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No más paz, por favor

Por: Luis Gabriel Merino (@luisgabrielmeri)

La primera vez que vi una paloma de la paz fue el día en que Belisario Betancur les propuso a los colombianos que salieran a las calles a pintar el ave blanca en los muros, masivamente, como apoyo al proceso que mantenía con las guerrillas del M-19, el EPL y las FARC. En la calle al frente de mi casa, se dibujó una paloma muy grande, en el asfalto, bastante parecida a la que usa Juan Manuel Santos en su solapa. Le propusieron a Alejandro Obregón que pintara la primera paloma en la Plaza de Bolívar (no sé si lo hizo) y García Márquez escribió un grafiti “Paz con los ojos abiertos”. Con 5 años, pensé que la paz había sido decretada por alguien y que mágicamente se ejercería de ahí en adelante por mandato. Era 1984, un año antes que la guerrilla se tomara el Palacio de Justicia por incumplimiento de los acuerdos de Corinto.

Hoy viernes cuando escribo, guerrilleros del Frente 18 de las Farc quemaron 8 vehículos en la vía a la costa, entre buses y camiones particulares, en el municipio de Tarazá. Horas antes, violando cualquier acuerdo mínimo consagrado en el Derecho Internacional Humanitario, miembros del Frente 36 le habían disparado a una ambulancia que se negó a parar en un retén ilegal también en Tarazá y que transportaba a una mujer con un episodio de infarto. La mujer fue herida por disparos en el maxilar. Horas antes, dos buses de transporte público habían sido incinerados en la vía hacia Anorí, en el Nordeste Antioqueño.

Es difícil mantener el optimismo frente a la imagen de una paloma blanca que vuelve, ya no pintada en las calles, sino en los empaques de Chocorramo o en los manteles de Crepes. Es difícil ignorar la incoherencia que entre más habla de paz el Presidente, más fuerza utiliza en su discurso el Ministro de Defensa para amenazar a los grupos ilegales. Es imposible soportar la violencia arrogante de una guerrilla caduca que dice una cosa pero hace otra. Pero es más difícil todavía escuchar la palabra paz y no sentir que ya empieza a sonar hueca, insípida, francamente sin cuerpo y que sigue repitiéndose hasta el hastío mientras lo que vivimos es precisamente la monotonía sostenida de la guerra. Paz se repite aburridamente en Colombia para bautizar cuanto barrio, parque, o puente se construye. Se repite en canciones, poemas cursis, columnas de opinión y se promete de forma simplista en programas de gobierno. Talvés es cierto lo que pensó Adler en el marco de la psicología de la compensación: sólo se habla insistentemente de aquello que no se tiene.

Y la consecuencia directa de esta redundancia, es que la opinión se empobrece. Hablo del debate que utiliza simples opuestos para encasillar y rotular todas las posibilidades: Santista-Uribista, pacifista-guerrerista, guerrillo-paraco, derecha-izquierda. Creo en la riqueza y complejidad de la gama de grises intermedios, donde en la mayoría de los casos están las soluciones. Necesitamos urgente un político ágil que sepa aprovechar la riqueza del centro y nos saque de una vez por todas de la monotonía de los opuestos en que nos tiene metidos desde hace rato el tema de la paz.

Por eso sueño con el día en que se acabe por fin este conflicto armado, que parece eterno. No solamente porque ya es justo con las nuevas generaciones de Colombianos, sino porque es urgente que encaremos con responsabilidad los temas, que en su conjunto, lograrán efectivamente una paz sostenida sin que tengamos que nombrarla: educación, salud, justicia, empleo, desarrollo, medio ambiente, inversión, infraestructura, participación, seguridad.

 

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