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Indultos

Me había prometido no escribir de política durante un tiempo, pero ¿qué hago? “El hombre es un ser político” eso dijo Aristóteles. Somos políticos porque vivimos en sociedad y cada evento de la convivencia nos afecta, nos intriga, nos molesta, nos define, nos moldea. Si bien no todos ejercemos cargos en la vida pública, sí servimos para quienes hacen política en el sentido literal de la palabra.

Y en Colombia estamos llenos de esos personajes llamados políticos, que a la mayoría aborrecemos. En nuestro país, tristemente, ser servidor público es sinónimo de ser delincuente, curiosamente a los primeros los elegimos nosotros, los llevamos al Senado y a la Presidencia y hasta los indultamos, sí, porque una manera de perdonar la corrupción es perpetuándola. Seguimos votando por los mismos porque como esta es tierra de refranes “Es mejor malo conocido que bueno por conocer” porque “Este roba como todos, pero hace”.

El caso es que a raíz de los últimos eventos que tienen que ver con las profesiones mencionadas (políticos y delincuentes) me ha sido imposible quedarme callada frente a la pronunciación de mi querido presidente Juan Manuel Santos, de otorgarles indulto a 30 miembros de las Farc que hoy pagan cárcel en Colombia. ¡Con lo difícil que es meter presos en nuestras cárceles! ¡Con lo aparatosa que es nuestra Justicia!

Se habla de que los favorecidos con esta nueva decisión de Santos son únicamente quienes han sido condenados por rebelión, es decir, que no tienen delitos graves, como si haberse alzado en armas contra el Estado y haber sido miembro de un grupo terrorista fuera simple rebeldía. Han pasado casi 4 años desde que la Guerrilla y el Gobierno colombiano decidieron irse a La Habana a negociar nuestro futuro.Nunca he estado en contra de esta determinación, pero sí me asusta, más que el hermetismo que manejan las partes en estos diálogos, la cantidad de condiciones que están poniendo los cabecillas de las Farc, y cómo el discurso de la Paz de Santos ha logrado tanta polarización entre el pueblo. Porque estar en contra de Santos es estar en contra de la Paz, estar en contra de las Farc es azuzar la guerra, apoyar la oposición es amar la violencia. Es evidente que en medio de un conflicto armado como el que ha sufrido Colombia todos queremos la Paz, pero a mí me cuesta entender cómo ahora estamos saliendo a deberles a los insurgentes.

Yo creo que muchos estamos dispuestos a aceptar lo que unos diálogos como estos implican, como la participación política de algunos miembros de ese grupo armado y como que otros no paguen cárcel pues están colaborando con la Justicia; además, sí, en este tipo de procedimientos ambas partes buscan garantías que los mantenga contentos, pero hasta ahora no veo ni a la Guerrilla satisfecha con todos los mimos que le ha hecho el Presidente, ni al pueblo colombiano con lo poco que se le ha contado sobre la firma de la Paz que, según Juan Manuel Santos, se hará efectiva el 23 de marzo de 2016, cuando ciertamente la fecha es lo más irrelevante del proceso, pues los indultos, el Plebiscito y la Jurisdicción Especial para la Paz sólo están mostrando la voluntad de un lado de la mesa, y esa de todas maneras es segura aunque no se firme nada. Porque en un país como Colombia, los delincuentes delinquen desde la cárcel, si es que llegan a estar presos, llegan a las Corporaciones y roban, y la persona siempre es juzgada de acuerdo con su estrato, profesión y posición, así que todos estos acuerdos de los que habla el Presidente podrían darse por sentados incluso si no existieran los diálogos.

Estoy cansada de la guerra, pero tampoco quiero más delincuentes en las calles.

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