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La balada del glifosato

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La aspersión con glifosato es dañina en términos medio ambientales y de salud para los pobladores –el reciente estudio de la OMS que lo asegura lo hace con tanta certeza como lo puede hacer un estudio científico, es decir, sin absolutos, pero buena seguridad de que, al final, fumigar con glifosato no es conveniente para las personas-, y sus efectos sobre los mismos cultivos son temporales. Es decir, es muy común que la aspersión se haga en regiones similares porque los cultivadores simplemente rotan los cultivos respecto al esfuerzo de fumigación.

El juego del “gato y el ratón” consecuente es una vieja tradición de la seguridad pública colombiana, tan clara en la cabeza de muchos funcionarios y políticos, como el resto de enredos que implica la “Guerra Contra las Drogas”.

Por otro lado, la erradicación manual como instrumento de intervención –cuando no se acompaña de otros programas-, supone enormes peligros para erradicadores y fuerza pública y puede caer en la lógica de persecución constante e inacabable de la misma fumigación. Sin embargo, los efectos ambientales y para la salud de las personas son nulos, y la destrucción de los cultivos más sostenible. Es más, el reciente incremento en los cultivos ilícitos del país coincide precisamente con la disminución sistemática de la erradicación manual en los últimos cinco años.

Ahora bien, la ventaja de la erradicación respecto a la aspersión no reside precisamente en la técnica, sino en las circunstancias que permiten su utilización. En efecto, la erradicación se utiliza como alternativa a la aspersión en zonas más accesibles y de estatalidad más fuerte que en la que se suele fumigar.

De hecho, como lo aseguró Adam Isacson en un especial para El Espectador, construir Estado es la alternativa más efectiva y eficiente para combatir los cultivos ilícitos en la periferia colombiana. Primero, porque el cultivo de hoja de coca se ha desarrollado como un fenómeno estratégico con dos criterios del cálculo de costo-beneficio, (1) evitar la proximidad geográfica a lugares cercanos a agentes del Estado y (2) la cercanía de otros eslabones de la cadena de producción de la droga. Segundo, porque supone estabilidad y sostenibilidad de la lucha contra los cultivos, permitiendo esfuerzos más sistemáticos, que lleven a la inclusión en el mercado de las poblaciones locales y la posibilidad de proveerlos de bienes y servicios públicos que se los “roben” a los narcos.

Por eso, a pesar del escepticismo, el anunció del Presidente Santos de suspender las aspersiones aéreas es una buena noticia, aunque sería una “muy buena” si también incluyera un compromiso serio, con recursos y voluntad política, para seguir construyendo Estado en la periferia, reemplazando cultivos ilícitos con instituciones formales.

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