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Un congreso al estilo sueco

Démosle a Colombia un Congreso similar al Parlamento sueco, pensé luego de ver el contraste entre las condiciones laborales de los diputados suecos con sus homólogos colombianos. Sin secretaria, sin plan de teléfono móvil, sin un sueldo superior a los 20 salarios mínimos, en fin, un Congreso tal que los congresistas tengan condiciones más cercanas al resto de colombianos para quienes ellos legislan, y un Congreso que cueste menos, es decir, un Congreso austero.

Pero no: sabemos que es poco menos que fantasía imaginar al senador Corzo bajarse de su carro particular a tanquear con su traumático salario, por ejemplo. Además, Colombia no es Suecia, como comentan justificadamente algunos: aquí necesitamos que los congresistas tengan choferes para que no nos hagan pasar la vergüenza de verlos a ellos mismos manejando ebrios. ¿O no?

Sin embargo, ¿se puede legislar (esto es, imponer conductas) sobre personas en condiciones diametralmente opuestas a las propias? Mejor: ¿no es saludable que un congresista (un mandatario de un pueblo mandante) esté en condiciones más o menos similares al resto de personas? No es una idea denigrante, creo que a nadie se le ocurriría que un representante a la Cámara esté en su casita sacando con baldes el agua como le ocurrió a no pocos colombianos en los inviernos pasados. Pero sí quizá, y recordando a Jaime Garzón a propósito del aniversario de su hasta ahora impune asesinato, que los congresistas –los funcionarios públicos en general- estén en condiciones tales que puedan legislar, vivir bien, conservar su estatus-dignidad que merece quien hace las leyes en un país, pero a la vez con su estilo de vida cambiar las percepción que tiene el ciudadano común y corriente de ellos: cuando alguien va a pedirle al Estado mira hacia arriba, situándose debajo de la condición gubernamental (como es de hecho) en vez de hablar de igual a igual, de colombiano a colombiano, en una relación que a propósito es políticamente de subordinación por parte del mandatario (de ahí que se llamen funcionarios o como suena mejor: servidores).

Dejemos de lado el ejemplo sueco, no muy lejano del finlandés, donde la sede de gobierno no es tan ampulosa como acostumbran ser las latinoamericanas y es uno de los países con menor percepción de corrupción. Decía, dejando de lado ejemplos escandinavos no deja de ser alarmante el costo del mantenimiento de nuestro congreso, el contraste de la calidad de vida de los congresistas con la cantidad de pobres en Colombia, en fin, y no solo refiriéndose a los miembros del Congreso (es un ejemplo de tantos, pero el contraste se hacía con sus homólogos suecos) sino también al desproporcionado sueldo del secretario del senado, y otro aspecto preocupante: conocer el costo de los congresistas, ministros, presidente, magistrados, etc., es un dato de revelación periodística, de difícil acceso, cuando conocer cuánto cuesta mantener a los empleados del Estado debería ser información de dominio público, transparente.

Un modelo escandinavo, es verdad, no es propio de un país como Colombia, pero el mismo Congreso debería plantearse este debate honestamente, si en algo le importa su vergonzoso descrédito ante la opinión pública. Es preocupante, preocupante que cuestionarse sobre estos temas no suene en serio.

P.S.: se desequilibró la balanza en la hasta ahora progresista Corte Constitucional, el Senado reemplazó a un magistrado liberal -Juan Carlos Henao- por uno marcadamente conservador -Luis Guillermo Guerrero-. Se nublan las próximas decisiones de esa Corporación.

@VicentePerezG

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