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Hasta aquí las sonrisas

Este martes se cumplió otro año de la muerte (asesinato) de Jaime Garzón. Ya van catorce y contando. La verdad no es que esté muy olvidado, Garzón, aún sigue siendo visitado en YouTube, aunque quién sabe por cuánto tiempo. Es extraño, lo de Garzón: que siga siendo recordado 14 años después de su asesinato (a un señor Pizarro, y a otro, Gómez, hace rato los olvidaron), y lo sigan buscando y lo sigan viendo, es extraño, en este país sin memoria. Pero no juzguemos al país, pobre Colombia, «país de mierda», ¿no?, no tiene memoria quizás porque su historia no cambia de contexto, sólo de nombres, y lo que debería ser el pasado es un eterno presente de muertes y robos y mentiras. Lo que ayer fue Frente Nacional hoy es Unidad Nacional, lo que ayer era Estado confesional hoy lo llaman Procuraduría General de la Nación. ¿Y allá procuran de qué?
Quizás porque este país se repite a sí mismo día tras día, las palabras de Garzón siguen teniendo eco, siguen causando risa, y lástima. ¿No da lástima ver que hace ya casi dieciséis años Horacio Serpa estaba quemándose para la presidencia y hoy lo quieren reencauchar como figura del nuevo liberalismo? ¿Al Nuevo liberalismo no lo mataron también, hace veinte años, cuando mataron a un tal Galán?
Cuánta falta hace, Garzón, ¿cómo sería hoy? ¿Tendría una malpensadísima cuenta en Twitter como Martín de Francisco? La verdad es que desde entonces Colombia no ha tenido otro cómico como Garzón, que bien aprendió la lección griega de reírse de las desdichas para enfrentarlas, que se sabía en un país desgarrado pero lo animaba para que pudiera, como dice el poema, «reír llorando». Claro que ha habido varios que han intentado llenar su espacio, que bien o mal sigue vacío, y Colombia ya no ríe ni llora, Colombia calla, no por muda sino porque cuando habla la mandan a callar, por guerrillera. Tal vez sea por esa fea manía de negociar con los que matan pero no con los que gritan.
Ahora Colombia se enfrenta a un proceso de paz, como el cuarto que se intenta con las Farc y que puede traer el primer Nobel de paz a Colombia (qué bueno, porque el otro, también muy olvidado, ya está saliendo del camino, ¿cómo se llama?) y seguimos frente al mismo país desangrado y sin cicatrizar -más de 200.000 muertos en el último medio siglo, según cifras recientes de Memoria Histórica- que ni se ríe, que al contrario se siente un poco orgulloso de sí mismo cuando mendiga a la Unión Europea que por favor nos quite el visado, un país que ojalá pasando la página del conflicto no pase también la página de Jaime Garzón, no como ídolo, no como héroe, sino como símbolo de tragicomedia: Jaime, Heriberto, el que hacía reír cuando le vaticinaba a Pastrana que de las elecciones si no saldría electo, al menos lo haría erecto; Garzón, el que no sólo fue asesinado –como los otros 200.000- sino que aún su crimen está impune. Se ríe por su humor, se llora por la impunidad de su asesinato.
Impunidad y reconciliación, zanjado está el dilema, qué tanto estamos dispuestos a aceptar de lado y lado. Pero que no se olvide el tercer elemento: la verdad. No es sólo saber que quien las hace las paga (eso no es reconciliación), sino principalmente quién lo hizo y por qué (o por quién). Camino hay, pues.
Por la calle 26 en Bogotá hay un graffiti que recuerda a las víctimas de la Unión Patriótica (¿les suena?) y las víctimas del desplazamiento. Lindo gesto, ver en grande y que todos vean los tristes números, millones de desplazados, miles de muertos impunes con complicidad del Estado. Camino hay, pues.
Un kilómetro al occidente del anterior graffiti está otro grafiti de Garzón, que hace poco fue mejorado. También le mejoraron la frase que César Augusto Londoño inmortalizó el día del asesinato de Garzón: «hasta aquí las sonrisas, país de mierda».

@VicentePerezG

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