de manera indiscriminada a redes criminales de saqueadores junto a civiles inermes. De nuevo aflora el chivo expiatorio del narcotráfico, a quien Duque en su sonambulismo presidencial atribuye la financiación de las protestas. Con ello criminaliza y deslegitima el derecho pacífico a la protesta ciudadana, mezclando con malevolencia ciudadanía con villanía. Entonces estimula el recurso fácil del maniqueísmo, que se expresa en la pueril consigna de “los buenos somos más”, estigmatizando y deslegitimando a una mayoría de colombianos a quienes se les vulnera sus más fundamentales derechos: la vida, el trabajo, la salud, la vivienda, la educación y su dignidad. Así las cosas, en Colombia se está consolidando peligrosa y fatalmente una supuesta ciudadanía buena y virtuosa que está siendo asediada y amenazada por una imaginaria horda de vándalos, izquierdistas y terroristas, contra los cuales hay que disparar para defender a las personas y bienes de la acción criminal del terrorismo vandálico, según el trino del expresidente y exsenador Álvaro Uribe Vélez.

Un régimen electotanático

Por eso el funámbulo y sonámbulo Duque, encerrado en su tanático y fantasmagórico reino, seguro que persistirá en rociar con glifosato nuestros campos y bosques tropicales, para cortar la cadena de financiamiento de la protesta social, según su brillante silogismo gubernamental. Así como persistió en forma tozuda y soberbia en una reforma tributaria que en plena pandemia de coronavirus gravaba con impuestos hasta a la muerte. Todo ello, supuestamente, para promover una “transformación social sostenible” que produjo este caos social indefinido e insostenible. Pero lo más grave e inadmisible es que solo cuando esa violencia desatada y el exceso de fuerza policiva y militar cobró la vida de más de 20 colombianos, la mayoría jóvenes y víctimas durante su corta existencia de ese estado de cosas inconstitucionales, haya decidido retirar la tanática reforma tributaria del Congreso. A renglón seguido, como un niño que juega en su reino sonámbulo con soldaditos de plomo, militariza las principales ciudades, atendiendo el eco del trino homicida del expresidente Uribe: “Apoyemos el derecho de soldados y policías de utilizar sus armas para defender su integridad y para defender a las personas y bienes de la acción criminal del terrorismo vandálico”. Y, ahora, con su lema de “paz con legalidad”, reviste semejante decisión autocrática e inconstitucional, propia de un Estado de Excepción, con la coartada leguleya de la “asistencia militar”. Desplaza así a los alcaldes de las capitales y las principales ciudades del país de su poder civil y democrático e instaura un nuevo régimen que podríamos denominar “electotanático”, tan cacofónico como son de atroces sus resultados, pues ya la Defensoría del Pueblo informa sobre la existencia de más de 80 personas supuestamente desaparecidas. ¿Cómo se puede gobernar a punta de fúsiles, violencia, muerte y miedo, disparando contra civiles, desconociendo todo principio de uso limitado y proporcionar de la fuerza letal? ¿Cómo se puede afirmar que se está respetando el Estado de derecho y la democracia, cuando se recurre a la “asistencia militar” y solo se empieza a reconocer la voz de millones de colombianos y de los líderes del Paro Nacional, después de jornadas de destrucción, vandalismo, represión y muerte? Quizá una respuesta a estas dos preguntas sea que para miles de colombianos solo son legítimos sus derechos, sus propiedades, sus ganancias y sus privilegios, los que nunca permitirán que sean limitados por reformas tributarias equitativas y políticas sociales estructurales como una Renta Básica progresiva. Porque sus vidas de “ciudadanos de bien” valen más y son superiores a esa mayoría de colombianos que ya no aguantan un día más de tanta miseria y maltrato. A esos “malos ciudadanos” que el hambre, el desempleo, la desesperación y la humillación los llevó a desafiar la pandemia del coronavirus, pues más del 60% de