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La mano izquierda de Santos

A JMS lo eligieron presidente, en 2010, porque presumía del talante marcial de ser Ministro de Guerra (porque en Colombia el Ministerio no debe ser de Defensa, sino de Guerra —interna—) del presidente más guerrerista que hayamos tenido en las últimas décadas. Este país, en el que el centralismo territorial se afianzó en un presidencialismo rígido en lo político, alaba las figuras patronales de autoridad, y por eso en aquella época la gente decía que se necesitaba un presidente «con pantalones».

Al cabo de seis años la imagen del presidente está por el piso, luego de haber rozado una popularidad del ochenta por ciento, a pesar de que su gobierno está a pocos metros de alcanzar su principal meta. Pero esto, en vez de paradójico, resulta causal: la política de la paz en Colombia es una estrategia suicida en popularidad actual, y sin embargo creo que a Santos y a los negociadores no les debe trasnochar: también es cierto que desde su conciencia miran a sus críticos con la superioridad moral de los que hablan con la Historia.

El problema del actual gobierno no es que haya traicionado a su antecesor, y de paso a sus votantes, ávidos de noticias que glorificaran la cada vez más inminente derrota del terrorismo local. El mismo problema de popularidad lo habría tenido cualquier otro presidente, deudor o no del uribismo, que hubiera intentado una negociación de paz, porque lo que cobran los colombianos no es la traición a Uribe, mortal para despecho de sus fanáticos, sino la traición a una herida moral mucho más profunda, y mucho más antigua que el reciente uribismo: la traición a la autoridad. O más correctamente, al autoritarismo, a la necesidad de mandar con voz firme e inspirar más miedo que respeto. Dije atrás que el centralismo y el presidencialismo han caminado de la mano en la historia colombiana, debo añadir que la violencia política animó a que ese matrimonio fecundara su hijo monstruoso, el autoritarismo, que JMS, por más reparos que se le puedan hacer, no representa. Y no pecar de autoritarismo en Colombia es pecado mortal.

No había de otra, por otro lado. Sería insoportablemente cínico un gobierno que pretendiera gobernar con mano fuerte a la par que intentara dialogar con el enemigo. Es por eso que JMS ha tenido que gobernar con mano izquierda, sin salirse de tono, con más cara de conciliador que de juez. Ha tenido que volver a fabricar su personalidad una vez más y mutar de ministro avivador de la guerra a estadista que busca promover la reconciliación nacional a partir del diálogo. Tantos juegos a tres bandas no salen gratuitos, y por eso, aunque haya querido gobernar las dos naciones  que conviven en este territorio, una en guerra y la otra ad portas de la OCDE, ha tenido que detener en muchos aspectos a la segunda, y recular sus políticas actuales, en provecho de una paz contingente, que por acuciante que se presente, no es más que la política de un país futuro, que hoy no existe. Es por eso que a ningún otro presidente le han hecho más paros que al actual: los maestros, los taxistas, los camioneros, los estudiantes, los campesinos, los indígenas, los blancos, los negros, los ricos, los pobres… Y el presidente, que a la vez de gobernar dos países en uno, vive en campaña, ante todos transige porque lo amenazan: si sube los fletes no le apoyan la paz, si apoya cartillas de diversidad sexual para los niños no le apoyan la paz, si equis cosa, no le apoyan la paz. El gobierno nunca pudo gobernar totalmente sino que tuvo que invertir gran esfuerzo de los últimos seis años en hacer campaña.

Los procesos de paz, mientras duran, traen la ralentización de muchos otros procesos sociales, e incluso el retroceso en otros, como la extirpación de la tara nacional de obediencia al caudillo heroico. Es acá cuando hay que gobernar con un modelo menos vertical, gobernar con mano izquierda, a pesar de que se convierta en el Talón de Aquiles.

 

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