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La confianza es posible

Por: ANDRÉS FELIPE TOBÓN VILLADA (@tobonvillada)

El fin de semana pasado se celebró en Medellín el Gran Día de Campo, un evento organizado por la Fundación Gran Día de Campo que encabeza el presbítero Oriel Blanco, rector del Seminario Misionero Arquidiocesano Redemptoris Mater, ubicado en la ciudad de Medellín. Más de cuarenta mil personas estuvieron visitando, durante cada uno de los tres días, ese pulmón de catorce hectáreas que es el Jardín Botánico de nuestra ciudad. Comprar ropa, zapatos y electrodomésticos a buenos precios, se convirtieron en la excusa de miles de personas que, acompañados de sus familiares, se tomaron el Jardín Botánico para escuchar música, hacer picnics y disfrutar de los casi 35 grados que custodiaron al evento.

Lo más interesante que sucedió en este lugar, sin embargo, no tuvo que ver con quienes decidieron ir a pasar un buen rato comprando, comiendo y escuchando música en vivo, sino sobre todo con quienes estuvieron durante esos tres días (y los meses de antelación que supone la preparación de eventos de esta magnitud) al servicio de que todo funcionara de la mejor forma posible. Más de 1200 voluntarios fueron los encargados de que todo saliera según lo planeado. Cientos de hombres y mujeres encargados del montaje del evento, otros cientos ocupándose de la seguridad de todos los que allí estuvieran (¡muchos, incluso, pasando las noches en el Jardín Botánico!). Hombres y mujeres de diferentes edades, profesiones y sectores sociales atendiendo en los locales comerciales, solucionando todo tipo de problemas, recogiendo las basuras, coordinando a los voluntarios, recibiendo a los visitantes, y cientos de otros trabajos realizados, mostrando siempre un rostro que reflejaba alegría.

Seguro pensarán los lectores que la paga tuvo que haber sido magnífica. En efecto, lo fue. Sin embargo, no estamos hablando de dinero ni de recomendaciones laborales, ni de palancas de algún tipo. Cada uno de los 1200 voluntarios participantes del evento se inscribieron, asistieron a capacitaciones, ofrecieron su talento para que todo saliera a la perfección, y todo esto sin la necesidad de que el dinero hiciera las veces de puente.

Si las cosas fueron así ¿cómo es posible decir que la paga fue magnífica? Estamos tan acostumbrados a medir nuestra vida en oro, que a veces las retribuciones sociales y el beneficio colectivo nos parecen cosas bastante triviales. En ocasiones, sin embargo, la sola gratificación de actuar en función de algo que es mucho más grande e importante que un solo hombre, sumada a una suerte de espíritu en el que los participantes dejan de ser extraños para convertirse en hermanos, resultan ser mayor paga que todo el dinero del mundo. Por un instante, el yo es prescindible y el hombre tiene la oportunidad de ver más allá de sí mismo: reconoce sus limitaciones y rememora el espíritu de identidad que nos hace seres humanos.

El Gran Día de Campo me recordó la esencialidad de la confianza como proceso social básico. Sin confianza, nada de esto pudo haber sido posible. Cada uno de los voluntarios entregó parte de su vida a un ajeno, hasta el punto que la confianza se tornó acción colectiva. Los individuos volvieron a ser uno y la felicidad no era fácil de ignorar. Este evento me devolvió la esperanza social, esta que me dice que no es imposible recuperar el sentido de unidad en una sociedad como la nuestra, atacada por enemigos que promueven la fragmentación.

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