nuestra población malvive del rebusque y no conoce el “teletrabajo”. Esos millones de supuestos “malos ciudadanos” han tomado conciencia de que no vale la pena seguir viviendo en este Estado de cosas inconstitucionales. Estalló la ira y el saqueo se convirtió para algunos en su revancha, estimulada en muchos lugares por redes criminales que pescan en el río revuelto de la desesperación y el hambre, agudizados por el encierro de la pandemia y la agonía de la inedia. Por eso es tan patética y lamentable esa consigna que corean muchos ciudadanos: “¡los buenos somos más!”, en medio de mayorías desempleadas y excluidas a quienes consideran inferiores, como si fueran menos ciudadanos que ellos, los desprecian y, cuando reclaman sus derechos, los llaman “igualados”, “mamertos”, “izquierdistas” y hasta «vándalos terroristas”. La única forma de salir de esta espiral de violencia, alimentada por prejuicios tan maniqueos y letales como la de dividirnos y matarnos entre “buenos” y “malos” colombianos, es tomando conciencia de nuestra igual dignidad y oportunidad de derechos.  Algo que incluso un expresidente conservador como Belisario Betancur, tan creyente en la virgen María y amigo de la legalidad como el presidente Duque, ya había reconocido cuando en su discurso de posesión presidencial expresó: “Lo que ansían nuestros compatriotas es un cambio a fondo  para sentirse distintos; un propósito colectivo de solidaridad; una transformación educativa y cultural; escapar a la noria de la mediocridad, a la frustración circular de la desesperanza y advertía: “He andado una y otra vez por los caminos de mi patria y he visto ímpetus heroicos, pero también gentes mustias porque no hay en su horizonte solidaridad ni esperanza. Ya que para una parte de colombianos la turbamulta les es ajena pues procede de grupos que les son ajenos; la otra Colombia le es remota u hostil. ¿Cómo afirmar sin sarcasmo la pertenencia a algo de que están excluidos, en donde su voz resuena con intrusa cadencia? Y para los más poderosos o los más dichosos ¿a qué reivindicar algo tan entrañablemente unificador como es la patria, a partir de la discriminación y el desdén?”. Y por eso concluye: “Hay una relación perversa en la que los dos países se envenenan mutuamente, y esa dialéctica ahoga toda existencia nacional. Es esa dialéctica de los “buenos” contra los “malos” la que tenemos que superar. Y solo se puede superar con gobernantes que promuevan la inclusión de derechos para todos sobre la exclusión de los privilegios para el goce de unos pocos; el diálogo para concertar sobre la violencia para acallar y matar; la justicia social sobre la inequidad de la marginalidad. Pero, especialmente, gobernantes que prioricen la política sobre la guerra y el poder civil sobre la violencia militar. Ya va siendo hora de que Duque despierte de su sonambulismo y nos libere de su pesadilla terrorífica de la “paz con legalidad”, antes de que pierda del todo el balancín de la gobernabilidad civil y dependa cada vez más de la “asistencia militar” de los fusiles para culminar este año y medio que le queda de su deplorable gestión.  Ya es hora de que tomemos conciencia que en las elecciones del 2022 lo que está en juego es si todos los colombianos somos ciudadanos con iguales derechos y oportunidades para el goce de nuestra dignidad con justicia y libertad, más allá de los manipuladores profesionales del miedo, el odio y la confrontación que, dividiéndonos entre supuestos “buenos” y “malos” colombianos, pretenden seguir gobernando en favor de ellos mismos y unos pocos privilegiados, todo en nombre de una fantasmagórica “democracia” cuya verdadera identidad es la de una plutocracia corrupta, violenta y tanática. ¿Por fin el País Nacional, que hoy está en las calles, prevalecerá en las urnas sobre el País Político? Si ello no sucede, entonces de nuevo el País Político continuará gobernando, arrojando a más tumbas al País Nacional.

 

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