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Jugar a presidente desde La Alpujarra

La realidad nacional puede llegar a ser tan apabullante que sus anuncios, los desenlaces de sus conflictos y la bulla que produce su opinión pública suele silenciar otras discusiones, callar otras preocupaciones. Por eso los noticieros de los dos canales nacionales parecen el boletín del consumir de Bogotá, y la mayoría de los medios de comunicación nacionales se comportan como en una excursión cuando visitan algún lugar del país a donde no haya vuelo directo desde la capital.

En fin. El centralismo colombiano no es solo administrativo o político, sino mediático; los problemas del “país nacional” están siempre primero –y por encima- de los problemas del resto del país, de sus subregiones, de la periferia.

En ocasiones, esta terrible realidad puede secuestrar las discusiones para la elección de un gobernante local. La actual campaña para la alcaldía de Medellín está sufriendo de un fenómeno similar, cuando el candidato que va de primero de acuerdo a un par de encuestas, parece estar compitiendo por una oficina en la Casa de Nariño y no una oficina en La Alpujarra. Pero elegir a una figura que quiere sobre todo seguir en el escenario nacional antes que afanarse por los retos más “parroquiales” de su localidad, supone muchísimos riesgos para los ciudadanos.

Bogotá cometió un error similar hace cuatro años, al elegir para un cargo local un político que se veía a sí mismo como un actor nacional, y cuyos intereses principales estaban en ese nivel. Bogotá eligió a un alcalde que se creía presidente, pero tenía funciones de alcalde, que pretendía jugar en las discusiones nacionales con herramientas locales. La capital se enredó en las pretensiones presidenciales de Gustavo Petro y ahora se debate en las terribles implicaciones de su modelo de gobierno.

Porque elegir a un gobernante local con criterios de las discusiones nacionales supone dos grandes problemas. El primero, respecto al alcance que las mismas facultades le dan a los gobernantes locales sobre las discusiones y asuntos nacionales.En efecto, un alcalde puede hacer bien poco respecto a la crisis en la frontera con Venezuela o en los detalles de los acuerdos alcanzados entre el Gobierno y las Farc en Cuba.

Lo segundo es lo perjudicial que para una población supone que su gobernante local –que deberíaresponder por sus problemas específicos- se distraiga con lo que pasa en el nivel nacional. Sobre todo, si ese gobernante local se posiciona a sí mismo como “oposición” política del gobernante nacional; entre muchas otras cosas, esto puede tener serias implicaciones en la política de seguridad de la ciudad, al depender el número de policías y fiscales del nivel nacional.

Los medellinenses debemos ser muy cuidadosos de no dejarnos ensordecer por la bullas de las urgencias nacionales, no podemos permitir que acallen los importantes problemas de nuestra ciudad; tampoco podemos -¡ni mucho menos!- elegir a una persona que solo quiere jugar a presidente desde una oficina en La Alpujarra.

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