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Las guerras del siglo XXI*

Históricamente la humanidad ha sido marcada con un sinfín de sucesos que han desarrollado, indefectiblemente, la sociedad en la que vivimos. Y es esta sociedad con una memoria tan extensa la que nos recuerda los errores del pasado para evitar cometerlos de nuevo en un futuro; esto se oye constantemente, pero ¿y el presente? Realmente, el presente, aquél tiempo que es únicamente nuestro ha sido relegado constantemente por un futuro efímero y así los problemas que heredamos acostumbramos reprocharlos a nuestros antecesores e invertimos nuestros esfuerzos en elaborar un futuro mejor, en vez de querer un presente mejor. En este orden de ideas, fueron nuestros antepasados los que delimitaron nuestro presente, y somos nosotros quienes daremos las condiciones de su presente a las generaciones futuras, pero esto debe corregirse pues la tarea de construir una sociedad ecuánime para nosotros no debe aplazarse sin más.

Ahora, el devenir de la humanidad ha tenido rasgos lamentablemente violentos, de los cuales tenemos todavía mucho por aprender, pero sin contar el aterrador número de vidas que el desequilibrio mundial ha traído (lo cual considero incalculable) podemos considerar nuestra naturaleza agresiva, pero también racional: es una gran ventaja. En estos tiempos enfrentamos una realidad difícil pero alentadora en la medida en la cual las gestas más difíciles han producido los eventos más productivos, como los que los héroes memorables han sabido afrontar. Cuando me refiero a una naturaleza agresiva y racional a la vez, que es positiva quiero decir que los conflictos son positivos, claro (como también los hay negativos, por supuesto) y es la razón la que los hace positivos, de esta manera los conflictos ideológicos, las  guerras ideológicas son las que producen evolución, diferencia y superación cultural, son éstas las guerras que debemos generar en nuestro tiempo, pero saberlas generar y lo más complicado, a su vez peligroso: saberlas llevar.

Guerras ideológicas en un sentido estricto no hemos presenciado jamás, ya que si bien las diferencias entre el comunismo y el capitalismo, por ejemplo, se pueden considerar una guerra ideológica, han desembocado en una guerra bélica, es decir, solamente en guerra. Y esto es lo nocivo, pero los jóvenes de un hemisferio y otro hemos visto tantas veces las caras de dolor y tristeza en nuestros pares como resultado del desequilibrio y la carencia de paz, el hecho de que un humano, (¡la única raza consiente de sí misma!) Se agreda y agreda a los demás es cada vez más nefasto, inaceptable.

Un mundo pacífico no implica un mundo exento de conflictos ideológicos, o de diferencias, pero sí debe ser un mundo sin violencia, debe ser un mundo humano. Para hablar de nuestro planeta “humanamente” debemos ser ante todo racionales, con nosotros, con nuestro prójimo y por ende con la naturaleza. Estamos en un planeta multipolar en más de un sentido, y lo sabemos, pero no toleramos la diferencia cultural y ahora, un mundo pacífico no debe ser un mundo uniforme, es decir, debemos desarrollar dentro de cada persona la tolerancia a un mundo pluralista, posiblemente no sea esta la receta perfecta para la pobreza directamente pero seguramente aceptándonos todos dentro de un mismo planeta del cual somos responsables, sí lograremos sanar o solucionar por lo menos las desigualdades sociales pues siendo todos diferentes, todos autónomos ¿cómo decidir quién es más que otro si no podemos establecer un patrón de comparación? Ya que la nación o la persona más rica no será quien más tenga, sino quien más de, bienes, conocimientos, etcétera.

¿Es posible? La esperanza es la que nos sostiene, y las generaciones más recientes, junto con las más antiguas sabemos que sí podemos pero necesitamos un tiempo de introspección para generar un cambio que no está en los demás sino en nosotros mismos.

La tecnología avanza a pasos sorprendentes y todo esto lo debemos dirigir hacia el beneficio de todos, pues si nos vemos conducidos hacia un mundo simplista, donde un lugar se conecte con su antípoda en cuestión de segundos es maravilloso, pero nosotros los humanos, hombres y mujeres no debemos simplificarnos, pues nuestras más recónditas raíces nos revelan como una raza compleja, interesante y sobre todo, pensante.

Seguramente no necesitamos más dolor, ni más hambre para darnos cuenta que ha llegado el momento, ¡África, América, Asia, Europa, Oceanía unidos por el sentido común de la humanidad!

Cúcuta, 2010

*Artículo participante del Concurso internacional de ensayo 2010.

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