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SCL – MDE

Por: Sara Arango (@sarangof)

Recientemente se conoció que Santiago de Chile y Medellín fueron destacadas, según un estudio a nivel mundial, como las mejores ciudades para vivir en América Latina. Casualmente esta noticia se supo una semana después de mi regreso de Santiago, donde viví un semestre.

Los parámetros que se utilizaron en el estudio son muy concretos (limpieza, servicios, “sostenibilidad”, entre otros) y debatirlos no es el propósito de esta columna. Voy a expresar mi percepción sobre lo que es vivir en ambas ciudades, porque de eso se trata: de vivir.

Ninguna persona ni su experiencia representa una muestra suficiente para dar cuenta de cómo es vivir en una parte o en otra. Pero hablo de lo que vi, viciada por mis propias experiencias. Quiero compartir fragmentos de una visión más que sería lindo contrastar y debatir. Por hoy me quiero olvidar de los datos, los números, los indicadores.

Parto de lo primero: estoy locamente enamorada de ambas ciudades. Lo singular: no muchos chilenos podrían entender que alguien esté enamorado de esa “ciudad gris” que es “Santiasco” – expresiones que escuché incontables veces. Creo que esto puede ser especialmente cierto para no santiaguinos que viven en Santiago (allí habita alrededor de un tercio de la población de ese país increíble que es Chi-chi-chi-le-le-le). En Medellín, en cambio, a veces parece que sería pecado mortal no afirmar que se está enamorado de la ciudad “de la eterna primavera”, de la “tacita de plata”.

¿Qué tienen en común ambas ciudades? Para dar un ejemplo que para mí es muy diciente, ambas ciudades están entre las más contaminadas de América Latina, muy ayudadas por sus condiciones geográficas. Esto también es causado por estar precisamente entre las ciudades más pobladas del continente. Tanto en Santiago como en Medellín es común ver “el smog” como parte del paisaje.

Medellín es caótica, cálida, ruidosa. Santiago es más silenciosa inclusive teniendo casi el doble de la población (cualquier santiaguino me diría que estoy loca) está más llenita de patrimonio arquitectónico (cualquier chileno me diría que estoy loca) los conductores frenan para dejarte cruzar en las cebras y hay muchas ciclorrutas y en general espacio para desplazarse en bicicleta (cualquier europeo viviendo en Santiago me diría que estoy loca). En Medellín la gente suele saludar más, y decir “por favor” y “gracias” con muchísima más frecuencia.

Ambas ciudades están llenas de oportunidades para la cultura si se busca en los espacios correctos. Tengo la impresión que en Medellín los libros se consiguen más fácil y a mejores precios.

Las estructuras de gobierno y de poder son muy distintas en ambas ciudades. Es increíble que en Santiago funcionen tantas cosas cuando ni siquiera tienen un único alcalde. Existe la figura del intendente para toda la ciudad y un alcalde por cada comuna, pero no la figura del alcalde con la cantidad de competencias que podría tener. Depende altamente del gobierno nacional, y TranSantiago es un ejemplo de esto. Medellín sola sí tiene un único alcalde, pero en realidad la Medellín conurbada es una composición de varias ciudades con distintos alcaldes y un Área Metropolitana que lucha por ser autoridad en movilidad, medio ambiente y ordenamiento territorial.

Sobre los sistemas de transporte hay mucho por decir. Medellín logró algo importante para la inclusión con el Metrocable. En mi opinión, y lo justificaré en otra columna, el sistema de Santiago se comporta más como una red y es más completo en varios sentidos. En la comuna de Providencia funciona un sistema de bicicletas públicas desde 2010, y actualmente se está desarrollando un sistema para toda la ciudad. En Medellín contamos desde 2011 con el maravilloso sistema Encicla, un gran esfuerzo que puede ser trascendental para redefinir nuestras dinámicas con el territorio.

Ambas ciudades son testigos, cómplices y víctimas de dos de las peores tragedias recientes de nuestra América: las muertes y desapariciones “políticas” en Chile, principalmente en 1973 y 1974, y “la violencia” (¿conviene que sigamos hablando en abstracto?) que sigue marcando a Colombia desde hace tanto, tanto, tantísimo tiempo.

Medellín y Santiago trascienden sus estigmas actuales y pasados (de violencia y de los problemas asociados a ser grandes ciudades) a través de diversas iniciativas ciudadanas y estatales. Iniciativas que se ven materializadas en proyectos como el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Santiago y el Museo Casa de la Memoria en Medellín.

Los Andes, majestuosos, grandes, a veces cafés, a veces rosa al atardecer, a veces nevados, miran imponentes desde arriba a la bella Santiago de Chile. Hacia el norte, Medellín anida plácidamente en los mismos Andes, ya verdes y cálidos. No sé si son las mejores ciudades para vivir de América Latina, pero con sus diferencias, son hermosas ciudades que como mínimo vale la pena valorar.

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