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Publicado el Bajolamanga

La (por llamarla así) seguridad de Medellín: una plenitud vacía

El valor cultural de la prevención se ha cotizado muy en alto en los últimos años en Medellín. Atropellados por un fenómeno que se podría denominar “trabajo conjunto”, gobiernos, instituciones y autoridades, enfocan sus esfuerzos comunicativos en invitar al ciudadano a “prevenir para no lamentar”. Un mejor ejemplo es: “su seguridad depende de todos”. No obstante, me pregunto: ¿a qué horas nos volvemos decentes? Y ¿en qué momentos las instituciones realizan su trabajo?

Ya conocen ustedes estas tres historias de desamor.

Desencuentro número uno

Un ilusionado caballero sale a recorrer las calles de Medellín de punta a punta. Quiere capturar la belleza de sus calles, el amarillo que la caracteriza y una que otra curiosidad. De tal manera, se dispone a sacar su teléfono móvil con la única ilusión de luego subir su foto a Instagram. Antes de que el obturador digital se haya imaginado el clic, un arma apunta en su cabeza y solicita, violenta o comedidamente, un intercambio justo: el celular o la vida.

Desencuentro número dos

Una mujer cansada sale de su trabajo con la ilusión de llegar a casa. Toma el Metro en una de sus tantas estaciones. Es hora pico y corre con la mala suerte de tener que viajar de pie. Al llegar a su hogar se percata de una irregularidad: su bolso está abierto. Desesperada corre a buscar su billetera y su celular. Ambos objetos del deseo han caído en un agujero negro que no encuentra la ruta para llegar a la justicia.

Desencuentro número tres

Una pareja sale de su casa con la idea de llegar a un encuentro familiar. El carro se enciende. Hoy el turno para conducir lo tiene ella. Mira para arriba y para abajo. Primera, segunda, tercera. Atraviesan los 10 primeros minutos de camino. Llegan a un semáforo. Conversan y hablan sobre el tráfico. Salen de la vía principal. Llegan a unas cuantas calles secundarias. Ponen la direccional y voltean a la derecha. Llevan la vía. Avanzan. Un vehiculo amarillo se ha tragado un pare. No quedaron en el video del baile. También, en cuestión de segundos, se esfumaron aquellos 600 mil pesos que tenían destinados a la compra de un nuevo televisor.

Las respuestas

Al caballero ilusionado con una Medellín caminable, a la hora de entablar la denuncia, la Policía le respondió con amabilidad: “¡Ah! Es que usted dio papaya”.

Sin billetera y sin celular, la mujer que regresaba al trabajo para emprender un nuevo día e, indignada, contar la historia de su desprevenido atraco, escuchó a los bachilleres del Metro de Medellín entregar una recomendación por los autoparlantes: “Si lleva bolsos llévelos adelante. Construyamos la seguridad entre todos. Recuerde que la mejor prevención es el autocuidado”.

La noticia de una pareja chocada se extendió entre toda la familia y los cercanos. Dos meses después vino la audiencia con el conductor del vehículo amarillo. A ella, le preguntaron qué estaba haciendo mientras conducía. Sin temor firmó su sentencia: “Hablando con mi marido”. Estas palabras catapultan su inocencia y a partir de ese momento el agente inspector dictaminó la responsabilidad compartida para el accidente. ¿La razón? “Uno debe conducir a la defensiva y toda la concentración debe estar en conducir y no en conversar. Le faltó un poquito de prevención”.

La realidad

Justas o no, estas situaciones son cotidianas. La ciudad, con sus instituciones y gobiernos, está cayendo, cada vez más, en el error de adjudicar responsabilidades a la ciudadanía honesta que hace las cosas bien o que, por lo menos, lo intenta. En cambio, no se concentra en efectuar trabajos que habiten los espacios con la tranquilidad y que promuevan prácticas decentes que encaminen a la humanidad a un reencuentro con eso que nos enseñaron eran los valores. El más godo de mis principios.

¿A qué horas nos volvemos decentes? ¿En qué momento entendemos que el problema no es del que da papaya y del que no practica el autocuidado, sino del que atraca? ¿Cuándo cumpliremos las normas de tránsito sin tener que dejar nuestro cuello perdido en el estrés por manejar a la defensiva?

Como siempre, estamos cayendo, una vez más, en la tentación sin límites de encontrarnos culpables por cosas que no lo somos, y de, en el peor de los casos, empezar a replicar y reproducir comportamientos inútiles porque otros lo hacen.

No más Policías realizando campañas para que la ciudadanía no dé papaya. No más carteleras institucionales dando recomendaciones al empleado de cómo no dejarse atracar cuando le entreguen la prima. No tapemos la intención del que tiene la tentación de robar. No justifiquemos al que hizo lo malo. No usemos eufemismos para nombrar al ladrón o al asesino. De frente y durito con aquellos provocadores.

Es algo que conocemos bien del pasado: las ventanas demasiado ocultas son el pretexto fino para eliminar aquello que no nos gusta.

Sí hay que cuidarse. Sí hay que prevenir. Sí hay que manejar a la defensiva. Pero, al final de las cuentas, el ciudadano que hizo las cosas bien no debería ser culpado por las autoridades, por el contrario debería ser aplaudido por su buen comportamiento y ayudado a encontrar la inadvertida justicia.

Es un misterio adivinar por qué justificamos las acciones incorrectas de los otros y el por qué olvidamos las adversidades cuando sopla a favor una leve brisa para este concepto vacío que, en Medellín, nombramos dementemente seguridad.

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