Blog de notas

Publicado el Vicente Pérez

Silencio desde la escuela

Recordemos la masacre que hace algunos meses tuvo lugar en Río de Janerio, donde fueron asesinados once niños, ¿conoces los motivos?, según Wellington Menezes de Oliveira, el pistolero brasileño de 23 años, entraría a esa escuela primaria a vengarse por el sufrimiento del que había sido víctima hace unos años, también aseguró que él no era el responsable de las vidas que acabarían, los verdaderos responsables eran quienes lo habían acosado y quienes habían permitido su maltrato por negligencia: «espero que esto sirva de lección, especialmente para esos funcionarios escolares que permanecieron con los brazos cruzados mientras los estudiantes son atacados, humillados y ridiculizados», dice Oliveira en uno de los vídeos.


Tal atrocidad no tiene justificación, pero algo que podemos rescatar de la versión del asesino es que la violencia en la escuela tiene su repercusión (en este caso mezclada con un poco de locura), y ahí tenemos los resultados.

Igualmente, hace pocos días circuló en Internet la noticia de una niña que fue sometida a una cirugía en sus orejas para evitar ser víctima de matoneo.

Niña de siete años se opera para evitar matoneo
Niña de siete años se opera para evitar matoneo

La intolerancia de nuestros días comienza a germinar a muy temprana edad, en los colegios, en los salones de clase se originan las primeras amenazas, intimidaciones, burlas, etcétera. Y todos los que hemos pasado por el colegio lo podemos constatar.


Que haya faltas de respeto, violencia física o psicológica no es nuevo para nosotros, como tampoco es nueva esa implícita ley del silencio que es tan respetada. Pero si en la infancia, cuando por fortuna -a diferencia de la adultez- se tiene suficiente respeto por la autoridad, no se ventilan las injusticias, significa un problema mayor que es acumulativo, pues los preocupantes productos de este tipo de violencia se evidencian años después, cuando los daños son irreversibles.


Otro problema asociado con el matoneo es que un niño estigmatizado muchas veces -y más en nuestros días- no encuentra solución con el cambio de institución pues la tecnología lastimosamente ayuda a que esas personas sigan siendo vulneradas.


Siento repugnancia cuando ingreso, por ejemplo,  a la página principal de Facebook y encuentro publicaciones de perfiles falsos injuriando a personas indiscriminadamente, y peor aún, un séquito de idiotas comentando, criticando con mucha valentía, por la web, claro. ¡Cómo somos!


Esta práctica que se agudiza paulatinamente se empieza a llamar «cibermatoneo», muy similar al tradicional pero con un potencial de difusión muchas veces mayor, y desde luego con una presión sobre la víctima meteórica que lleva a los niños y jóvenes lastimados a tomar decisiones fatídicas, como los notables casos de suicidio.


A falta de un ejemplo bien documentado, me detengo en la situación de Cúcuta, que es la que más conozco: una cantidad de perfiles ficticios se han creado (sin ningún control de una empresa tan adinerada como Facebook), y se dedican simplemente a catalogar a las personas entre buenos y malos dependiendo de su nivel de farándula barata (y también juzgando por su nivel socioeconómico), así como se encargan de denigrar sin juicio a hombres y mujeres adolescentes, dañándoles su reputación, y de ahí para abajo en edades menores encontramos casos similares donde niños (en menor calibre) incursionan en el mundo del cirbermatoneo sin tener idea de la gravedad del caso, y quienes son afectados no denuncian por miedo a represalias mayores… Vuelve la ley del silencio.


El matoneo no es nada reciente, creo que quizás nuestros abuelos en la escuela tendrían a alguien a quién dedicársela, pero sí es reciente la relevancia que tiene este tipo de violencia para las autoridades, medios de comunicación, padres de familia, instituciones y para los estudiantes mismos.


También yo, confieso, me puedo culpar de matoneo cuando estaba en grados menores: solía molestar a mis

compañeros, me burlaba de quienes tenían alguna parte de su cuerpo diferente: orejas, cabeza, gordos, delgados, en fin, era un guasón, lo cual también sucedió contra mí. Pero eran en cierta manera juegos de niños, juegos pesados en los que no fui educado a tiempo, y estoy seguro de que quienes están pasando por esa edad tampoco han sido advertidos, y por esa falta de prevención seguimos asumiendo consecuencias.


Pero el núcleo del problema no es solamente la cantidad ni la efectividad de medios por los que se puede transmitir el matoneo, el centro es lo que trae con el tiempo, así como vimos en el caso de Oliveira, o en los tantos casos de suicidio, y la retroalimentación de la cultura de las amenazas, inequidades, humillaciones y silencio.


Si no empezamos a atacar frontalmente con fuertes legislaciones y respaldo a las víctimas seguiremos lidiando con una sociedad violenta, acostumbrada al dolor ajeno.


Si estás siendo víctima de matoneo siempre es oportuno comunicar el problema, si eres de los que suelen imponerse por medio del matoneo, ya es hora de parar, y por último, como dice el siguiente vídeo protagonizado por Alye, una niña discriminada por sus compañeros: «las palabras sí hacen daño, piensa, este podrías ser tú».

http://www.youtube.com/watch?v=tIY4_wa25Rw&feature=player_embedded

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