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Elogio de lo simple: invitación a hacerse entender

Por: SARITA PALACIO GARCÉS (@saritapalacio)

Hay algo que suelo no soportar y es que a las cosas, a los fenómenos y a los conceptos los conviertan en un intocable cambiando su nombre, complicándolo o simplemente traduciéndolo a otro idioma para segmentar el público que puede entenderlo.

Puede que sea problema mío. Seguramente. Lo que pasa es que en periodismo aprendí que se escribe, se presenta, se cuenta para que la gente entienda, no para atesorar conocimiento, aduciendo que la tenencia de información privilegiada da poder.

Varias discusiones he mantenido con varios compañeros (a los que por cierto quiero mucho) de las ciencias sociales, porque me dicen que escribo demasiado simple, como para todo el mundo. Mi pregunta es: ¿y esa no era pues la tarea? Varios responden que elevar el discurso diciendo lo mismo pero que parezca más complejo da estatus al texto. Siendo así, prefiero que mis textos siempre sean faltos de estatus. Sinceramente no creo que la elegancia radique en los anglicismos. Entender es un precedente para creer. Saber eso me basta.

Hace ya casi dos años estuve en una conferencia en la que un compañero a un grupo de obreros les hablaba de su “Periplo por las regiones” ¿periplo? Creo que en ese momento a varios se nos vino la sangre por la nariz, algunas neuronas murieron y otros, simplemente, dejaron de prestar atención al discurso, o bien porque trataban de descifrar qué era periplo, o bien porque creyeron que las palabras no eran para ellos. ¿No era más fácil a caso decir viaje? ¿recorrido? Pero periplo. Eso agradeciendo a todos los santos (los del cielo) que no le dio por escoger cualquier palabra en otro idioma.

En mi paso por varios municipios de Antioquia he disfrutado de la maravilla de lo simple. Pero antes aclaro: no tengo nada en contra de la academia, en contra de textos elaborados. Mi discusión acá es por la economía del lenguaje y por el uso de lo cotidiano, para el público cotidiano.

Una de las experiencias que más me ha marcado sucedió en el Magdalena Medio, región de Antioquia. Estábamos en una feria de oportunidades para jóvenes. En esta feria yo suelo tener una carpa que Sergio Valencia, mi jefe, tituló: piérdale el miedo a internet. Desde allí dicto una clase de internet básico y al final hago un par de preguntas, posteriormente, quien gane, se lleva una USB.

Pues bien, pese a que el curso es de tecnología, siempre he tenido la teoría que para estar en el universo digital, primero hay que saber dónde se está parado en el espacio “más terrenal”. Entonces, en un curso de niños de 7 a 12 años, pregunté: ¿cuál es la región de Antioquia que tiene mar? Minutos después un niño levantó la mano con tal ímpetu que me supuse tenía la respuesta que yo pensaba. Él, muy orgulloso de su conocimiento dijo: ¡ésta! Yo, desilusionada, le respondí: ¡No! Ésta no es la región que tiene mar. Minutos después me quedaría sin palabras: ¡Claro profe que ésta tiene mar! Sino… explíqueme qué es el “Mardalena”.

Una conclusión que me dejaría de nuevo la enseñanza de no dar nada por sentado, de no creer en verdades absolutas, en desechar lo obvio y en pensar que no todo el mundo entiende como nosotros. O nosotros no entendemos como todo el mundo. Por eso, no siempre hay que explicar de la misma forma, o de nuestra forma, al menos si queremos que nuestro mensaje se difunda.

Hace poco tiempo también estaba en Enlace, un programa de la televisión regional, en el que presento una sección de tecnología. Ese día estaba explicando cómo hacer una videollamada a través de Facebook. En la tarde una televidente llamó para dejarme una pregunta: “Profe: ¿para hacer la videollamada las dos personas tienen que estar conectadas?”. Volver al principio, sí. Volver a lo obvio, sí.

Mientras escribo este artículo regreso a una historia que me contaron hoy. Un amigo tiene de vecinos a una pareja joven que tiene a su vez un hijo. El niño estaba siendo víctima de algún tipo de matoneo en el colegio y un día llegó donde la mamá diciéndole que era vícitma del burling. Tenía todo el sentido esa palabra. ¿No? Bullying para él no dice nada, pero al ser vícitma de burlas pudo descifrar rápidamente un concepto que para él era obvio.

Cuando a mí me hablan con anglicismo y tecnicismos también me da una rabiecita menudicita. Sí, de esa que le sube a uno un frío por la espalda y con la que las palabras colapsan en la garganta. ¿Por qué? Porque primero siento que en un acto de inseguridad de mi interlocutor me quiere impresionar con palabras tejidas sin mucho fondo. Porque si tuvieran fondo, la seguridad sería tal, que hablaríamos como un par de conocidos.

Si usted es de los que usa mil tecnicismos para decir un par de propuestas, es respetable, pero, ojalá no me lo tope nunca en una oferta o un discurso. Después de conocer a Antioquia, de entablar discusiones con personas de todas las esferas, reafirmo que es mejor, al menos desde el periodismo que pienso y ejerzo, ser concreto y claro. Me interesa es escribir para que me lean, para que me entiendan, para que me crean, para que luego con lo que conté alguien pueda hacer algo. Todo eso me interesa más que la estupefacción ante un texto.

¿Para qué decir link si puedo decir enlace? ¿Para qué decir email si puedo decir correo electrónico? ¿Para qué decir USB si puedo decir memoria? ¿Para qué decir on line si puedo decir conectado o en línea? ¿Para qué hablar de un backing si puedo hablar de un telón de fondo? ¿Para qué decir… si puedo hacerme entender?

Respetables todos los puntos de vista. Al final, lo que importa, como mis dos experiencias relatadas, es que nos entiendan, eso está dentro de nuestro instinto de supervivencia. Si usted habla para que no lo entiendan, algo está fallando en el proceso de comunicación.

Mi invitación: a llamar las cosas por su nombre, a emitir mensajes para ser entendidos. La admiración es un daño colateral.

 

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