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Ganando votos para las elecciones locales

Por: Santiago Silva (@santiagosilvaj)

Se acercan las elecciones locales. Falta un año, por supuesto, pero las especulaciones y discusiones en los círculos de la política municipal y regional ya está bullendo de rumores y pequeños enfrentamientos. Los cálculos previos hacen parte de esta farándula pre electoral. No me detendré en la lista de aspirantes –algunos realistas, otros fantasiosos, como en todas las precandidaturas- que pueden leer en este artículo, sino, recordarle a los candidatos (aún son tantos que no es improbable que a alguno se le enrede leer esta columna), las particularidades de los nuevos votantes antioqueños.

Empecemos por decir que a los votantes los mueve es el estómago, no la cabeza ni el corazón. Mejor dicho, que al votar no somos el animal lógico de la Teoría de Elección Racional, y menos el ser sentimental de las lealtades partidistas o la coherencia ideológica. Es decir, que la decisión del sufragante normalmente está explicada por pequeñas indignaciones, por ideas locales o por coyunturas específicas. Que en el fondo, la mayoría de los votantes llegan a un acuerdo interior sobre por quién votar con cierta rapidez y sustentado en lo que han experimentado en ese corto momento –las elecciones- en el que la política se vuelve «algo» relevante en sus vidas.

Veamos un ejemplo:

El Centro Democrático ha demostrado tener un enorme potencial electoral en Antioquia y Medellín, pero los enfrentamientos de egos y la dificultad de conseguir candidatos que no «espanten más votantes de los que atraen» se confirman como enormes obstáculos para presentar candidaturas capaces de aprovecharse del apoyo electoral demostrado en parlamentarias y presidenciales por el partido del senador Uribe.

Y es que uno de los principales problemas de contar los votos ganados en las presidenciales y parlamentarias en las cuentas de las elecciones locales, es que en la cabeza de los votantes ese ejercicio no funciona con coherencia ideológica, muchos menos partidista o personalista (al menos de los que no hacen parte de una red clientelista).

Para la mayoría, no representa un problema votar por los candidatos uribistas al Congreso, y luego votar por un candidato de la Unidad Nacional a una Alcaldía, Gobernación o Concejo; así esto parezca sacrilegio en la cabeza de algunos. Y ese supone un reto enorme para los partidos, los candidatos y sus asesores de campaña: ¿cómo conectarse con estos nuevos votantes, en donde las viejas estructuras y lealtades se han roto, y sólo una difusa definición de «opinión» explica sus decisiones electorales?

Porque ese famoso «voto de opinión» al que nos referimos constantemente al analizar elecciones es una animal raro, todavía sin comprender.

Al final, esta supuesta contradicción de los votantes antioqueños lo que invita es a que los candidatos locales, más allá de la polarización política nacional o de los enfrentamientos entre facciones contrarias en el Congreso de la República, se preocupen por idear respuestas ingeniosas, realistas y contextualizadas a los problemas públicos locales. Esa puede ser la clave: que esa decisión «estomacal» de confiar un voto se mueva por reconocer la preocupación del candidato por los problemas cotidianos, no las peleas en Bogotá

Porque incluso en la extraña naturaleza de los nuevos votantes, en las elecciones locales aspirar a resolver los problemas de la vida diaria de los ciudadanos continúa siendo muy popular.

 

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