Blog de notas

Publicado el Vicente Pérez

Novelas judiciales

Muchos medios cubrieron con sobrado interés “el fin” de una novela judicial –es decir, el proceso ambientado con sentimentalismo y morbo- cuyos protagonistas son una mujer de la farándula nacional y una tristemente célebre familia costeña de confesa corrupción.

Al igual que esta novela, muchas otras se han desenvuelto y se desenvuelven con un público ansioso por conocer su final: por ver en la televisión a los vencedores y a los vencidos, las caras de arrepentimiento o cinismo, las declaraciones de los abogados y la sentencia de un juez en medio de aplausos y silbidos al mejor estilo de un estadio de fútbol. Eso es, en eso se ha convertido la ya achacada justicia colombiana: un circo mediático de indiscutible rating que ofrece en los noticieros incluso mejores historias que las repetitivas y sosas telenovelas de los horarios triple A. No falta recordar el drama de unas niñas bogotanas –al igual, tristemente célebres- que ya llevan también, a pesar suyo, bastante tiempo enriqueciendo titulares de prensa y franjas noticiosas en la televisión.

Es decir, inevitable es que la gente se preocupe, mejor, se interese por escándalos y debates propios de la vida pública (por el contrario, suele ser saludable): la enfermedad de un presidente, las deformidades de un expresidente, la extradición de un general a Estados Unidos, cómo no. Pero lo que suele encontrarse, al lado de los siempre abundantes escándalos de la vida política, tan llena de corruptos y de dedicatorias de libros a criminales, son unos cuantos personajes inflados por los medios, quienes se encargan de ambientar una trama, una historia que, independientemente de si sea real o no, cuando es sobreexplotada, tiene principalmente dos efectos dañinos: por un lado, expone aun irresponsablemente la vida de los implicados (sin embargo, a veces parece que no les desagrada del todo) promoviendo el sensacionalismo y rebajando la dignidad de esas personas a la de un artículo de jet-set, y por otro lado, entorpece y frivoliza el sistema judicial, convirtiendo las decisiones de un juez en picante para la novela en cuestión, y no pocas veces, atribuyéndole a los medios de comunicación la función de investigar y juzgar, funciones indiscutiblemente propias del juez y del ente acusador.

Entre novelas serias y novelas frívolas, recuerdo que en  El Extranjero, cuando al protagonista se le procesa por el asesinato de un árabe, tanto la prensa como el juicio se desvían hacia aspectos de su vida personal: «Señores jurados: al día siguiente de la muerte de su madre este hombre tomaba baños, comenzaba una unión irregular e iba a reír con una película cómica. No tengo nada más que decir» dice el Procurador. Nada más pareciese que se tuviera que decir hoy al respecto de la corrupción y el detrimento de los fondos públicos, en principio destinados a los campesinos y en últimas aprovechados por unos cuantos latifundistas, producto de una pésima campaña gubernamental. Pero eso no es importante, preocupante resulta la vida amorosa de los implicados en el proceso o los fantasmas que ronden cerca al lugar del presunto asesinato del joven universitario, hoy, al igual, reducido a personaje novelesco.

Exagerado y absurdo sería pretender que la función de los medios se limite a informar sólo noticias serias y nunca a especular o a investigar (mejor), no, dado que cabe dentro de su función y libertad. Pero sí sería conveniente una actitud más consciente de su ejercicio, recordando que la prudencia no debe ser ajena a los medios de comunicación. Prudencia, cualidad tan importante en los diálogos que se avecinan.

Desde luego, es una crítica constructiva que se le hace a los medios rescatables de este país. Los pasquines pueden seguir viviendo de su baja tinta.

No tengo nada más que decir.

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