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Las series sobre la mesa

Juego de tronos

Las carteleras de cine están pareciendo una máquina recicladora. Muchos personajes reencauchados, temas trajinados, y en general, muy poca innovación. Poca expectativa me causa saber cuál será el Óscar a la mejor película del próximo año, porque en lo que va corrido de este, no recuerdo haberme emocionado con alguna película en el cine.

En cambio sí, con varias películas que siempre es bueno ver (o volver a ver). Por ejemplo, Sueños de libertad (1994) me causó más impresión que unos cuantos libros y pienso que he despreciado grandes cintas que nunca es tarde para conocer.

Algo similar pasa con la narrativa contemporánea. Tal vez sea injusto decirlo, pero el mercado editorial se mueve mediocremente en su necesidad por sobrevivir. Sólo por mencionar a Colombia (y claro, sin restarle mérito a importantes esfuerzos como los de Juan Gabriel Vásquez y Jorge Fránco) poca innovación se ve en la literatura y cada vez es más inusual animarse a leer a alguien nuevo por sincera curiosidad y no por mercadeo o amarillismo. Ya desaparecido García Márquez cuesta imaginar parangón literario que hable y sienta un país de este siglo. Mientras, resulta más fascinante leer la masacre de las bananeras, las historias de gallos de mitad de siglo pasado en aquel tono mágico o buscar los autores que nunca se terminan de conocer: Tolstoi, Kafka, Rushdie, etc. Es cierto que en literatura la cinta está muy alta, y da la falsa sensación de que todo está hecho.

En cambio muchas sorpresas me he llevado este año con las series y novelas para televisión. Un género como ese siempre ha sido visto con desdén, como intento de arte y quizás esa arrogancia colectiva, ese esnobismo inútil, me haya cegado de ver producciones tan interesantes como las que se están rodando no sólo en Estados Unidos o Europa, sino también aquí, hace unos años se está haciendo un trabajo meritorio desde una perspectiva local con guionistas como Gustavo Bolívar o la producción de Escobar, que pueden tener sus pecados (¿qué no los tiene?) pero son trabajos que han sobrepasado con suficiencia las críticas agrias de la élite cultural y política que se vieron en los diarios, mayoritariamente opuestas a una versión subjetiva de la historia, más cercanas a la censura que al debate.

Si es válido entender el arte como producto creativo de la conexión entre los sujetos y la realidad, como expresión de un momento, manifestación de una actualidad y de una sociedad, creo que los trabajos que se están haciendo para televisión son arte verdadero que tienen, a más del mérito democrático de no requerir mucha instrucción para entenderlo, la capacidad de reflejar los sueños y las miserias de la sociedad occidental de modo tan importante (y mordaz) como la literatura o la pintura lo han hecho por mucho tiempo, con la adición nada despreciable de que la industria audiovisual se ha adaptado mucho mejor al consumo en línea con plataformas como Netflix o Amazon (para enfrentar la piratería) que sus pares editoriales.

El primero que vi romper la arrogancia con la televisión fue Mario Vargas Llosa. Hace un tiempo dedicó una columna en El País a la serie colombiana Escobar, haciendo una crítica positiva en el mismo espacio que ha dedicado tantas veces para hablar de Isaiah Berlin, Martín de Riquer, etc. Luego, en una entrevista con ocasión de su retiro, Daniel Samper dijo que se dedicaría a ver las producciones recientes para televisión (aunque también, por ejemplo, a leer La montaña mágica).

Tal vez haya llegado un momento para que la televisión sea más que entretenimiento soso y alharaca noticiosa. Con House of Cards, Breaking Bad, Juego de tronos y varios actores que ya han sido premio Oscar como Matthew McConaughey y Kevin Spacey, las series se han puesto sobre la mesa para hablar fuerte. Y sí que vale la pena escucharlas.

 

@VicentePerezG

 

 

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