Bajolamanga.co

Publicado el Bajolamanga

También somos Caribe

Por: Luis Gabriel Merino (@luisgabrielmeri)

Urabá está en ebullición. Y lo hace en el marco de la trasformación lenta que ha sufrido una región, que poco a poco, se consolida en polo de desarrollo departamental. Y bien que así sea, pues ya es hora de comenzar a enmendar el error histórico colombiano de construir los principales centros urbanos en el interior montañoso, ignorando las inmensas oportunidades geoestratégicas de la zonas costeras.

Con 140 muertes violentas registradas durante el 2014, Urabá, la segunda región más poblada del departamento después del Valle de Aburrá con 642.753 habitantes, fue la región con la tasa más baja de homicidios de Antioquia. Registró una tasa de 21,78 por cada cien mil habitantes, más baja que la tasa del Valle de Aburrá que cerró el año en 25,4, algo completamente impensable hace 30 años. Para tener un punto de referencia recordemos que en 1996 Urabá registró 1356 homicidios.

Pero que Urabá sea la región del departamento donde menos matan, no la exime de marcadas dificultades en temas de seguridad: complejas disputas jurídicas y sociales en el marco de procesos de restitución de tierras, presencia sostenida del Clan Úsuga e incidencia en la producción, comercialización y lavado en la cadena de narcotráfico, altos índices de violencia intrafamiliar y de género, proliferación de riñas y lesiones personales en el marco de malos encuentros ciudadanos. Aunque es claro que el índice de criminalidad no puede ser medido solamente por el número o por la tasa de homicidios, la cantidad de muertes violentas si configura un factor importante en la construcción de la seguridad.

En la lógica que se lucha por lo que es importante, Urabá ha sido un punto fundamental de disputa entre los grupos armados ilegales (EPL, FARC, AUC, BACRIM), quienes reconocieron desde hace décadas sus excepcionales condiciones estratégicas: entrada al Golfo, segunda región en el país con mayor extensión de costas sobre el Caribe, acceso a la Serranía de Abibe y Nudo del Paramillo, corredor al Atrato Medio, Chocó y Panamá, riqueza de suelos, plataforma para la expansión agroindustrial, imán de flujos migratorios desde la Costa Caribe, el Chocó y la Cordillera Antioqueña y punto de convergencia obligado de empresarios, campesinos, colonos, aparceros y ganaderos.

Además, durante los últimos años se ha evidenciado una diminución de acciones relacionadas con el conflicto armado, lo que ha cambiado el énfasis en la confrontación. Pasamos de un escenario rural en la década de los 90s, relacionado a la confrontación guerrilla-paramilitarismo-ejército, a un escenario urbano más ligado al surgimiento de procesos urbanos de criminalidad, como el microtráfico, en claro aumento en la zona desde la década del 2000 como consecuencia de la desmovilización AUC. Es claro que los Frentes 5° y 58 de las FARC que se concentraron en la zona oriental (San José de Apartadó, Nuevo Antioquia y Nudo de Paramillo) con el objetivo de acceder a territorios de cultivos ilícitos, redujeron su accionar durante el 2014.

Pero aunque los municipios del eje bananero se han transformado en nuevos polos de desarrollo por aumento de proyectos de infraestructura vial, comercial y educativa y aumento de inversión pública y privada, los extremos de la región han tardado en sumarse a este impulso: Vigía y Murindó continúan presentado altos índices de necesidades básicas insatisfechas, Mutatá continúa a la sombra del eje bananero y Necoclí y Arboletes no logran ser todavía verdaderos referentes turísticos departamentales.

Es necesario que Antioquia reconozca que es imposible pensar su desarrollo desligado a este pedazo de Caribe al que se le ha dado la espalda históricamente desde el centralismo de la montaña. Será muy difícil que exista de aquí en adelante un plan de desarrollo departamental exitoso que no realice un énfasis claro en esta región. Hay adelantos importantes: el tiempo por tierra es cada vez menor gracias a las adecuaciones en la Vía al Mar que a su vez ha aumentado su flujo por incremento en la seguridad y existe una mayor consciencia sobre las potencialidades de nuestro mar. Urabá ya no es territorio de frontera. Es por esto que el énfasis debe dirigirse en continuar en la implementación de acciones largoplazistas que continúen los procesos ya adelantados en educación y resignificación del territorio, inversión e infraestructura, memoria y reparación a las víctimas.

 

Esta y otras columnas podrá leerlas en www.bajolamanga.co (@bajo_lamanga)

Comentarios